Tres sucesos insólitos

En muy breve espacio de tiempo se han producido tres acontecimientos que han sumido en estupor a nuestra sociedad, o mejor dicho a los medios que manejan nuestra sociedad, porque en ninguno se han cumplido vaticinios ni deseos y todos han roto con lo políticamente correcto que es la norma de obligado cumplimiento que ha de regir el comportamiento de los ciudadanos.

El primero es el denominado Brexit por el que la Gran Bretaña ha reconocido, con cien años de retraso, que ya no domina las olas ni el mundo y que, puestas así las cosas, prefiere mantener sus costumbres, aislarse voluntariamente en vez de aislar a los demás, y aún a costa de evidentes pérdidas económicas, mantener su propio yo. El voto de abandonar a la burocracia de Bruselas ha hecho rasgarse las vestiduras a sesudos personajes y a la entera muchedumbre de tertulianos y agoreros. Todos han subrayado el elevado coste económico de la aventura, lo que para una sociedad materialista demuestra el sumun de la insensatez. El futuro político de los británicos no parece que vaya a alterarse, pero tendrán que reducir su nivel de vida y, posiblemente, sus vacaciones las disfrutarán dentro de las fronteras patrias o tendrán que prescindir de ellas; sin embargo continuará lloviendo sobre las islas con parecida intensidad, el inextricable cricket mantendrá apasionados a rústicos y ciudadanos, los pubs permanecerán abiertos y seguirán conviviendo entre gentes que conocen. Buena o mala, han escogido una opción que refuerza su identidad.

El segundo se ha producido en la América hispana, un país de cultura muy distinta que también ha roto las predicciones y resueltamente se ha enfrentado al entorno dominante. En el referéndum convocado en Colombia, auspiciado por su Gobierno, apoyado por varios Estados y numerosas instituciones y publicitado por la prensa mundial, la población se ha negado a avalar el acuerdo de paz con el terrorismo. Los colombianos no han aceptado homologar víctimas con agresores, perdonar homicidios, secuestros y saqueos, olvidar años de miedo y aceptar que los malhechores se sienten en el Congreso por derecho propio. El resultado de la votación produjo no solo asombro, también desconsuelo. Que una nación, contra viento y marea, no acepte el adoctrinamiento, ponga en ridículo a los pontífices del poder y la opinión y sea capaz de decir no, es algo que esos jerarcas ni siquiera habían considerado. Están tan acostumbrados a poder movilizar a su antojo a los que solo consideran contribuyentes y votantes, que no podían concebir lo contrario. Que prevalezca el honor y la verdad es inusitado y muy gratificante. Los británicos votaron por la identidad y los colombianos por la dignidad.

El tercero es más reciente y ha tenido lugar en el país que disfruta de la mayor economía del mundo, que es el centinela de la humanidad, en el que se encumbró como tercer poder a los medios de comunicación: en los Estados Unidos de América la votación popular ha elegido presidente a quien nadie del universo oficialmente calificado quería. Los estadounidenses han nombrado un personaje estrafalario pero que ha prometido defender valores fundamentales como la familia y la patria. Las televisiones, radios y prensa de todo el orbe se han escandalizado de que una persona histriónica haya desplazado a quien venía avalada por años de poder compartido con la clase gobernante, que piensa como se recomienda hacerlo y que actuó, aparentemente, siempre conforme al sistema establecido. Ante el estatus aceptado y enaltecido, la América profunda ha escogido a un rompedor que resulta estar más cercano, a pesar de su zafiedad ofensiva, porque la postura que defiende es más acorde con los principios expresados en la Constitución, muy influida de cristianismo por ser anterior a la revolución francesa.

En todos los casos la reacción es la misma: sorpresa y desconcierto, pero no se percibe una reflexión sobre el hecho de que en tres puntos distintos del planeta, homogéneos en cuanto a su modo de vivir y actuar, se haya producido un rechazo tan claro sobre la doctrina acomodaticia del relativismo, se hayan preferido valores espirituales, se haya olvidado el bienestar material y decididamente se haya optado por la tradición en Gran Bretaña, el honor en Colombia y la patria y la familia en Estados Unidos.

En los tres acontecimientos, el vuelco de los resultados ha tenido lugar por el voto de personas sencillas, del mundo rural que está menos adoctrinado por la publicidad y propagandas varias, también menos condicionado por la política del bienestar que llega con dificultad a lugares apartados, en definitiva a una sociedad más cerca de lo natural, con mayor despego del mundo artificial de las grandes urbes y en las que el trato humano se produce de forma espontánea y continua.

La mayoría silenciosa se ha vuelto parlanchina.

Marqués de Laserna, correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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