Trump: ¿revolución o contrarrevolución?

Enfrentado a las élites y con enorme tirón entre la clase trabajadora, despreciado y displicente hacia los intelectuales, millonario varias veces en bancarrota, misógino rodeado de mujeres bellas, Donald Trump es, más que nada, un nacionalista norteamericano, con todo lo bueno y malo que eso tiene: querer lo mejor para tu país, sin importarte los demás. Es la última y más flagrante de sus paradojas: resucitar el nacionalismo en un planeta convertido en aldea global. Pero es también lo que le ha llevado en volandas a la Casa Blanca, ante la sorpresa de todos, incluidos sus seguidores. La historia no es sólo «la larga marcha de la humanidad hacia la libertad», que decía Hegel. Discurre también, según Giambattista Vico, en círculos concéntricos cada vez más amplios que se repiten, a lo que Marx añadió, en uno de sus pocos rasgos de humor, «primero como tragedia, luego como comedia».

Volvemos a vivir el drama de los artesanos desplazados por la revolución industrial que perdían sus puestos de trabajo y se convertían en lumpen proletariat, con sólo las manos que ofrecer a un capitalismo sin entrañas. Ahora es la revolución digital. Que Michigan y Pensilvania, sedes de la industria automovilística y siderúrgica norteamericana, bastiones demócratas por antonomasia, hayan votado republicano es el resultado de la huida de esas plantas a otros países. Internet y los teléfonos inteligentes han acelerado los acontecimientos hasta el punto de que todo ocurre al mismo tiempo en todas partes y, de hecho, ya no hay nada seguro, empleos, relaciones comerciales y conflictos ideológicos. «¡Es la economía, estúpido!», gritó Clinton a un ayudante que le venía con la política. «¡No es el libre comercio, es el comercio estúpido!», ha dicho Trump al rechazar el tratado para facilitarlo, que ha traído la pérdida de cinco millones de empleos en su país. Y cinco millones de votos para él. La «América profunda», que no es la de Nueva York ni California, sino la del interior, la industrial y agrícola, la familiar y evangelista, la que retratan con tierna dureza sus películas y novelas, la que ve a su país como the shining house

on the hill, la casa brillante en la colina, se aleja para ellos. Puede que no haya existido nunca, que pertenezca al american dream, pero son muchos los que se resisten a perderla y culpan a los políticos, a las élites, a los banqueros, al establisment de haberlos desposeído de ella. Hillary Clinton era la candidata del status quo y lo que se pedía era un cambio. Ahora se dan cuenta los demócratas del error de haberla elegido candidata. Bernie Sanders lo hubiera hecho mejor. Incluso puede que hubiese ganado las elecciones, al identificarse con esa mayoría silenciosa que ha sufrido las consecuencias de la crisis sin haberla provocado.

Una crisis que fue mucho más que económica y significó más un cambio de era que de siglo. Han cambiado las perspectivas y los valores, las relaciones personales e internacionales, las prioridades y los protagonistas. El individualismo se dispara con todo el mundo exigiendo no sólo «un lugar en el sol», sino también ese sucedáneo de la inmortalidad que es ser famoso cinco minutos. El retorno de los nacionalismos cuando la nación sólo puede sobrevivir dentro de grandes bloques territoriales o culturales, es otra de las grandes paradojas de la nueva era que desea volver al pasado al tiempo que goza del futuro. El Brexit es otro ejemplo de tan contradictoria actitud en la nación cuyos políticos se caracterizaron por su pragmatismo –«para vencer a Hitler me aliaría con el mismísimo diablo», Churchill– y sus filósofos, por su positivismo. Ahora, quiere volver a sus glorias imperiales cuando los imperios han pasado de moda y pueden arruinarte.

Es lo que ha pasado en Estados Unidos y explica en parte el fenómeno Trump. Su eslogan electoral con más éxito fue «Haré América grande de nuevo». En efecto, la segunda mitad del siglo XX fue americana en todos los aspectos, desde los jeans y el rock a las primarias y la política espectáculo. Pero eso le ha costado un déficit astronómico, cientos de miles de soldados muertos y el empeoramiento progresivo del nivel de vida de sus ciudadanos, para terminar de policía en los océanos y continentes más lejanos, sin que nadie se lo agradezca. La crisis de 2008 puso al descubierto todas estas paradojas, mientras los causantes de ella, los banqueros inventores de las sub-prime, no se tiraban por las ventanas de sus despachos en Wall Street como en el 29, sino que escapaban con sus bonus millonarios y la Casa Blanca tenía su primer inquilino negro. Todo había cambiado radicalmente, la política incluida, y Trump fue el primero en darse cuenta de que quien no aparece en la televisión no existe, por lo que procuró convertirse en figura de ella, con un programa estrafalario, The

Apprendice, con el que se hizo célebre con la frase siniestra de «¡Quedas despedido!». No le importaba que le caricaturizasen y se rieran de él, al haber adoptado la filosofía de «que hablen de uno, aunque sea mal». Alguien ha calculado que con sus astracanadas ha recibido de las cadenas 1.900 millones de dólares gratis en horas de pantalla, que le sirvieron de trampolín para su salto a la política. Lo que siguió es historia reciente: una carrera fulgurante, heterodoxa, a caballo de la indignación popular, el desconcierto de los mercados y el desprestigio de los políticos. Todo ello lo aprovechó Trump para convertirse en candidato de los republicanos sin pertenecer a su élite y terminar derrotando a la candidata del establishment, convertido en el malo de la película.

La gran incógnita hoy, como la del día siguiente a todo terremoto, es si Donald Trump seguirá en su papel populista, antisistema, cuando, quiéralo o no, pertenece ya al mismo. No se puede ir contra Washington cuando se ocupa su mansión principal. Es más, cuando nunca dejó de serlo, como gran empresario y hombre de negocios. Aparte de que eso no es lo que le piden quienes le han elegido ni lo que él les prometió: lo que quieren y lo que les prometió fue «devolverles la gran América» que una élite, tanto demócrata como republicana, había secuestrado. Algo más difícil que conquistar la presidencia, porque esa América ya no existe. Se ha disuelto en la globalización que ha hecho el planeta una aldea global y en las distintas revoluciones, la cultural, la femenina, la mediática, que han tenido lugar. ¿Es Donald Trump un revolucionario o un contrarrevolucionario? Pues las dos cosas al mismo tiempo, según las circunstancias. Un oportunista, nacionalista, por más señas. Sus primeros pasos y palabras apuntan que se ha dado cuenta de que su papel ya es otro. Pero vamos a ver si es capaz de domeñar su temperamento –misógino, faltón, autoritario– y si sus seguidores le dejan cambiar. Aunque cambiar, tenemos que cambiar todos, al habernos quedado sin el que nos sacaba de apuros. Por ejemplo, los europeos estaríamos totalmente equivocados si creyésemos que los norteamericanos acudirían a salvarnos por tercera vez si nos viéramos amenazados por otra de nuestras trifulcas internas o externas.

José María Carrascal, periodista.

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