Tres tesis sobre Pujol

Por Miguel Herrero de Miñón, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (EL PAIS, 17/12/03):

Pujol sale del Gobierno de la Generalitat y, en lo que a Cataluña hace, debiera entrar por la puerta grande de la historia, porque histórico, es decir, capaz de dejar huella para el mañana, ha sido su quehacer como nacionalista y como estadista.

Que Pujol es un nacionalista catalán resulta evidente: más aún, en la historia del nacionalismo como cristalización del catalanismo, Pujol es la figura de mayor relieve. No ha sido su promotor ni su catalizador, emblema o mártir, y a todo ello es fácil poner nombres, sino algo más importante: el que ha dirigido y protagonizado la empresa de hacer de la Nación catalana una institución política estable e irreversible. Pero también es evidente que, además de dirigente nacionalista, Pujol ha demostrado ser, a lo largo del último cuarto de siglo, un hombre de Estado. Y no de un Estado abstracto, sino del concreto Estado que la Monarquía española es. Lo demostró, en las primeras Cortes democráticas, por su capital contribución al consenso constituyente. Lo demostró en la elaboración del Estatuto. Lo demostró en la manera en que, desde su grupo político y desde el Gobierno de la Generalitat, ha contribuido a la gobernación del Estado y codeterminado sus mayores aciertos durante cinco lustros, sean los Pactos de la Moncloa en 1977, la opción atlántica en 1982, la racionalidad económica en 1993 y el europeísmo siempre. ¿Cómo y por qué ha sido esto posible sin que Pujol renunciase a su nacionalismo y se negase a protagonizar el gobierno a cuya eficacia contribuía tan decisivamente?

En el hombre político de nuestro tiempo hay dos habitudes. Una habitud de Estado y una habitud nacional. La habitud política es una manera de habérselas con los otros, que conforman nuestro propio ser, como ser-con-los-otros-y-para-los-otros, esto es como ser-para-convivir, y tanto el Estado como la Nación son dos maneras de convivir con los demás. Ya en un orden de libertad y poder, es decir, de derecho, que es el Estado. Ya en un orden de comunión afectiva que es la Nación. Ahora bien, el Estado es la habitud política de la modernidad; pero la nación también lo es. El siglo XX fue el siglo que, parafraseando a Heléne Carrière d’Encause, cabría denominar el de la “glorificación de las naciones” y todo anuncia que el siglo XXI va a serlo todavía más, aunque el número de miopes para darse cuenta de ello también aumente.

El Estado es una habitud de lo general, porque tal es el carácter del Estado, magnitud extensa que considera a los ciudadanos en lo que tienen de general. La habitud nacional, por el contrario, es particular, porque la nación es una magnitud intensa en la que se decantan valores singulares, temporales y afectivos. Las Naciones, frente a los Estados, son, como las personas, infungibles. A los Estados se les administra e, incluso, se les sirve. A las Naciones se las ama e, incluso, se las desposa.

Y el caso es que Pujol ha combinado esta apasionada habitud nacional con la habitud del Estado. De un Estado que excede a su propia Nación catalana y que, para muchos nacionalistas catalanes aparece históricamente, y no sin razón, como algo ajeno. No es el primer nacionalista que ha realizado tal mixtión; pero a mi entender, Pujol lo ha hecho a su manera -primera tesis-, manera que es la “manera catalana” -segunda tesis- y que su hacer permite, en el futuro, hacerlo de otro modo -tercera tesis-.

Mi primera tesis es algo muy sabido. La historia comparada ofrece ejemplos de nacionalistas que han sentido la habitud e incluso la pasión del Estado que sabían ajeno porque su Nación era una Nación sin Estado. Unos, para manipularlo en pro de su Nación. Tal fue el caso del irlandés Parnell y de la política de obstrucción primero y de balanza después que llevó a cabo en el Parlamento británico en la década de 1870. Parnell utilizó a sus diputados en Westminster y las reglas del parlamentarismo para imposibilitar la gobernación del Reino Unido con la pretensión de forzar el Home Rule, algo que, dicho sea de paso, a su debido tiempo hubiera sido bueno tanto para Irlanda como para la integridad de la Monarquía británica. Por contraste, la actitud de Pujol y de su partido en las legislaturas de las Cortes sin mayoría absoluta de 1977 a 1982 y, más aún, de 1993 al 2000, siguió otra vía, dicho sea también, con mucho mayor éxito que la de Parnell. No imposibilitó la gobernabilidad en beneficio propio, sino que posibilitó y garantizó la gobernabilidad del Estado en beneficio común, que incluye lo mejor del propio. Los españoles debiéramos agradecérselo, aunque sólo fuera al comparar los modos y los frutos de la gobernabilidad merced a Pujol con los de la gobernabilidad de las mayorías absolutas sin Pujol.

