Trump y el efecto mariposa

Mucho se ha hablado y se ha escrito en estas tres semanas sobre el desconcertante resultado de las elecciones americanas. Se suele aducir el auge de los populismos como su principal causa; tales explicaciones suelen formularse en dos versiones: subrayando el rechazo de buena parte de la sociedad americana a la globalización (pronóstico profetizado por Michel Moore, bajo la denominación del síndrome «brexit» en el cinturón oxidado de los Grandes Lagos americanos); o bien, destacando el fracaso de Clinton por no haberle dado la vuelta al hastío que produce la «casta» política americana.

Yo deseo proponer, sin embargo, una hipótesis radicalmente distinta. ¿Es posible que las causas últimas de la victoria de Trump vayan más allá de tal racionalización, y residan en algo de índole más aleatorio, vinculado a la configuración metafísica del mundo?

La hipótesis se me antoja plausible si tenemos en cuenta que parece un patrón que se viene repitiendo en las últimas encrucijadas globales: el referéndum griego, el Brexit, el referéndum colombiano y el triunfo de Trump. ¿Es posible que haya un rasgo común a todas esas decisiones democráticas y, quizá, también a las del futuro, que provoca contra pronóstico resultados irregulares y, aparentemente, catastróficos?

Quizá la teoría matemática del caos nos ayude a encontrar alguna respuesta. Los sistemas dinámicos de naturaleza determinista (como son unas elecciones o un plebiscito), es decir, cuya evolución es siempre resultado de una cadena causal de antecedentes y consecuencias (en nuestro caso, la agregación extrapolada de preferencias individuales) son altamente sensibles a pequeñas variaciones en las condiciones iniciales: algo que popularmente conocemos como el efecto mariposa. Es decir, un mismo sistema (para el caso, el censo de electores) puede arrojar un resultado u otro completamente divergente si se modifican algunos parámetros que, por sí solos, tienen un peso despreciable en el conjunto de las causas implicadas.

Aunque sean sistemas de naturaleza determinista (en efecto, estadísticamente parecía que, si bien con escaso margen, la mayoría de los fragmentos sociales se iban a resignar a las medidas europeas en Grecia; al remain británico; al acuerdo de paz con las FARC y a la reválida de los demócratas en EE.UU.), el resultado final ha sido, en los cuatro casos, el más inverosímil. Tales sistemas se conocen, en las matemáticas modernas, como caóticos, pues son deterministas y, por tanto, previsibles en un nivel micro, pero con un comportamiento aleatorio (caótico) e impredecible a escala macro.

Así las cosas, mi hipótesis es que los resultados irregulares van a ser una constante en los futuros comicios importantes de las sociedades democráticas del planeta; pero, a diferencia de la mayoría de los análisis, yo no lo atribuiría al auge de los populismos o del sentimiento generalizado antiglobalizante, sino a que tales sociedades han mutado en sistemas caóticos, en el referido sentido matemático. Variaciones en un pequeño porcentaje de los comportamientos individuales arrojan un resultado muy distinto al pronosticado. Parece un rasgo del actual orden del mundo en plena alteración, que indica, acaso, una muda de civilización.

Creo que es la enseñanza más importante que debemos extraer del efecto Trump, pues todo indica que constituye la confirmación de lo que parece ya una nueva regla: la regla de la irregularidad, valga la paradoja; a saber: la configuración ontológica de la realidad social ha tornado en fractal, algo que la nueva ciencia (el principio de incertidumbre, la física cuántica, la matemática de los fractales, etc.) ya demostró en el siglo pasado con respecto de la realidad material. Ahora son las decisiones colectivas las que parecen haberse tornado también de esa naturaleza.

Esa teoría ya fue anticipada por Eugenio Trías, quien descubrió que la condición humana es como un límite fractal. Los fractales (la representación gráfica de los estados caóticos) son formas geométricas (naturales o no) irregulares. Trías sostuvo que el mundo humano hace de bisagra y frontera de intercambio y comercio entre lo razonable y sus sombras; por ello, nos caracteriza el mismo tipo de irregularidad que es inherente a los límites naturales (las orillas, las costas, las fronteras entre países, las cuencas fluviales, las orografías terrestres, etc.). Una franja fronteriza la nuestra que, en el presente, parece haber abierto todas sus compuertas. Ello provocará –vaticinaba Trías antes de morir– turbulencias a nivel macro (social, global), por cuanto se hace perentorio encontrar sentido a tales irregularidades. En lo caótico y convulso podemos encontrar, acaso, las contracciones regulares de un parto: el de una humanidad, físicamente unida por internet, que persigue profanar los muros de la posmodernidad.

Arash Arjomandi, filósofo y profesor de Ética Empresarial en la Escuela Universitaria Salesiana.

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