Ucrania, sobre la línea roja

Resumen1

El presente documento pretende realizar un análisis pormenorizado de la “crisis ucraniana” con la perspectiva que nos brinda la distancia temporal, del “año después”, de los acontecimientos que surgieron en torno al Maidan en Kiev. Al estudio contextual contemporáneo se le ha agregado una semblanza histórica que ayuda a comprender la encrucijada dialéctica sobre la que se apoya la crisis. Merece especial atención el modelo expansivo sobre el que gravita la política exterior del Kremlin, que ha problematizado su encuadre jurídico, por lo que se propone una catalogación referencial a las llamadas zonas buffer que le han procurado indudables enclaves geopolíticos. Para concluir, resalta la evidencia de no internacionalizar el conflicto pero sin por ello menoscabar la integridad territorial de Ucrania, que desea definirse a sí misma como un Estado libre y soberano en el conjunto de todo su territorio.

(2) El fracaso de Vilna

Podría decirse que todo comenzó en Vilna, la capital de Lituania, en noviembre de 2013, cuando el presidente Viktor Yanukovich dio marcha atrás con la firma del Acuerdo de Asociación entre la UE y Ucrania, que podía considerarse como un primer escalón hacia la integración de este país en la Unión. Las reacciones no se hicieron esperar y la plaza principal de Kiev, el Maidan Nezalezhnosti (Plaza de la Independencia), se convirtió en el escenario de las protestas, que no sólo iban contra el rechazo de Yanukovich a acercarse a la UE sino también, y esto no puede pasar desapercibido, por la falta de transparencia y la corrupción que caracterizaban su gobierno. Por su parte, Vladimir Putin ya había advertido al presidente ucraniano que la firma de este tipo de acuerdo tendría consecuencias en las relaciones comerciales con la Federación Rusa. La “espada de Damocles”, siempre pendiente sobre la económica ucraniana, de la dependencia del abastecimiento de gas por parte de Rusia ha sido un tema recurrente en las últimas décadas en las relaciones bilaterales de estos dos antiguos socios de la URSS, a pesar de que, con una buena gestión gubernamental, Ucrania podría ser energéticamente autosuficiente.

Mapa de Ucrania

Este tipo de relaciones bifrontes entre ambos países ha caracterizado la idiosincrasia del pueblo ucraniano, sujeto durante su larga historia a este tipo de tensiones entre los intereses de la “madre Rusia” y el sentido de que Ucrania “quiere ser Ucrania” y poder despegarse del Russkiy Mir (el mundo ruso) que le aglutina con Bielorrusia y Kazajistán. Tengamos presente que desde Moscú se califica con el término de Novorosia (Nueva Rusia) a las regiones del sur y este de Ucrania, que comprenden Járkov, Donetsk, Lugansk, Hersón, Nikoláiev y Odessa y basándose en la idea de que durante el Imperio zarista no pertenecían a Ucrania, para luego integrarse en este país. Además, en Novorosia se incluye a Transnistria que oficialmente es parte de Moldavia. Teniendo en cuenta que Novorosia fue una provincia que se formó tras las victorias de Catalina II contra los turcos y que se constituyó durante el siglo XVIII en el territorio conquistado al Imperio Otomano, resulta difícil reconocer su permanencia histórica, dado que dispuso de un territorio discontinuo que dejó de existir a comienzos del siglo XX y que, si bien tuvo existencia reconocida durante el Imperio zarista, en cambio, durante el período soviético, el Kremlin nunca puso en duda la pertenencia de estos territorios a Ucrania.

Considero oportuno, en estas primeras líneas, situar la “cuestión ucraniana” dentro de los ejes del conflicto para luego ir pormenorizando, en los siguientes apartados, el escenario contextual y los términos del mismo.

Las intenciones expansionistas de Moscú se han visto fortalecidas por la numerosa presencia de rusófilos que habitan el este del país frente a los ucraniano-parlantes que se concentran preferentemente en el oeste de Ucrania. No obstante, conviene señalar que la mayoría de los ucranianos son bilingües. Ello no quita, sin embargo, la realidad de la dependencia del suministro de gas por parte de Rusia, que ha condicionado la política ucraniana de estos últimos años y que ha venido a desempolvar viejas polémicas, reflejándose en las corrientes de pensamiento que han inspirado a los distintos dirigentes ucranianos en tendencias filo-rusas o filo-occidentales.