En los antípodas del modelo Parnell se sitúa el protagonizado en los mismos años por el húngaro Julio Andrassy, el cual vinculó de tal manera su habitud nacional con la habitud del Estado de los Habsburgo, que hizo de la Nación magyar el epicentro de Austria-Hungría, frustrando los intentos de articulación no dual sino plural de la Monarquía, algo que a la larga hubiera salvado tanto a ésta como a la propia Hungría histórica. Pujol, por el contrario, tal vez con excesiva ingenuidad, favoreció desde el principio la generalización a toda España del propio sistema autonómico. Su reivindicación, mayor o menor, nunca fue excluyente y a los nacionalismos catalán y vasco se debe que hoy haya autonomías en el resto de España.

¿Por qué Pujol optó por un tercer modelo tan ajeno al de Parnell como al de Andrassy? Porque, y ésta es mi segunda tesis, siguió una “vía catalana”. Vicens Vives recurrió a la imagen simbólica del Minotauro para glosar las relaciones de los catalanes con el poder político. A juicio del ilustre historiador, los catalanes nunca lo conocieron de cerca y, por ello mismo, desconfiaron de él. Para contenerlo recurrieron al pactismo político y después, arruinado éste por el triunfo del absolutismo, ya a la construcción pragmática de una sociedad civil, ya a la utopía revolucionaria. Fue mérito del catalanismo político, ilustrado por el testimonio de tantas biografías relevantes de muy diferente orientación ideológica, la pretensión de, sin mengua de su reivindicación nacional, avanzar por el arduo camino de civilizar al Minotauro ibérico.

A esta tarea Pujol dedicó sus cualidades de estadista, combinando su habitud de Estado y su habitud nacional a través de un neopactismo que recuerda muy mucho el de hace siglos, hoy tan valorado por los historiadores de las ideas y de las formas políticas. Un neopactismo que no enclaustra a Cataluña, sino que, de una parte, ha permitido salvaguardar y desarrollar su identidad nacional y, de otra, permitiría proyectarla en una España plurinacional, beneficiosa para todos. Si, desde Madrid, se hubiera sabido corresponder a tales planteamientos avalados por el liderazgo carismático de Pujol en su país, el neopactismo, verdadera “alternativa catalana”, hubiera fecundado ya en una determinada y estable idea de España.

Perdida tal ocasión, esa determinada idea de España está aún por madurar, pero es evidenteque nos encontramos más cerca de ella que un cuarto de siglo atrás, y a tal progreso no es ajeno el empeño del presidente saliente. De la misma manera que la Cataluña de nuestros días no es la soñada por Pujol, sin que tales sueños sean estériles, porque las naciones son comunidades imaginadas que si no se idealizan nunca llegan a ser realidad.

Pero, y esta es mi tercera tesis, ningún tributo mejor a la obra ya hecha que confiar y confiar activamente en que el Minotauro plurinacional español pueda ser cabalgado, con habilidad, prudencia y sin reservas, por una Cataluña dueña de sí misma. El voto de su pueblo y las opciones de sus políticos lo articularán como mejor sepan y puedan. Por eso, a mi entender (que por españolista creo en Cataluña y de ser catalán sería votante de CiU), no es poco homenaje a Pujol, por paradójico que resulte, el que en el Gobierno de la Generalitat le suceda la oposición. Eso quiere decir que, más allá de las anécdotas -¿no es anecdótico en la historia quién sea director general de cualquier cosa?-, la reivindicación nacional catalana, su “voluntad de ser”, que Pujol ha contribuido como nadie a decantar, excede de su propio partido e impregna las fuerzas políticas votadas por el 89% del electorado. ¿No contribuye acaso a la identidad nacional de Cataluña que la izquierda, cuyos méritos en la recuperación de tal identidad no son pocos, acceda democráticamente al gobierno de las instituciones? ¿No es bueno que muchos “nuevos catalanes” lo hagan en partidos indudablemente catalanistas, cuyo éxito exorciza cualquier tentación de neolerrousismo?

Si, volviendo a las categorías de Vicens Vives, sería un error abandonar el neopactismo por la utopía -y nada hay más sectario que la utopía-, en el propio escenario político catalán y en las relaciones con el Estado, lo sería aún mayor el descalificar, y no digamos el amenazar y perseguir, la opción política legítimamente constituida merced a la Constitución, el Estatuto y el autogobierno democrático, a cuya construcción Pujol contribuyó decisivamente.