Trump y la UE, aliados necesarios

El pasado mes de julio fui invitado a la Convención Republicana en Estados Unidos. Se trataba de intervenir en una serie de debates y encuentros sobre las relaciones entre Estados Unidos y Europa. Algunos colegas europeos reaccionaron con un indisimulado recelo. Pues bien, a lo que nos dedicábamos algunos de mis colegas y yo mismo, modestamente y con grandes dosis de paciencia, no era a apoyar al candidato, sino a tratar de convencer a una nutrida parte del equipo internacional de Donald Trump de la necesidad de una buena relación entre Europa y Estados Unidos. Fue precisamente mi firme creencia en una necesaria buena relación entre España, Europa y Estados Unidos, lo que me llevó a aceptar la invitación del ala moderada internacionalista del Partido Republicano.

Mi llegada a Cleveland, Ohio, estaba condicionaba por las informaciones que la prensa europea nos proporcionaba. Creía que llegaría a una convención ensombrecida por una suerte de guerracivilismo partisano, con un Partido Republicano estrangulado por el sentimiento de una derrota anticipada. Mi sorpresa fue mayúscula al encontrarme un ambiente festivo y un partido que, para bien y para mal, se preparaba ya para el triunfo de su candidato. Ese sentimiento me ha acompañado estos meses, hasta verse refrendado por el resultado que ahora todos conocemos.

trump-y-la-ue-aliados-necesariosComo firme creyente en las relaciones transatlánticas, mi preocupación ha sido y es, mantener las mejores relaciones con los Estados Unidos, país con un sistema de valores fundamentales idéntico al europeo, y que contrasta con los de regiones autoritarias defendidos intelectualmente por la extrema izquierda y la extrema derecha europeas. Por una parte, me reconforta el hecho de que el nuevo presidente tendrá que colaborar con muchos miembros del Partido Republicano moderados e internacionalistas que ejercieron una notable presión política durante la campaña y que no dejarán de hacerlo durante el mandato presidencial. Y por otra, la certitud de que el sistema de checks and balances de toda democracia liberal acotará el margen de actuación del nuevo presidente.

¿Cuál es la principal lección del triunfo de Trump? Tras los resultados del referéndum del Brexit, muchos quisieron encontrar la respuesta en una mayoría silenciosa británica endogámica, pueblerina, anclada en el pasado. Los británicos encerrados en su isla. Sigo escuchando el mismo mantra tras los resultados de las elecciones norteamericanas: que la victoria de Trump se debe al voto de la América profunda, blanca e inculta. Pero una vez más nos equivocamos, con el riesgo de distorsionar el diagnóstico sobre la realidad de las sociedades europeas y los pronósticos electorales para los comicios del año que viene en países como Holanda, Francia y Alemania.

Estamos asistiendo a un cambio político estructural, con un mensaje claro de que la ciudadanía exige de la clase política una adaptación a esos nuevos tiempos. Pero si nos detenemos en el diagnóstico, por acertado que sea, corremos el enorme riesgo de fertilizar el mensaje de los partidos que desafían a la democracia liberal.

Este mismo fin de semana veía un debate en la televisión francesa sobre la victoria de Trump. Mientras algún contertulio de la izquierda bien pensante se daba golpes en el pecho acerca de los errores pasados y un didáctico reportaje ilustraba cómo el declive de las clases medias, el aumento de la desigualdad y los que se sienten dejados atrás por el sistema habían causado una ruptura social, Florian Philippot, el ideólogo de cabecera del Frente Nacional (el partido de la extrema derecha francesa) se apresuró en tomar la palabra y afirmó victorioso: “¡Todo eso es verdad, y el Frente Nacional es la solución!”.