Cuando Viktor Yushenko, de tendencia filo-occidental, intentó acabar con el modelo prosoviético de Leonid Kuchma y fracasó, su fracaso provocó la llegada de Viktor Yanukovich, aliado de Moscú. De tal modo, sus tendencias filo-rusas le llevaron a anular el acuerdo con la UE, que fue la espoleta que provocó una la reacción en cadena que llevó a la ciudadanía ucraniana en Kiev a reclamar “más Europa” en el Maidan. Así se llegó, finalmente, al actual gobierno de Petro Poroshenko, de corte pro-occidental.

No obstante, la situación resulta sumamente compleja y de difícil gobernabilidad debido a la presión de la Federación Rusa, que considera que los ruso-parlantes son rusos que ante la desintegración de la Unión Soviética se encontraron en territorios que no les son afines, asegurando Putin que millones de rusos se encontraron de golpe en un país extranjero. Más allá de la estrategia política del Kremlin en cada uno de los procesos electorales tenidos en Ucrania en estos últimos años, se percibe una de las dos tendencias que han sido encabezadas por los diferentes candidatos a la presidencia de Ucrania. Podemos destacar que aproximadamente un 68% de los ciudadanos ucranianos respalda la asociación con la UE frente a otro 17% por ciento, generalmente en el este y sur del país, que se pronuncia más favorable al ingreso en una Unión Euroasiática con Bielorrusia, Kazajistán y la Federación Rusa.

El fracaso de Vilna, que ha generado tanto conflicto en Ucrania, se debe al comportamiento políticamente ambiguo del entonces presidente Yanukovich que, por un lado, manifestó públicamente su interés en realizar los mayores esfuerzos para satisfacer los requerimientos de la UE y, por otro, seguía adelante en las negociaciones con Rusia a fin de encontrar un modelo apropiado en el marco de la cooperación con la Unión Euroasiática con la Federación Rusa, Bielorrusia y Kazajistán. Sin olvidar que su gobierno pecaba de graves deficiencias de transparencia y de altos niveles de corrupción. Por ello fue necesario que el entonces presidente de la Comisión Europea, José Manuel Duráo Barroso, le indicase que no se podía ser al mismo tiempo miembro de la Unión Euroasiática con la Federación Rusa y participar en el Área de Libre Comercio con la UE.

Por otra parte, las relaciones con la UE se fueron complicando cuando en noviembre de 2013 la Rada Suprema rechazó la posibilidad de que Yulia Timoshenko pudiese recibir tratamiento médico en el extranjero, puesto que la confinación en la cárcel le había provocado un importante deterioro de la salud y porque la UE había puesto esta posibilidad como uno de los requisitos para la firma del Acuerdo de Asociación. En tales circunstancias el gobierno ucraniano suspendió los preparativos para la firma del Acuerdo con la UE y puso en marcha una Comisión que se ocuparía de estudiar las relaciones comerciales entre Ucrania, la UE y la Federación Rusa. De tal modo, que las expectativas de firmar el Acuerdo en Vilna se fueron debilitando, máxime cuando el gobierno ucraniano conminó a la UE a que le ofreciera las garantías necesarias cuando las relaciones comerciales con los países de Comunidad de Estados Independientes (CEI) se vieran reducidas por el acuerdo con la Unión.

Ciertamente, el gobierno ucraniano admitió que el fracaso de Vilna se debía a que la Federación Rusa le había presionado para retrasar el Acuerdo de Asociación, dado que, según declaraciones de Moscú, el citado Acuerdo resultaba nocivo para los intereses de seguridad de Rusia. Esto fue interpretado por la UE como una injerencia de un tercer país en las negociaciones con Ucrania, lo cual finalmente deterioró las relaciones con el gobierno ucraniano y aumentó la tensión con la Federación Rusa.

Una vez removido del poder Viktor Yanukovich por el efecto del “Euromaidan”, el 21 de marzo de 2014, durante la Cumbre de la UE en Bruselas, se firmó con el nuevo primer ministro ucraniano, el pro-occidental, Arseniy Yatseniuk, un nuevo Acuerdo de Asociación que estableciera las nuevas líneas políticas de un área de libre comercio.

