TV, una asignatura pendiente

Por Manuel Ramírez, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza (EL PERIÓDICO, 05/06/06):

Si tuviéramos que buscar antecedentes a lo que en estos párrafos queremos esbozar, sería preciso remontarnos nada menos que a los clásicos griegos, sobre todo Platón y Aristóteles, y, desde ellos, llegar hasta el pensamiento político de nuestros días. Bastará recordar que en la Política de Aristóteles, cuando el autor se plantea las medidas necesarias para asegurar la permanencia de los regímenes políticos, afirma con rotundidad: “Es de la máxima importancia la educación de acuerdo con el régimen”. Con la clase de régimen. Con los valores que este proclama y sobre los que descansa. Platón sería aún más concreto: “Lo que quieras para la ciudad, pónlo en la escuela”. Y de ahí a Bodino, Montesquieu, el funcionalismo norteamericano o los autores de la línea posmarxista. Todos coinciden en lo mismo. Para que un sistema político perdure y se mantenga de generación en generación, resulta absolutamente necesario que los ciudadanos conozcan, vivan y asimilen los valores de dicho sistema. Lo contrario hace al régimen débil o le obliga, para permanecer, al uso continuo de la fuerza.
Lo que ocurre es que esta tarea, modernamente denominada socialización política, ha conocido a lo largo de la historia unas agencias que, según el momento, han resultado más importantes que otras para llevar a cabo la misión. O, dicho de otra forma, han predominado en esta tarea que, como se suele decir, va de la cuna a la tumba. La familia, el proceso educativo, el grupo de juego, los consejos de la Iglesia, la prensa que se lee, etcétera. Todas estas instancias han sido las más idóneas según la historia y según el régimen. En nuestros días, casi todas están subordinando su capacidad de influencia y de condicionamiento de conductas ante el llamado videopoder, término al que el maestro Sartori ha otorgado el número uno en el proceso de socialización, llegando incluso a la superación del homo sápiens. Y esta nueva y poderosa agencia, que entra por los ojos cómodamente y exime de la cultura basada en el esfuerzo del pensamiento, tiene su expresión más notoria en la televisión.

PARTIENDO de la afirmación de que nadie nace demócrata, sino de que nos hacemos demócratas a través de las muchas agencias antes citadas, viene la gran pregunta. ¿Está cumpliendo nuestra actual televisión, pública o privada, con esa tarea de crear y transmitir al cómodo espectador los valores propios de un sistema democrático? Me parece que la respuesta tiene que ser radical: en nada o casi nada. Al margen de algún programa aislado, generalmente colocado en horario dificultoso, y a pesar de los numerosos cambios en sus esferas de decisión, entiendo que los valores de nuestra pequeña y tantas veces cansina pantalla son los que siguen. Sexo, en abundancia y hasta para anunciar calcetines. Violencia, sobre todo con la puesta en pantalla de películas norteamericanas. Consumo sin límite y con mensajes precedidos de lo que sea: aunque aparezca una verde pradera, aquello terminará incitándonos hacia una nueva marca de coche. Triunfo y enriquecimiento fáciles, sin esfuerzo personal, acertando a la hora de elegir una cajita o algo similar. Todo esto, y algunos disvalores más, llevan a la alienación social. A la creación de un cuerpo social chorreando mediocridad.
Han pasado muchos años desde que advino nuestro régimen democrático. Tenemos instituciones que, mejor o peor, andan funcionando. Se han producido las alternancias en el poder. Pero seguimos con una televisión nociva y que, desde luego, en nada transmite valores propios de la democracia establecida. Que debieran ser hace tiempo los de una cultura cívica asumida y practicada. Los resumo. Asimilación del ingrediente de relatividad que toda política democrática conlleva, evitando con ello la tentación del dogmatismo político. Fomento de la capacidad de crítica en todos los niveles. Comprensión de la necesidad de la ética en el proceder político, huyendo del cómodo pragmatismo o del peligroso electoralismo. Formación de un talante personal democrático que sustituya de una vez por todas a la mentalidad autoritaria heredada. Fomento de las virtudes públicas. Estimulación de la participación y de su utilidad. Exigencia del control y de la correspondiente responsabilidad a todos los niveles. Respeto al distinto y a lo distinto (y, claro está, no únicamente en el sentido de raza o color). Incremento de la solidaridad. Permanente disposición al diálogo tanto para convivir cuanto para dirimir conflictos. Fomento de la pluralidad social como riqueza del sistema.

NADA, absolutamente nada de esto encuentro en los mil programas anodinos y hasta nocivos que a diario nuestro videopoder ofrece. Sí, la televisión y su tajante reforma sigue siendo una asignatura pendiente en nuestra actual democracia. Y la calidad seguirá estando vencida por la panmediocridad. ¿Hasta cuando?