Tristuras de Otoño

Por José Jiménez Lozano, escritor (ABC, 23/11/03):

Hay que reconocer que los prestigios del otoño son, más bien, desastrosos. De manera constante, la literatura ha clavado sobre el otoño, como sobre una mariposa roja y amarilla con ribetes negros, un alfiler de entomólogo, con una clasificación neta, la metáfora de la destrucción y de la muerte. Y me temo que, si no fuese porque con la estación se vuelve al trabajo y a los espectáculos, que nos apartan de quedarnos a solas con nosotros mismos en nuestros adentros, habría muchas más melancolías o tristuras que las del famoso spleen primaveral, que parece que tiene un origen más fisiológico. Pero, como me informa una amiga, a estas melancolías otoñales también se las ha clasificado ya médicamente, y se las ha puesto el nombre técnico de Seasonal Affective Disorder, y el maravilloso acrónimo de SAD, dice mi amiga, con una mica salis y razón. Y, desde luego, como en el caso del médico de Molière, cuyo diagnóstico de la enfermedad de la niña que no podía hablar era el de que tenía afasia, no va más allá del puro descripcionismo esta otra diagnosis. Sólo que los espectadores de la comedia molieresca reían, pero nosotros ya no somos sensibles a las tautologías, y tampoco a los acrónimos, aunque a veces enmascaren realidades terribles.

Pero, por lo pronto, diríamos que se trata de una enfermedad literaria, verdaderamente, como -aunque por distintas razones y de otro modo- lo fue también la tuberculosis, o la sífilis, a la que por cierto se dedicaron incluso poemas festivos como el de Fracastoro, de un machismo bastante elemental y muy retórico por cierto, pero que nos llega a nosotros envuelto en un terrible patetismo, con sólo recordar que quizás uno de sus lectores más ilustres, César Borgia, que padecía ese mal, se veía obligado a llevar un velo delante del rostro para no espantar con él, sin cejas ni pestañas, a quien se acercara. ¿Se consolaban los así afectados con los necios enorgullecimientos de Fracastoro? Pero ¿cómo no entenderlo? ¿De qué clavo ardiendo, o de qué hierba seca no nos agarramos siempre en nuestra desgracia?

Michelet echaba sobre la Iglesia la culpa de que el otoño mostrara tal tristeza, porque había puesto la recordación litúrgica de los muertos en noviembre. Es una cruel invención -escribe- haber sacado de la primavera, en la que la puso la antigüedad, la fiesta y conmemoración de los difuntos, para trasladarla al mes de noviembre. En mayo se les enterraba en flotes, en marzo, a que se traslado después, era con la labor el despertar de la alondra, el muerto y la semilla entraban juntos con la misma esperanza. Pero ¡ay! En noviembre, cuando el hombre vuelve a su casa y se sienta al hogar, viendo el sitio para siempre vacío. ¡Oh! ¡cómo se aumenta el duelo y se renueva el pesar!… Evidentemente, tomando este momento ya fúnebre de suyo, de las exequias de la naturaleza, se temía que el hombre no tuviera en sí mismo bastante dolor. Pero ¿acaso es todo esto, más que otra cosa, mero razonamiento lírico y algo doctrinario del gran historiador, que quizás no le dejaba ver que ésa fiesta era una memoria de la comunión de vivos y muertos, sin la cual poca historia puede haber? No es lo menos trágico de nuestra civilización el que no sepa qué hacerse con los muertos, como dijo Bajtín a sus jueces. Pero es cierto, de todos modos, que nuestro imaginario otoñal es triste, porque así nos lo ha conformado la literatura, y la poesía sobre todo ha hecho que, como a Saba, esta hermosa estación nos haga daño.

En la vieja civilización, el otoño era una estación gozosa, y sigue siéndolo en la geografía donde aquélla todavía pervive, aunque paradójicamente se defina como deprimida. En realidad, era la estación de las cosechas y de muchas pequeñas alegrías, y en la que la misma sombra de los muertos, con ser dolorosa, era protección y refugio; y la casa se alargaba como morada de ellos y de los que nacerían, y desde ella se miraba al mundo como un añadido. Por esto era la casa propiamente. Y hasta lo era el viejo café, donde se tomaba la infusión de tal nombre, aunque no hubiese ninguna ceremonia mistérica, como la del té en el Japón.
Era la estación de las castañas, acerolas, manzanas y membrillos, y sobre todo de los dulces que se elaboraban con esos frutos: los arropes, las carnes, las compotas. Puestos sobre un frutero azul en el aparador o locero, o sobre una mesa del comedor o la cocina, si los visitaba el sol de otoño, tan suave y delicado, relucían como si el sol mismo de ellos naciera, se asemejaban al pan de oro del fondo de los iconos, y componían un bodegón de gloria, ciertamente.Y siguen componiéndolo. Si se los ha visto en ella, cuando luego son colocados en el plato para consumirlos, pese a la exquisitez que son, nos parece que han perdido aquélla, y de otro modo realmente no podríamos comerlos. A una muchachita decimonónica, Teresa de Lisieux, esa experiencia de la distancia que iba de la gloria de la compota y el membrillo en el frutero, a cuando se abrían esos manjares para consumirlos luego en la merienda, durante una excursión, la llenaba de tristeza, porque ya entonces le parecían solo cosas en su condición de cosas, y como si el mundo ya no fuera. ¿Y no será ésta la razón última de la otoñal tristura sin porqué? Esto es, quizás no desorden afectivo estacional, sino ojos de lince para ver la sustancia del mundo entre dos bocados de membrillo. Nada.

Porque así es el mundo; así pasan su gloria y su figura, y nosotros pasamos con él. Mas por eso mismo es hermoso, y hay que tomar esa hermosura y alegrarse. Aunque sea con una patata asada a una fogata, que también es una gloria del otoño. Y hasta la espera para asarla, ante la lumbre, a que sus ascuas, tras ponerse su camisa blanca y transparente, se convierten en ceniza ardiente y roja. Jamás César en este mundo tuvo una alfombra semejante.

El aire se va haciendo más y más delgado, y pone rosados los pómulos con su frialdad, sacando incluso en ellos la pelusilla de la piel de la adolescencia, que es el hermolleo de la especie, y como la pelusilla de melocotones y manzanas. Los pájaros quizás no griten más fuerte que en la primavera o el verano, pero se los oye más claramente, como del gallo se dice en Hamlet, y comprobamos que ellos no han perdido la alegría porque las sombras se precipiten antes sobre los días, e incluso porque la comida se haya hecho más difícil y escasa.

El convencionalismo literario ha hablado siempre de estas cosas como de modestos y rústicos placeres. Pero no se conocen otros más consistentes y que produzcan tanta alegría en los hombres; ni quien escribe, desde Homero para acá, podría pretender tanto como levantarlos con palabras y que fueran tan verdaderos como para acompañar y enjugar tristuras con porqués o sin porqués, estacionales, o no; tantas como nos hieren en las noches del mundo. Y ¿cómo no iban a procurarnos trastornos?

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