Sin embargo, las relaciones con la Federación Rusa han ido empeorando, si bien existe y se mantiene un juego de apariencias que no disimula la realidad de fondo. Así, por ejemplo, Vladimir Putin ha pasado instrucciones a los miembros de la Unión Euroasiática con el fin de establecer “medidas preventivas”, relacionadas con las actividades comerciales llevadas a cabo tanto con Ucrania como con la UE. La reacción de la UE, aunque débil, no se ha hecho esperar y el Acuerdo de Asociación con la Unión mantuvo su marcha.

Desde el fracaso de Vilna, muchos han sido los acontecimientos que han ido marcando la política ucraniana y los distintos cambios operados tanto en la clase dirigente como en la presidencia del gobierno, que han determinado un giro importante en la agenda gubernamental. El gobierno de Petro Poroshenko, de corte pro-occidental, ha vuelto a recoger los restos del naufragio en Vilna y ha recompuesto la arboladura de la nave hacia Europa.

Ha sido en septiembre de 2014 cuando el gobierno de Ucrania y la Comisión Europea han planteado la posibilidad de realizar una serie de negociaciones con el fin de atisbar la posibilidad de llevar adelante el Acuerdo de Asociación con el horizonte de finales de 2015.

Según el ponente de la comisión parlamentaria de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo, Saryusz-Wolski, “la sociedad ucraniana ha pagado un precio muy alto por sus aspiraciones europeas, con mucho sufrimiento por la pérdida de vidas humanas, por la ocupación territorial de Rusia y por el deterioro de las condiciones económicas”, agregando que “con esta ratificación la Unión Europea da a Ucrania una señal de fuerte apoyo, a pesar de la desafortunada propuesta de retrasar la aplicación del Acuerdo”. A lo que respondía el presidente de Ucrania, Petro Poroshenko: “ninguna otra nación ha pagado un precio tal alto por ser europea”.

Por su parte, Putin ha manifestado su preocupación de que los países de la UE pudieran entrar en el mercado ruso a través de Ucrania, lo que implicaría la adopción por parte de Rusia de la modificación de los aranceles para los productos ucranianos.

Las cartas están sobre la mesa, pero habrá que saber jugar la partida.

(3) El dilema ucraniano

La historia política de Ucrania se mueve dentro del complejo entramado que se deduce deudor de los cambios y alteraciones que ha sufrido a través de los siglos en su estructura geográfica. Si bien en el marco de estas reflexiones mi intención central es la de analizar la crisis que se ha producido en Ucrania como consecuencia de las actuales veleidades expansionistas de la Federación Rusa, cabe señalar que unas pinceladas de carácter histórico y geopolítico pueden resultar esclarecedoras.

Sin intención de alejarme del conflicto actual, para comprender la idiosincrasia del pueblo ucraniano dentro del marco del modelo social contemporáneo resulta oportuno remontarse a los siglos IX y XII (de nuestra Era) donde podemos colegir que se forja el imaginario de la región. En efecto, la mayor parte de la Ucrania actual pertenecía al llamado “Rus de Kiev” (“Kijef”) por medio del cual se lograron acoplar las voluntades de los pueblos eslavos del Este. No en vano se ha llamado a Kiev “la madre de las ciudades rusas”.

Dentro de esta amalgama de pueblos, los “rosos” o “rusos” constituyeron entonces el principal exponente de estas alianzas estableciendo su capital en Kiev, lo que generó, en sus orígenes, la dialéctica sobre la que van a converger las pretensiones rusas sobre la capital de Ucrania. Téngase presente que el pueblo ruso iba a aglutinar a rusos, ucranianos, bielorrusos y las naciones eslavas del Este, dando lugar a un proceso de integraciones y desintegraciones de corporaciones nacionales que van marcando la idiosincrasia de la región. La disgregación del Rus de Kiev en el siglo XII separó a los principados de Kiev, Chernigov, Galich y Vladimir-Volinski, lo que fue debilitando la estructura unitaria de sus orígenes y los puso a los pies de la invasión de los Tártaros durante el siglo XIII; mientras, en el sur de Ucrania surgió el Kanato de Crimea que con criterios de política expansiva invadió la Galitzia y la Podolia.

