Tú al Magreb y yo a Dinamarca

Para que comprendamos, entre todos, lo que pasa en Cataluña, debemos hacer un esfuerzo de empatía, trascender nuestras fronteras mentales, rígidas como el flequillo de Carles Puigdemont, y llegar a la fibra de un movimiento tan sentimental como masivo.

Cataluña es, evidentemente, Dinamarca. Esto vino a promulgar el alcalde de Blanes durante una entrevista con Carlos Alsina en Onda Cero, haciéndose portavoz de un clamor popular, y es una consigna que se extiende, de modo tácito o expreso, en la televisión de la vanguardia independentista, la TV3, y que nosotros, si somos abiertos y estamos dispuestos a hacer el esfuerzo, debemos aceptar.

El regidor de Blanes se puso estupendo, metafórico, y dijo así (literal): “Nosotros aquí tenemos nivel de vida. Es totalmente diferente. Igual ocurre en Dinamarca con respecto, yo qué sé, al Magreb”.

España, la España no catalana, era el Magreb, por supuesto. El alcalde podía habernos comparado con Italia o Grecia, más anárquicos que Dinamarca, sin duda, pero quiso marcar la distancia a conciencia, con fuego no solo cultural sino también étnico, y logró comunicarnos que jamás podríamos comprender lo que significa pertenecer a la civilización danesa, porque somos como somos. El esfuerzo sobraba, en realidad, pues los españoles conocemos bien nuestra particular idiosincrasia magrebí. No hay más que vernos en la cadena de televisión pública de los daneses, y en el twitter de Julian Assange, el intelectual que ha leído una versión catalana de El Quijote en la intimidad (en esa versión prodigiosa, Sancho Panza, sojuzgado por el imperialismo quijotesco, se revela con el sobrenombre de Pancho Sánchez, sic).

Dinamarca está llena de ex magrebíes, como Gabriel Rufián o el alcalde de Blanes, pero esto no les resta un ápice de calidad danesa, porque para ser danés basta con desearlo y renegar con descaro del Magreb que se lleva en los glóbulos blancos y hasta en los rojos. Tú al Magreb, primo, y yo a Dinamarca, y dejemos de ser familia, que luego viene Woody Allen, le pagamos la película y confunde Barcelona con Sevilla. Hasta Puigdemont tenía abuelos magrebíes, pero la danesa es una identidad tan saludable que cualquier mancha magrebí rápidamente se diluye en ella y se borra si uno participa en un castellet o se hace del Barça.

Dinamarca, aunque colonizada por el Magreb, es mucho más próspera que la mayoría del Magreb. Pero si los magrebíes dejáramos de robar a los daneses, vía impuestos injustos, solidarios con rincones del Magreb repletos de vagos y maleantes, los daneses vivirían aún mejor, dejarían de pagar las autopistas, por ejemplo, y los magrebíes a la larga nos veríamos beneficiados del trauma. No podríamos seguir siendo los parásitos de costumbre. Tendríamos que aceptar y alimentar una ética del trabajo que sería el primer peldaño de nuestra propia liberación. Nunca seríamos como los daneses, eso es imposible, pero mejoraríamos mucho. O nos iríamos directamente al garete, lo cual tampoco estaría mal en un mundo al que tanto daño hemos hecho desde finales del siglo XV.

Y, con todo, esto no es lo sustancial. La clave radica en que los daneses prefieren vivir solos, porque no se sienten ni cerca ni lejos de los magrebíes, sino que se saben distintos. Tal sabiduría identitaria se puede discutir en el Congreso de los Diputados, en las tertulias de radio y televisión y hasta en las cátedras de historia, pero resulta inatacable por la misma razón que no se puede mezclar el agua con el aceite. Donde hay un sentimiento, para colmo exacerbado, un argumento intelectual lleva las de perder.

Cierto que algunos daneses tienen actitudes y aspecto de magrebíes, incluso parecen más magrebíes que los propios magrebíes, pero un sentimiento nacional, cuando nace, genera tal bienestar, tal impresión de comunidad valiente y solidaria, que se contagia fácilmente entre los ciudadanos aburridos, muy necesitados de un destino heroico con el que tuitear o cantar en las calles. Y el sentimiento de ser danés es tan vigoroso que nada se le puede oponer, tampoco la Constitución de 1978, por mucho que los daneses la aprobaran con un porcentaje del 91%. Lo hicieron, sí, pero ¿quién nos dice que no les amedrentó la Guardia Civil magrebí?

