Trump, hacia otro mandato

«¡Hay que estar preparados!», dice el septuagenario padre de una familia que emplea los sábados afinando puntería en una surtida armería de Oklahoma City. Él, la madre y el hijo, de mediana edad, cargan fundas con munición. «Muchacho, nunca se sabe», sonríe con camaradería. Se han fogueado unas horas en el cobertizo, donde se ubican las pistas de tiro. Es una arraigada costumbre. Primero, se reciben los tapones higienizados con los que soportar el ruido de una veintena de tiradores y después, los amables empleados de la armería ofrecen un póster con el que cubrir la diana: de una caricatura del dictador de Corea del Norte o de un payaso-psicokiller con dos granadas en las manos. ¡Hay que estar preparados para disparar!

En Oklahoma, uno de los estados con mayor número de muertes por arma de fuego de toda la Unión, está legalizado -y admitido socialmente- portar pistola en los lugares de culto, en las iglesias. Al supermercado se puede ir armado y se va, en el coche se puede ir con pistola y se va, en las casas hay espacios dedicados a la acumulación de armamento y, así junto a la cochera, el vecino puede tener un arsenal como parte de su trastocada conciencia ciudadana.

Ese modo de vida ha inoculado tensión en las relaciones sociales, con sucesos mortales cuya chispa prende en discusiones triviales, ya en el drive-in de un Taco Bell ya comprando en Walmart. Esos episodios sangrientos, locales, no traspasan la fronteras mediáticas como si lo hacen las matanzas de tiradores. Pero dejan un reguero de desgracias y marcan la convivencia. No hay ni voces respetadas ni grandes críticas que se alcen en la cuestión en algunas zonas del país. Está forjado un Oeste de paisajes y con una robusta economía que acumula armas. Cada vez más: Estados Unidos ha pasado de 170 millones en manos de civiles en 1990 a rozar el doble de esa cifra 29 años después.

La cuestión y sus mortíferos efectos no está entre las principales preocupaciones de millones de norteamericanos. En la vecina enormidad de Texas -bromeaba Steinbeck con que los texanos no saben que se puede salir de su estado-, se celebran training weekends sólo para mujeres. Ofrecen el atractivo de vivir un «ambiente distendido» (pegando tiros al aire libre, se entiende) e incluso aprender a alcanzar un objetivo móvil desde un helicóptero.

En esa equívoca simplicidad estadounidense que proyectan estados estables en sus preferencias de voto (Red States, como Texas, Oklahoma, Arizona, Luisiana, Alabama, Mississippi, Georgia… ), el presidente Trump ha consolidado su posición. Sus mejores defectos, la improvisación y el desafuero, son interpretados como determinación y eficacia; sus exabruptos, provocaciones, desprecios a los más desfavorecidos y persecuciones al diferente, consideradas por sus agitados partidarios como virutas de una política indoblegable. A la falta de cobertura social, a los intentos de liquidar el débil Obamacare, a los asaltos a la Corte Suprema, al atropello a las normas parlamentarias, al desprecio al Presupuesto Federal, al crecimiento constante de la deuda pública, esgrime los datos económicos como la única verdad verdadera. Votantes republicanos se ufanan con estos porcentajes, aunque a muchos de ellos Trump les siga provocando sarpullidos por una cuestión de, oops, decencia.

A su paso devastador, EEUU abandona el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (1987) sin atar ni diseñar otro más amplio y la nueva situación propicia entre sus aliados y enemigos la oportunidad de armarse nuclearmente; emprende una guerra comercial con China -la propia Cámara de Comercio estadounidense ha advertido que la pagarán los norteamericanos al aplicar los aranceles a casi la totalidad de productos importados- e ignora el cambio climático, pese a las advertencias de algunos sensatos consejeros que, como en la jaula de un león, le hablarán cuando esté dormido.

Los grandes retos que afronta el mundo llegan mudos a los votantes de Trump, retos alejados del centro del debate, como pasaba con las pruebas nucleares que se practicaron en parajes olvidados de Nuevo México durante el siglo XX.

Los datos económicos, sobre los que se sustentan las encuestas políticas -como las del popular Nate Silver-, alientan a pensar en una reelección; Ben Labolt, responsable de comunicación en la campaña de Obama en 2012, ha indagado para The Atlantic en el playbook de Trump. Desde hace meses, los anuncios de su candidatura copan espacios principales en Facebook y YouTube, blindando a sus votantes y anticipándose a una reacción de los demócratas. Daniel W. Drezner escribe que no todo será tan fácil: los economía empeorará y ni los demócratas ni los electores moderados se tolerarán la apatía de 2016 ante el abismo de un segundo mandato. Quizá, pero por ahora él lleva ventaja.

A la campaña permanente, de la que ya en 1982 habló Sidney Blumenthal como «un ininterrumpido proceso para amañar recursos de disposición pública con el fin de perpetuarse en el gobierno», se le añade hoy una estructura periodística saturada de grandes corporaciones y formatos que promocionan el ruido, los análisis simplistas y una mareante espectacularización de declaraciones estúpidas. El consultor político Mike Murphy -como se recuerda en el libro The Permanent Campaign (Norman Ornstein/Thomas E. Mann, editores)-, imaginó que el lincolniano discurso de Gettysburg se hubiera producido en estos años. Y pensó que la cobertura apenas sería un «corte de sonido inmediatamente subsumido por los comentarios jactanciosos de un reportero». Así se emborronan la amenaza climática, el peligro nuclear y cualquier asunto relevante pero fuera del interés político presidencial. Temas fundamentales que podrían sacar de su campana de aislamiento a votantes gozosamente desinformados por el cable y las redes sociales.

Es el mundo, según Trump, una aberración pasajera, como sostiene Paul Starr, o un fenómeno de largo alcance, como la relación de los estadounidenses con las armas.

Francisco Reyero es periodista. Su último libro es Y Bernardo de Gálvez entró en Washington (Fundación Unicaja, 2019).

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