Podríamos apuntar que durante el siglo XV se va forjando la conciencia del pueblo ucraniano, que comienza a definir sus fronteras al punto que en su etimología el término Krai indica el concepto de frontera, definiendo sus contornos con el territorio limítrofe de Polonia poblado por los Polovtsi. Para ir afianzando su territorio, los ucranianos establecieron acuerdos con los rusos con el fin de oponerse a otros reinos feudales vecinos tales como los polacos, los lituanos y los tártaros de Crimea. Sin embargo, la presión de los polacos es más fuerte y durante el siglo XVI la Rzecz Pospolita que unificaba a Polonia y Lituania se hace con los territorios ucranianos de Kiev, Volín y Podolia del Este. Habrá que esperar hasta el siglo XVII para que Ucrania pueda comenzar la recuperación de su territorio y será bajo la férula de uno de sus héroes nacionales, Bogdán Jmelnitski, cuando se logra la unificación de los territorios de Ucrania y Rusia. En marzo de 1654 se confirma la autonomía ucraniana dentro del Imperio ruso, que durará hasta finales del siglo XVIII, cuando será abolida su autonomía ante la fuerza expansiva del Imperio ruso que en 1783 también se anexa el Kanato de Crimea. En 1796 la zona de Ucrania situada a la orilla izquierda del río Dniéper pasa a llamarse la “Rusia Chica”, determinando el ámbito de la provincia de Malo Rossiya.

Con la Revolución de febrero de 1917 y la caída del zarismo, surge una dialéctica de poderes entre el gobierno provisional en San Petersburgo y la Rada Central de Ucrania en Kiev que da lugar a una guerra interna entre el poder soviético y los grupos nacionalistas y burgueses ucranianos, hasta el triunfo definitivo del poder bolchevique, que llevará a Ucrania a participar, en Moscú en diciembre de 1922, en el Primer Congreso de Soviets de toda Rusia, donde se proclama la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). En 1939, como consecuencia del Tratado de no agresión firmado entre Alemania y la URSS, la parte de Ucrania Occidental, que estaba en manos de Checoslovaquia, Polonia y Rumanía, fue incorporada a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y en 1940 Ucrania se amplía con la incorporación de Besarabia y Bukovina del Norte. Terminada la Segunda Guerra Mundial, Ucrania participará como Estado separado, pero integrado dentro de la URSS, en la fundación de la Organización de las Naciones Unidas.

Con Nikita Khruschev, de origen ucraniano, las relaciones con la Unión Soviética mejoran al punto de que en 1954 entrega a Ucrania la región de Crimea que, como se ha señalado, había sido rusa durante el tiempo de los zares. De todos modos, habrá que esperar hasta 1985 cuando, con Mijaíl Gorbachov, se funda el Movimiento Popular Ucraniano por la Perestroika (RUKH) que comienza a reivindicar la autonomía económica y política de Ucrania. Durante los comicios legislativos de marzo de 1990 los candidatos del RUKH obtienen una amplia mayoría y el 16 de julio de 1990 el Soviet Supremo de Ucrania proclama la soberanía de la República, pasando el 24 de agosto de 1991 a aprobar el Acta de Independencia y convocar un plebiscito para su ratificación, celebrado en diciembre de 1991.

Fue con una amplia participación del 84% de los ucranianos como se ratificó la independencia, avalada por un 91% de votos afirmativos, lo que indicaba la clara voluntad del pueblo ucraniano de dirigir su propio destino. Fue elegido presidente Leonid Kravchuk, quien fuese en su día primer secretario del Partido Comunista de Ucrania (KPU). Seguidamente, el 8 de diciembre de 1991 los presidentes de Ucrania, Bielorrusia y la Federación Rusa declaran el fin de la URSS y crean en su lugar la Comunidad de Estados Independientes (CEI).

Dentro de esta tendencia, el 5 de mayo de 1992 Crimea también declaró su independencia, que fue rechazada por la Rada ucraniana. En consecuencia, Crimea cedió a las presiones de Kiev y anuló su declaración de independencia. No obstante, la “cuestión de Crimea” siguió su curso y la Federación Rusa reaccionó ante estos hechos anulando en junio de 1992 el Decreto de 1954 emitido por Khruschev, reclamando así la devolución de Crimea a Rusia. Frente a esto, Ucrania se opuso abiertamente y concedió a Crimea un modelo de autonomía económica.

