Trump, el antiestadounidense

El encuentro entre Donald Trump y Kim Jong-un pasará a la historia como una de las páginas más siniestras del Imperio Americano. Singapur 2018, Múnich 1938: ¿cómo no comparar estas dos infamias? En Múnich, el Gobierno británico y el francés entregaron los Sudetes checos a Adolf Hitler con la esperanza, debido a su cobardía y a su incomprensión del adversario, de comprar la paz. Winston Churchill declaró entonces: «Entre la guerra y el deshonor, habéis elegido el deshonor, y tendréis la guerra». De la misma manera, Trump, aunque no lo sabe, ha sacrificado en Singapur el honor de EE.UU. y la vida del pueblo norcoreano, esclavizado por uno de los regímenes más demenciales del mundo.

El presidente estadounidense acaba de conceder al Partido Comunista de Pyongyang su mayor victoria desde el final de la Guerra de Corea, el reconocimiento internacional y la legitimidad, al renunciar a cualquier sanción económica o militar. China ya ha anulado sus sanciones. Y todo ello con una gran palmadita en la espalda, animando a su nuevo amigo Kim Jong-un a seguir explotando a su pueblo, sus campos de concentración y el terror cotidiano que reina en su país desde hace 60 años.

Trump, el antiestadounidenseEn Pyongyang, he podido ver, como cualquier visitante atento, lo mucho que todo el mundo tiene miedo de todos, que era lo que sucedía en la Alemania nazi y en la Rusia estalinista. Es cierto que estábamos sobre aviso, porque la Casa Blanca había anunciado antes del encuentro de Singapur que «no se abordaría la cuestión de los derechos humanos». ¿Acaso los derechos humanos son una cuestión? Trump ha pisoteado de esta manera el principio fundador de la Constitución de EE.UU., la promesa de libertad y de felicidad, no solo para los estadounidenses, sino también para el resto del mundo. Esta Constitución, según el espíritu de los que la redactaron, debía ser universal. ¿Se recuperará la confianza en EE.UU.? Se necesitará tiempo, ya que la cumbre de Singapur se ha celebrado inmediatamente después de la reunión del G-7 en Quebec, en la que ese mismo Trump mostró su desprecio hacia los Gobiernos democráticos de Europa y de Japón. Su comportamiento en Quebec no fue accidental y no tenía mucho que ver con los aranceles aduaneros. Fue la revelación de que, con Trump, EE.UU. ya no tiene aliados, sino solo intereses. Es mejor no imaginárselo como presidente en la década de 1940, porque en ningún caso habría acudido en ayuda de las democracias contra el nazismo.

Me objetarán que un mal acuerdo con Corea del Norte es mejor que una guerra sucia. Pero Kim Jong-un nunca se ha planteado atacar a EE.UU., ni a nadie, salvo a su propio pueblo. Sus bravuconadas no han sido más que un señuelo, que Trump se ha tragado con todo el sedal. Para percatarse de ello, este presidente tendría que haber conocido los métodos coreanos, tendría que haber poseído algunas nociones de su cultura o tendría que haber escuchado a sus asesores. Pero nada de esto es posible con un Trump ignorante y orgulloso de seguir siéndolo.

Su bendición del régimen comunista, con cierta complicidad, ambigua, del presidente de Corea del Sur, hace que se desvanezcan las esperanzas de que se produzca una perestroika en Corea del Norte y aleja durante mucho tiempo cualquier perspectiva de reunificación entre el Sur y el Norte. Sin la ayuda de Trump, cabía la posibilidad de que la tiranía de Kim terminase por hundirse, pero ahora está sana y salva. ¿Qué ha conseguido Trump a cambio de su reality-show, de su total desconocimiento de Asia y de su desprecio por la democracia? Nada, absolutamente nada. Buscamos en vano y no encontramos nada, salvo una vaga promesa de negociación a lo largo de varios años a cambio de la renuncia estadounidense a las maniobras militares conjuntas en el Sur. Después de haber salvado al Norte, ¿estaría Trump dispuesto a abandonar al Sur, con el riesgo de que se produzca una anexión por parte del Norte?

Y sumémosle a esto que el otro gran ganador en este asunto, además de la mafia comunista de Pyongyang, es el presidente chino. A partir del momento en que el Gobierno estadounidense renuncia al principio democrático, el despotismo chino se convierte cada vez más en una alternativa aceptable.

Volvamos a los acuerdos de Múnich. Daladier y Chamberlain tenían una excusa, y es que eran cínicos. Trump también tiene excusa, y es que, evidentemente, es un psicópata violento y narcisista. En Quebec, los dirigentes occidentales decidieron aceptar esta evidencia (Trump «incoherente», dijo Macron) después de haber intentado realmente apaciguarlo con la esperanza de que se volviese normal. Pero no hay ninguna esperanza: Trump seguirá destruyendo todo lo que hace que EE.UU. sea grande. Recemos por que los votantes estadounidenses, o la Justicia estadounidense, nos libren de él lo más rápido posible. Mientras tanto, es necesario que los periodistas dejen de considerar que se debe tratar a Trump como a un jefe de Estado y que los dirigentes europeos adopten medidas sanitarias para protegernos de la tentación fascista que encarna Trump.

Guy Sorman

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