Tump y el internacionalismo liberal

Había sido Woodrow Wilson el primero en pergeñar, a través de sus recordados 14 puntos, los términos de lo que más tarde sería conocido como la teoría y la práctica del «internacionalismo liberal». En tiempos tan tempranos como 1918 el visionario presidente de los Estados Unidos, tras la catástrofe humana y material de la I Guerra Mundial, había querido sentar las bases de lo que debería llegar a ser un mundo sin guerra. Allí se encontraban, todavía de forma embrionaria, los elementos que con mayor o menor fortuna, más o menos fidelidad, servirían de guía para la proyección exterior del nuevo imperio ultramarino: la diplomacia abierta, la libertad de comercio y navegación, el control de armamentos, el reconocimiento de los derechos de los pueblos sometidos a dominación colonial. Todo ello concebido como base indispensable para fijar las bases de la estabilidad internacional. Wilson veía en su propuesta, tan cargada de idealismo, una manera eficaz de asegurar asimismo los intereses de su propia república. Aquello duró menos de lo que el alto propósito hubiera merecido, pero tras la acrecentada catástrofe de la II Guerra Mundial los términos iniciales fueron corregidos y aumentados por el presidente americano Franklin D. Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill, profundizando en la misma visión, ahora enriquecida con nuevas perspectivas: el respeto a los derechos humanos, el reforzamiento de la institucionalidad internacional a través de las Naciones Unidas, la generalización de los sistemas democráticos como base sólida para la estabilidad, el cumplimiento de la legalidad, la renuncia al uso de la fuerza. Cualquier historiografía, incluso las más escépticas, nos dirá que con sus inevitables y dolorosos paréntesis ese programa, cuya trayectoria tiene ya setenta años de existencia, ha permitido evitar lo que el Preámbulo de la Carta de San Francisco llama con fuerza dramática «el flagelo de la guerra», aquel que «dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles».

Ha sido ese «internacionalismo liberal» el que de una manera clara, aunque no siempre perfecta, ha inspirado el comportamiento interior y exterior de los Estados Unidos de América, dotando de cierta previsibilidad a sus comportamientos, estableciendo de una manera visible los perfiles de su liderazgo, ofreciendo cobijo a los próximos y temor a los adversarios y, en definitiva, garantizando un modelo de estabilidad cuyos frutos a la vista están. Es un modelo que concede primacía a la democracia liberal, a la libertad de comercio, al mercado como sistema económico y a la cooperación internacional como mejor camino para evitar las desigualdades. Y, en la medida de lo posible, paliar o al menos suavizar tensiones. Es un modelo que contiene una visión estratégica de medio y largo plazo, que combina principios e intereses propios y ajenos en una proporción realista, que ha permitido a los Estados Unidos construir lo que, al modo del ejemplo romano, podríamos llamar un «imperio consensual», y que en la legítima y justificada retórica de Madeleine Albright ha llegado a convertirse en la «nación indispensable». Es ese un modelo al que de forma más o menos explícita y con mayor o menor éxito han conformado sus comportamientos todos los presidentes americanos, desde Franklin Delano Roosevelt hasta Barack Hussein Obama.

¿Es ese el modelo bajo el cual regirá los destinos americanos Donald J. Trump? Existen razones para dudarlo, si nos atenemos a sus manifestaciones y conducta durante la campaña electoral e incluso durante el periodo transcurrido desde que los votos del colegio electoral garantizaron su victoria el 8 de noviembre de 2016. Y es tal la confusión que esa incertidumbre genera que los habituales realistas de la diplomacia internacional dedican lo mejor de sus convicciones a predicar como bálsamo la virtud de la paciencia. Tanto como reconocer la preocupación surgida por la posibilidad de unos Estados Unidos que volvieran a donde normalmente no han estado en las últimas décadas: en el proteccionismo, en el aislamiento, en la compañía de dictadores y otras gentes de mal vivir, en la «fortaleza América». Y no es que quepa negar el resquicio que siempre el posibilismo merece, y que en este como en otros casos se suele reclinar sobre el equilibrio institucional, o sobre el vigor de la sociedad civil americana, o sobre los rigores y cortapisas que el mismo poder impone. Pero nunca como ahora, en memoria reciente o remota, han sido tantas las bienintencionadas llamadas a las virtudes taumatúrgicas que el sistema y sus componentes parecen albergar. Como nunca en esa misma y múltiple memoria han sido tan altos los precios pagados por la misma incógnita que el futuro encierra. ¿O acaso tiene mejor razón Vladímir Putin en proclamar en solitario su fervor por la época que Donald J. Trump inaugura?

Posee el nuevo presidente americano un entusiasta seguimiento en todos aquellos que dentro o fuera de los Estados Unidos, y a veces con poderosas razones, abjuran de la era Obama, de sus guerras culturales, de sus indecisiones internacionales, de su izquierdismo adolescente. Y es tanta la animadversión que el saliente despierta que nada de lo que se pudiera decir del entrante bastaría para borrar la mancha de aquel o para minusvalorar el carácter salvífico de este. Estamos ante una contienda percibida como las que a muerte se pelean y en las que, como en las del Lejano Oeste, no se cogen prisioneros. Convendría al respecto moderar los ánimos y templar los necesarios para el ya inminente futuro. España, Europa, el mundo necesitan como si del llover se tratara la continuidad del «internacionalismo liberal» que en el norte de América ha encontrado su mejor teoría, y la más próxima de las prácticas. Esa continuidad a la que Angela Merkel se refería cuando al felicitar a Trump por su elección recordaba los términos en los que había florecido la cooperación entre Europa y los Estados Unidos. Cualquier otro recorrido anuncia tormentas. De las que a nadie benefician. Ni siquiera a los que hacen de su odio a Obama razón fundamental de su existencia. Y conviene que la paciencia no se convierta en coartada de la inactividad.

Javier Rupérez, académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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