Y ¿quién, en su sano juicio, no daría un brazo por ser danés? Cervantes, si viviera hoy, estaría encantado de dar el suyo, como en Lepanto. El sentimiento de ser magrebí, en cambio, carece de glamour. Solo lo disfrutan los rancios y los frikis. El Magreb suena a imperio, a fanatismo, a vergüenza. Pero Dinamarca… Qué bien se pronuncia, con qué donaire vibra en el paladar. Dinamarca es sol, alegría, creatividad, incluso pan con tomate.

No hay leyes capaces de detener el sentimiento de ser danés. Ser danés es como ser oro. Pensad en un danés o en una danesa. Pensad en un magrebí, en Manolo Escobar, verbigracia. Bueno, tal vez, no sea el mejor ejemplo, al parecer era medio danés. Pensad en El Fary, entonces, magrebí de pura cepa, o en el Torrente de Santiago Segura. Es evidente que los daneses tendrían que vivir separados del Magreb, no debemos seguir manchándolos, a ver si Woody Allen va a volver a confundirlos con lo que no son. Julian Assange tiene derecho a soñar con Dinamarca desde su lúgubre habitación, se merece un país de juguete, made in Hollywood, en el que haya buenos y malos, y él pueda aspirar a emular a Hemingway pero sin escribir novelas, sino tuits, y sin correr delante de los toros. Que magrebíes y daneses compartamos península es un accidente nefasto, una ironía del destino, casi un castigo diabólico que no se merecen ellos. Aunque hayamos mezclado poblaciones y culturas, Dinamarca y el Magreb son planetas incompatibles de galaxias imposibles de comunicar, tanto como Somalia y Japón, en el mejor de los casos. Que la lengua mayoritaria del Magreb, también llamada español, se gestione y comercialice, sobre todo, desde editoriales radicadas en la capital de Dinamarca y no en la del Magreb no es un síntoma del poder de Dinamarca ni demostración de que esa lengua también es suya, sino la evidencia de que, pese a todo, los daneses tienen una altura cultural a la que los magrebíes no podemos aspirar.

Hay, sin embargo, territorios confusos, entremezclados, que ciertos movimientos daneses reclaman como propios y algunos magrebíes, ignorantes, creemos que son parte genuina de nuestra tierra. Me refiero a los Països Daneses, que como sabemos albergan no solo a Dinamarca en sí, sino también a la comunidad Valenciana, a las Islas Baleares y al Rosellón francés. Son estos territorios los que la llamada izquierda danesa, léase ERC y la CUP, considera parte de una nación mucho más grande que las cuatro provincias danesas. Esta consideración no tiene nada de imperialista. Forma parte de un sentimiento legítimo con el que sacar el vinilo de Lluís Llach del armario, más ahora que el Mediterráneo de Serrat se está secando por un aire rancio y mesetario.

Que el sujeto político Països Daneses no vaya a disfrutar de un referéndum en todas sus villas y ciudades no por culpa del Gobierno magrebí, sino por desinterés de los independentistas que lo reclaman es un misterio que, aunque no lo digan, también se relaciona con los sentimientos. Algunos magrebíes esperábamos que hubiera urnas chinas, o de otro tipo, en Orihuela, por ejemplo, o en Torrevieja, Alicante, esa localidad costera donde el Un, Dos, Tres mandaba a sus concursantes magrebíes. Sin saberlo, estaban yéndose de vacaciones a la Dinamarca sur, tan civilizada, que ahora tiene voz pero no voto. Tendrá voto cuando tenga sentimiento, esa es la cosa.

¿Qué será de nosotros, magrebíes, cuando los daneses se vayan y nos dejen solos con nuestra miseria y atraso?

Esto de ser magrebí es terrible, la verdad.

A mí no me importa, hasta me agrada, pero es terrible.

De hecho, a veces pienso que si no fuera por algunos daneses, no seríamos tan magrebíes.

Y perdón por la metáfora, claro. Se la he robado a ellos.

Juan Aparicio Belmonte es escritor.

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