Turbulencias en el Reino Unido

Mientras la libra esterlina alcanza su valor más bajo en 31 años, la primera ministra Theresa May ha confirmado que el próximo marzo activará el artículo 50 del tratado de Lisboa, lo cual permitirá a Gran Bretaña la salida de la Unión Europea.

La incertidumbre azota a millones de ciudadanos; unos, orgullosos de cambiar el statu quo para salir de la Unión Europea, lo cual se presenta como un acto heroico a través del cual la nación británica se propone recuperar la soberanía y abandonar la UE. Una visión que implícitamente anuncia la fuerza y el poder de una gran nación que evoca un pasado imperial que ya no volverá. El pasado no se reproduce, aunque a menudo se idealiza.

El Reino Unido se encuentra sumido en una crisis postimperial, enfrentado al declive de la élite establecida y afectado por la volatilidad electoral asociada con la crisis económica y la intensificación de las facciones en los partidos políticos tradicionales; fenómeno que prolifera en Europa. En este contexto surge la necesidad de regenerar la nación británica y buscar los orígenes que permitan al Reino Unido mantener su identidad y estatus; aun a sabiendas de que el cambio es imparable y que el futuro del país se define incierto, tal y como confirman desde la City.

El pueblo tomó la palabra en el referéndum del 23 de junio y la mayoría de los británicos votaron en contra de la permanencia en la UE. Pero no todos los británicos votaron de la misma forma. Así, Inglaterra votó a favor del Brexit (53,4% a favor, 46,6% en contra). En Gales, el 52,5% votó a favor del Brexit, mientras que los partidarios de la permanencia en la UE obtuvieron un 47,5%.

En claro contraste con estas posiciones destaca el voto a favor de permanecer en la UE defendido por un 62% en Escocia. En Irlanda del Norte el voto a favor de la permanencia en la UE alcanzó un 44,2%.

Cierto, una mayoría de británicos manifiestan la satisfacción de haber sido escuchados; sin embargo, el precio d su decisión ya se revela astronóm c tanto, que muchos dudan del acierto en su elección.

El pánico a dejar de recibir los subsidios de la UE parece que no se había tomado en cuenta. Pero el aviso de Bruselas es claro: el Reino Unido no puede firmar acuerdos económicos con otros países mientras permanece en la UE. Al mismo tiempo la Comisión Europea explica claramente que el Reino Unido no puede iniciar negociaciones bilaterales o dentro de la Organización Mundial de Comercio. Se especula que Bruselas podría incluso imponer sanciones al Reino Unido por hablar con otros países que ya están negociando con la UE.

La frialdad de gobiernos como el francés y, sobre todo, la ausencia de un respaldo inequívoco por parte de Estados Unidos, sumidos en su propia crisis económica pero también marcados por escenas de violencia racial y étnica, garantizan la inestabilidad. Vivimos en un mundo plagado de incertidumbres.

En la conferencia anual del Partido Conservador, Theresa May utilizó el lema “Un país que funciona para todos” y se comprometió a restaurar la igualdad y promover la prosperidad, al tiempo que proponía una “revolución silenciosa”, indirectamente evocando el estilo quebequés. Recordemos que el Reino Unido es el país de Europa en que la distancia entre pobres y ricos alcanza una cotas más elevadas. Favorecer la igualdad requiere un cambio radical del sistema y si esto no funciona el resentimiento entre las clases trabajadoras, así como entre los empleados de cuello blanco, provocará inestabilidad y el resurgimiento del populismo, asestando un duro golpe a la democracia.

En el reciente congreso anual de los tories, May prometió construir un Reino Unido anclado en el centro político, comprometido con la preservación de puestos de trabajo y “la reparación” del mercado libre donde este no funcione adecuadamente; sin duda buenas intenciones que requieren atención al detalle y control que permita hacerlas realidad. May se refirió a los laboristas como “el partido desagradable” y anunció un cambio importante en política económica que destaca un retorno al keynesianismo. La primera ministra reclama la intervención del Estado y queda por ver cuáles serán los mecanismos empleados y los modelos que seguir. En este entorno May será valorada por su capacidad de promover el cambio social, proteger y generar puestos de trabajo y, sobre todo, conseguir un acuerdo favorable en las negociaciones del Brexit. El Reino Unido abandona la UE y con ella un estilo de vida y unos valores anclados en la democracia abanderada por Jean Monnet, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi y Robert Schuman, y a menudo identificados con los programas Erasmus que han favorecido el intercambio entre jóvenes europeos y han facilitado así su acceso a culturas y formas de vida diferentes. Asistimos al final de una era tal como Raymond Aron avanzó en su Plaidoyer pour l’Europe décadente (1977).

Montserrat Guibernau, departamento de Sociología, Universidad de Cambridge.

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