Túnez y el terrorismo

El reciente ataque al mercado de Navidad de Berlín – en el que murieron 12 personas y 50 resultados heridos- dejó una sombría sensación en las celebraciones de fin de año en toda Europa. Visto desde Túnez, donde me encontraba durante los acontecimientos, el ataque también tuvo un gran impacto, aunque diferente. Después de todo, Túnez es el país de origen del principal sospechoso, Anis Amri.

Al igual que los europeos, los tunecinos temen al terrorismo. No solo a los ataques terroristas individuales, como los del museo del Bardo en Túnez y en la playa de Susa en 2015 o incluso los numerosos asesinatos que ha comenzado desde que se iniciara el cambio de régimen en 2011. A los tunecinos les preocupa que los disturbios sociales destruyan su joven democracia, notable pero frágil. La vecina Libia es un triste ejemplo de cómo podría acabar.

La perspectiva de que el gobierno de Túnez intente hacer frente a la situación por sí mismo no es muy atractiva. Los tunecinos saben que su estado es débil y que, en la práctica, no puede protegerlos. Podrían acabar como Egipto, que se está convirtiendo en un estado policial, o seguir la dirección de Argelia, donde un breve flirteo con el islamismo político hace 25 años dio paso a un periodo de represión autoritaria y años de violento conflicto.

Para empeorar las cosas, las inquietudes sobre el terrorismo casi han acabado con la extendida industria del turismo de Túnez, afectando gravemente su economía. Como resultado, un país que ya recibe apoyo del Fondo Monetario Internacional está intentando lograr cierta estabilidad social mediante el aumento de los funcionarios estatales. Para contener el creciente déficit presupuestario, ha optado por elevar los impuestos, lo que reducirá aún más el crecimiento.

Esta espiral descendente se ha llegado a institucionalizar, ya que los principales sindicatos se niegan a ceder terreno y la sociedad civil se ha ido desilusionando. En particular, los jóvenes no confían en las instituciones, un serio problema en un país donde un 38% de la población tiene menos de 25 años de edad.

Los jóvenes que conocí en Túnez, reunidos por la ONG británica Forward Thinking, que promueve el entendimiento entre visiones de mundo seculares y religiosas, vienen de todo el espectro político. Pero tienen algo en común: se sienten víctimas de la globalización. Desde su punto de vista, la comunidad internacional conspira contra ellos, socavando sus opciones de encontrar empleo y formar familias. Esta percepción es terreno fértil para los reclutadores de terroristas; de Túnez proceden más yihadistas en Siria e Irak que de ningún otro país.

La amenaza del terrorismo ha atraído la atención internacional sobre Túnez, pero no es la única razón por la que debería preocuparnos en destino del país, que sigue siendo un faro de esperanza por la democracia y la libertad política en la región.

Visité Túnez con una ex autoridad de Ucrania, país con el que tiene mucho en común a pesar de tener una historia y una cultura muy diferentes. También vivió una revolución que llevó al exilio a su entonces presidente, pero las ansiadas reformas acabaron estancándose. Y ambos países han padecido serios problemas por la guerra (en el caso de Túnez, en Libia), lo que ha implicado la entrada de una importante cantidad de desplazados (cada país alberga a cerca de dos millones de refugiados).

La comunidad internacional debe ayudar a asegurar que tanto Túnez como Ucrania cumplan el potencial de sus revoluciones, ayudando a que puedan hacer frente a los refugiados, así como (y esto es lo más importante) apoyando la implementación de amplias reformas que fortalezcan el estado.

Con todos sus defectos, el diálogo político que ha comenzado en Túnez, gracias al movimiento islamista Ennahda y los partidos parlamentarios no religiosos, ha evitado que el país cayera al abismo político. Pero a menos que el país pueda hacer realidad las reformas, el diálogo colapsará, y con ello las perspectivas para la juventud de Túnez.

En esto también Ucrania tiene una lección. Su proceso de reformas se ha afianzado, gracias en parte a un importante apoyo exterior. Pero los intereses enquistados siguen obstaculizando el proceso. Si bien las reformas se deben realizar a nivel local, los extranjeros (en particular, la Unión Europea) pueden ayudar a reforzar la visión interna si proporcionan un camino viable para el cambio institucional.

Va en el propio interés de la UE tender una mano. También enfrenta una crisis de refugiados que no puede abordar sin relaciones de colaboración efectivas. Por ejemplo, las instituciones europeas y el gobierno español han logrado contener el flujo de inmigrantes por el Estrecho de Gibraltar.

Para poder hacer frente a la crisis migratoria, y al mismo tiempo hacer que la migración sea menos peligrosa para los propios migrantes, es necesario llegar a más acuerdos con socios con credibilidad. Y en este punto Túnez es un buen candidato. Europa ya ha podido negociar acuerdos con el país para restringir los flujos migratorios y hacer regresar a quienes se les ha negado el asilo.

Sin embargo, el ataque de Berlín pone en evidencia los límites de la capacidad institucional del país. Aparentemente se pospuso la expulsión de Amri de Alemania debido a la lentitud de la burocracia tunecina para confirmar que es ciudadano del país.

Por esta razón la comunidad internacional debe también ofrecer recursos a Túnez para fortalecer sus entidades estatales y su sociedad civil, así como una visión de una integración más estrecha con la UE para ayudar a dirigir el proceso político, de manera muy similar a como lo ha hecho con Ucrania. No se trata de ser miembro de la UE, sino de abrir los mercados y flexibilizar las restricciones del visado (si bien hay que reconocer que es un punto difícil de vender tras la masacre de Berlín).

Tanto en Túnez como en Ucrania hay el temor de que Europa cierre aún más sus puertas. Vi la angustia en los ojos de los reformadores ucranianos tras la decisión de los votantes del Reino Unido de abandonar la UE, y percibí una sensación similar en Túnez cuando se reveló la identidad del atacante de Berlín. Si intenta aislarse del mundo exterior, Europa no haría más que privar a los ciudadanos de estos países de toda esperanza de una vida mejor.

Erik Berglöf, Professor and Director of the Institute of Global Affairs at the London School of Economics and Political Science, is a former chief economist of the European Bank for Reconstruction and Development. Traducido por David Meléndez Tormen.

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