Turbulencias veraniegas

En los últimos días el euro ha alcanzado máximos de los últimos dos años respecto del dólar, reflejando el tono suave de las últimas declaraciones de Janet Yellen y las perspectivas de mayor crecimiento y endurecimiento de la política monetaria en el área del euro. Es cierto que estos movimientos pueden ser transitorios. Y este panorama puede cambiar si Yellen continúa elevando los tipos de interés en EEUU, Trump estabiliza su situación y las perspectivas de la economía americana mejoran y el BCE modera su tono ante las dificultades de recuperación de la inflación. Pero estas modificaciones permiten situar algunos problemas de fondo. Y, en particular, la responsabilidad del BCE en la recuperación de la economía española, con expectativas para el 2017 de un aumento del PIB superior al 3%, el más elevado entre los grandes países avanzados.

Una forma de evaluar el papel del BCE es echando una ojeada a los tipos de interés y, en particular, a su traslación en forma de costes financieros de familias, empresas no financieras y sector público. Y ello porque la deuda privada continúa en valores mucho más altos que los de 1999-2005, aunque es cierto que se ha contraído de forma notable desde el inicio de la crisis (unos 550.000 millones menos de crédito bancario). En aquellos años, la deuda de los hogares era una media del 53% del PIB y la de las empresas no financieras otro 79% mientras que en el 2016 esa deuda continuaba siendo superior a la de los primeros años 2000 (el 65% y el 102% del PIB, respectivamente).

Para el sector público el proceso ha sido el contrario: desde el entorno del 50-60% del PIB en los primeros años del siglo al 100% en la actualidad. No obstante esta alza del endeudamiento, su carga financiera se sitúa en mínimos históricos: el 0,5% del PIB para los hogares (frente a la media del 1,9% en 1999-2007), el 1,3% para las empresas no financieras (a comparar con el 3,5% de los años 1999-2007) y el 2,8% para el sector público (por encima del 2,2% promedio de los años previos a la crisis).

Quiere ello decir que los distintos sectores de nuestra economía se han ahorrado un buen pellizco. Mi estimación para los años 2012-2016 apunta a que las familias se han ahorrado unos 15.000 millones de euros, otros 20.000 millones las empresas no financieras y en el entorno de los 8.000 millones el sector público; añadan a ello, la reducción de los intereses pagados al exterior, en el entorno de los 40.000 millones desde el 2008. No está mal: el tío Draghi nos ha hecho un buen regalo.

Y no solo a nosotros. El Bundesbank ha publicado en su boletín mensual de julio de este año que los contribuyentes alemanes se han ahorrado unos 240.000 millones de euros desde el inicio de la crisis, como resultado de las políticas de dinero barato y compra de activos del BCE, es decir, cerca del 8% del PIB del país, como resultado de la reducción en intereses pagados por las diferentes administraciones públicas alemanas desde una media del 4% al 2%. Y, en su opinión, estos ahorros han sido todavía más elevados para los contribuyentes griegos e italianos.

Es en este contexto en el que hay que incorporar que el BCE esté considerando finalizar su laxa política monetaria. De ser así, ello implica inevitables elevaciones de tipos de interés. Y ahí es donde me parece que nuestra clase política está de vacaciones. Porque la complacencia con la que se contempla el fuerte crecimiento del PIB y el empleo español de estos dos últimos años y medio está fuera de lugar. Hemos tenido la bendita suerte de unos tipos de interés por los suelos (para un país entre los más endeudados del mundo occidental), un euro a la baja, también como resultado del BCE, unos precios del petróleo insólitos en los últimos diez años y una situación geopolítica en el Mediterráneo que favorece extraordinariamente a nuestro turismo. Por no hablar del positivo impacto de la política del BCE en la actual recuperación de la eurozona.

Ahora el euro ha comenzado a recuperar buena parte de lo perdido entre junio del 2014 y del 2017 (una caída no menor, del 17%) y los tipos empiezan a crepitar, anunciando, quizá, el inicio de una nueva fase de la política monetaria. Solo el petróleo y el turismo parecen tener asegurada la bonanza actual. Pero malo es cuando un país lo cifra todo a las condiciones exteriores. Bien haríamos en seguir el consejo del Bundesbank: aprovechar los bajos tipos de interés para reducir seriamente la deuda pública. Pero, ya saben, en España eso de pensar en demasía en el futuro es como pedir peras al olmo.

Josep Oliver Alonso, UAB y EuropeG.

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