Es tarea nuestra, de los políticos moderados, encontrar la fórmula -no mágica, lo que nos distingue de los populismos- para salvaguardar nuestros valores. Dar respuesta y encontrar soluciones en el marco de esos principios. De esos principios que encierran la grandeza de la Unión Europea y que la canciller Merkel ha recordado con tanta gravedad como diplomacia al presidente electo Donald Trump en su primer mensaje: la democracia, la libertad y el respeto a la ley y a la dignidad humana, independientemente del origen, color de piel, religión, género, orientación sexual o ideas políticas.

Hay que aceptar que esta globalización, muy a pesar de las enormes oportunidades que puede generar a nivel de transacciones e intercambios económicos y culturales, genera miedo e inseguridad en nuestras sociedades. También que la gestión de los flujos migratorios y la cuestión identitaria han abierto una brecha que no puede ser ignorada.

Históricamente, muchos de los desafíos que se están produciendo, especialmente la inestabilidad en regiones de origen, se deben a la nefasta política postcolonial europea alejada de la realidad cultural y social de los países afectados. Rediseñar tras la I Guerra Mundial un mapa postcolonial acorde con las diferentes realidades de la época habría probablemente cambiado la historia. Pero estamos donde estamos. Y nos encontramos ni más ni menos que en un punto de ruptura, en el justo momento para, a nivel UE, analizar nuestras debilidades y fortalezas, y así poder cambiar el rumbo que, por ahora, está dirigido hacia el acantilado de la incomprensión social.

Nos encontramos, asimismo, con un partido socialista en Europa en plena crisis existencial y, como botón de muestra, la situación del PSOE en España. Lo digo sin un ápice de complacencia, sin eso que la lengua alemana conoce como Schadenfreude. Todo lo contrario: la caída generalizada del socialismo en Europa -socialismo que contribuyó con el centro-derecha a la creación y mantenimiento de la UE-, me preocupa sobremanera. Un fenómeno parecido en los años 30 en Europa condujo a un nacional socialismo populista de nefastas consecuencias históricas.

Con grandes dosis de diplomacia y entendiendo las razones por las que fue elegido, debemos convencer al presidente electo de los Estados Unidos de queen beneficio de su país y su Presidencia está el mantener una buena relación con la Unión Europea. Quizá el foco no debe ser omnicompresivo, sino apelar a la política de pactos. Con todos sus defectos, Donald Trump no dejará pasar la oportunidad de un buen trato, de un good deal. Será bueno que constate que seguir la senda de sus asesores de campaña, como el líder del Brexit, Nigel Farage -dimitido ya en dos ocasiones de su propio partido-, es el rumbo equivocado para mantener a Estados Unidos y a la Unión Europea aliados frente a importantes retos globales, que pueden ser beneficiosos para ambas partes.

Por todo ello, encuentro acertado que tanto el presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, como su ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, hayan anunciado ya el deseo de establecer puentes y comunicación fluidos con la nueva Administración americana. Como decía Winston Churchill, ni el éxito es final ni el fracaso es fatal, es el coraje de perseverar lo que cuenta. No es hora de atrincherarse pues, sino, muy al contrario, de avanzar con valentía política en la profundización de una mejor relación de Estados Unidos con España y con la Unión Europea, sin tener miedo de reinterpretar ciertos paradigmas, siempre dentro de nuestros valores fundamentales. Mucho tardó Obama en comprender esta ecuación, dedicando gran parte de su Presidencia a una mejor relación de los Estados Unidos con Asia, dando sólo prioridad a la relación con la UE en los últimos momentos de su Presidencia y tardando en comprender que el Brexit minaba de facto las relaciones entre Europa y EEUU.

A algunos les ha sorprendido el mensaje unitario de Trump como presidente electo. No es una cuestión de sutilezas políticas o un ataque repentino de modestia. Es un ejemplo más del pragmatismo americano. No me cabe duda de que, en la medida de lo políticamente posible, los americanos se pondrán a trabajar conjuntamente para obtener lo mejor para su país. No tardemos en hacerlo nosotros.

Antonio López-Istúriz es secretario general del Partido Popular Europeo (PPE) y eurodiputado.

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