¿Uber es una amenaza para la democracia?

Cada mes de julio, economistas, líderes empresarios, ONGs y políticos de todo el mundo se reúnen en Aix-en-Provence, Francia, para la conferencia Encuentros Económicos que dura tres días y es organizada por el Círculo de Economistas. El foro de este año se centró en la naturaleza cambiante del trabajo. El momento en que tuvo lugar la reunión, que coincidió con un encendido debate en Francia sobre el innovador servicio Uber que permite compartir coche, no podría haber sido más oportuno.

Sin duda, el tema del foro se eligió en parte en respuesta a los temores de que los avances tecnológicos se terminen traduciendo en un desempleo generalizado, conforme las máquinas se tornan lo suficientemente avanzadas como para reemplazar a los seres humanos en la realización de una creciente cantidad de tareas. Como señaló Andrew McAfee del MIT, históricamente, las revoluciones tecnológicas “generaron más empleos, aunque diferentes “, pero, con máquinas que se vuelven cada vez más inteligentes, “esta vez puede ser diferente”.

Frente a esta posibilidad, sugiere McAfee, quizá necesitemos reconstruir nuestras sociedades de manera que, en tanto las máquinas inteligentes aumentan la productividad, la demanda menguante de mano de obra humana tenga resultados que mejoren el bienestar, como ingresos más elevados (y distribuidos más equitativamente) y más tiempo de ocio. No es el único: John Maynard Keynes predijo esta posibilidad hace 85 años.

Uber, que le permite a la gente conectarse con conductores disponibles a través de una aplicación para teléfonos inteligentes, es precisamente el tipo de compañía innovadora que impulsa el cambio. Los conductores de taxis en Francia y en todo el mundo están particularmente furiosos con UberPOP (llamado UberX fuera de Europa), un servicio práctico y funcional. Uber a partir de eso canceló UberPOP en Francia, al menos temporalmente -aunque no antes de que dos de sus principales gerentes fueran arrestados por ignorar la orden del gobierno de suspender el servicio.

Sin embargo, el tipo de innovación que Uber ejemplifica no se detendrá tan fácilmente. El software de Uber, en un sentido, hace el trabajo de miles de subastadores walrasianos que actúan localmente en tiempo y espacio, lo que deriva en una discriminación de precios casi perfecta. Las aerolíneas desde hace mucho tiempo vienen empleando esta discriminación de precios, ofreciendo múltiples precios para la misma distancia volada, dependiendo de la fecha y la hora. Pero la manera de fijar precios que tiene Uber es única en su inmediatez y es algo que consiguió aprovechando al máximo la tecnología de las telecomunicaciones moderna.

En términos de trabajo, Uber crea más empleos de los que destruye. Esto conduce a un claro incremento de la eficiencia y ofrece alzas de ingresos generales. Aún si se compensara plenamente a los perjudicados, la suma de las ganancias -compartidas por la firma, sus trabajadores principalmente de tiempo parcial y sus clientes- compensaría por lejos las pérdidas.

De todos modos, existen problemas reales que deben resolverse. Para empezar, están los perdedores: los conductores de taxis tradicionales, que muchas veces han tenido que pagar grandes honorarios por licencias y, por ende, no pueden competir con los precios bajos de Uber. Si bien este problema siempre se plantea cuando aparecen nuevas tecnologías innovadoras, la innovación y la adopción están ocurriendo cada vez más rápido. A los conductores de taxis se les pide que se adapten en cuestión de días, no de años, lo que les deja a los sistemas democráticos poco tiempo para decidir cuál es la compensación que deberían recibir y cómo se la debería distribuir.

Otro problema es la regulación. Los taxis generan no sólo impuesto a las ganancias sino también impuestos al valor agregado o a las ventas. Pero el software de UberPOP, al menos hasta el momento, no permitió cobrar el impuesto al valor agregado. Para nivelar el campo de juego, las autoridades locales o nacionales deberían exigir a la compañía que integrara un software en su aplicación que permitiera cobrar el impuesto. El hecho de que los conductores de UberPOP, a diferencia de los conductores de taxis, no cubran el seguro de los pasajeros también habla de una competencia injusta, y se debe encontrar una solución.

Es más, en Francia, los conductores de taxis deben someterse a exámenes regulares de salud y profesionales, que no se aplican a los conductores de UberPOP. Como todos los conductores de Uber, están “monitoreados” por los usuarios, que los evalúan a través de la aplicación después de cada viaje. Esto puede ser una innovación útil, pero no es realmente un sustituto válido para, digamos, un examen de la vista.

El problema final con las compañías innovadoras como Uber es que los retornos financieros recaen abrumadoramente sobre el liderazgo de la compañía, y no sobre quienes ofrecen el servicio. Más allá de cualquier justificación, si la hubiera, el aporte de este tipo de compañías a la creciente desigualdad de ingresos -y, en consecuencia, a la cautividad reguladora, al sesgo en los medios de comunicación y a una influencia desproporcionada en las elecciones- no se puede ignorar.

Uber es sólo un ejemplo de innovación perturbadora que genera enormes incrementos de la eficiencia, así como verdaderos desafíos sociales y en materia de regulación, un punto que el ministro de Economía francés, Emmanuel Macron, enfatizó en su discurso en Encuentros Económicos. Y, por cierto, Uber es una de las innovaciones menos problemáticas, porque es un generador de empleo neto. La proliferación de computadoras capaces de reemplazar a los trabajadores de los servicios telefónicos de atención al cliente, por el contrario, está resultando en importantes pérdidas de empleo neto. En un sistema democrático, los desafíos que conllevan estas tecnologías innovadoras deben enfrentarse de una manera que garantice la ecuanimidad, sin impedir el progreso.

La destrucción creativa de la llamada “segunda era de las máquinas” no se puede y no se debe frenar. Pero pensar que los mercados por sí solos pueden gestionar su impacto transformador es un total disparate -un hecho que dejó en claro la reciente crisis económica global, que tuvo sus raíces en una innovación financiera desenfrenada-. Lo que se necesita ahora son nuevas políticas sociales y reguladoras, muchas veces de naturaleza global, que encarnen un nuevo contrato social para el siglo XXI.

Kemal Derviş, former Minister of Economic Affairs of Turkey and former Administrator for the United Nations Development Program (UNDP), is a vice president of the Brookings Institution.

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