A partir de entonces comenzaron nuevamente las tensiones entre Moscú y Kiev. En junio de 1993 la Rada Suprema de Ucrania decretó la apropiación del arsenal nuclear que quedó en Ucrania tras la desintegración de la URSS. Sin embargo, el presidente Kravchuk fue perdiendo fuelle y en septiembre de 1993 cedió a Rusia la flota del Mar Negro y el desmantelamiento de los misiles intercontinentales SS-24 que le correspondían como resultado de un trueque político relacionado con los suministros de gas y petróleo que constantemente van a hipotecar a Ucrania con Rusia.

Esta fractura ha sido parte del “dilema ucraniano” que le ha acompañado a lo largo de su historia, en el marco de unas relaciones complejas con su vecina Rusia donde ha jugado entre la unión y el desacato según los vaivenes de sus gobernantes. Como a veces ocurre con los accidentes naturales, el río Dniéper ha jugado un papel divisorio entre el oriente, más pro-ruso, y el occidente, más proucraniano, lo que ha generado, sin duda, una cierta esquizofrenia identitaria. Esta dualidad, y sin que la divisoria de aguas del rio Dniéper sea una verdad matemática, se ha visto reflejada en los sondeos electorales, donde los líderes políticos más rusófilos han sido votados tradicionalmente por las comarcas del sudeste ucraniano y, por el contrario, los líderes más nacionalistas -y podemos apuntar que más “europeístas”- lo han sido por el noroeste ucraniano.

Tengamos presente que cuando en 1922 Ucrania se conformó como parte integrante de la URSS no lo hizo de buena voluntad sino como consecuencia de su debilidad interna como corolario de la guerra civil y de la guerra perdida con Polonia, que se anexó una parte de Ucrania mientras que la se quedó en la URSS, partiendo el país en dos. Con Stalin las relaciones fueron pésimas, pues dentro del proyecto ruso de la colectivización de la agricultura se decretaron cupos de alimentos para los campesinos, muchos de los cuales no lograron sobrevivir, costándoles la vida a millones de ucranianos. Fue entre 1932 y 1933 cuando, como consecuencia de ello, se produjo en Ucrania lo que se ha bautizado como el holodomor (la gran hambruna, que le costó a Ucrania la pérdida de entre 6 y 8 millones de vidas humanas), que los ucranianos reclaman ante la comunidad internacional como un genocidio por parte del régimen soviético y que Rusia niega, dentro de estas situaciones contrapuestas que han caracterizado las relaciones entre ambos Estados. Sin olvidar los años del “Gran terror” donde, entre 1928 y 1929, Stalin realizó unas purgas políticas que diezmaron a los ucranianos considerados sospechosos de estar en contra del régimen, con lo cual se exterminó a la mayor parte de la elite intelectual del país y a los militares ucranianos de alto rango. Se calcula que unos 600.000 intelectuales y artistas y un 75% de los oficiales ucranianos fueron eliminados durante los años 20 y 30.

En el marco de estos vaivenes, a la muerte de Stalin y con la llegada al poder de Nikita Kruschev, de origen ucraniano, cambiaron las tornas y se intentó convertir a Ucrania en un soviet industrial, del tal modo que el país se configuró como un pilar fundamental de la URSS. Con Leonid Breznev, también de origen ucraniano, el país se desarrolló en materia armamentista y nuclear, además de ser un buen productor agrícola. Es bajo su mandato cuando se levantó la central nuclear de Chernobyl, de triste recuerdo por el accidente de 1986 que contaminó de radioactividad varias zonas de Ucrania y Bielorrusia.

Con la caída del Muro de Berlín y la declaración de independencia de Ucrania se abrieron las posibilidades de generar un modelo presidencial “post-soviético”, pero que, sin embargo, ha planteado un baile de cifras en las campañas electorales entre los pro-rusos y los pro-occidentales. En julio de 1994 tuvieron lugar las primeras elecciones presidenciales, donde salió elegido Leonid Kuchma -con el 52% de los votos- que declaró su intención de estrechar los lazos con Rusia y de ingresar en la unión económica de la CEI, para ser nuevamente reelegido en diciembre de 1999. La sombra de la corrupción empezó a caer sobre su figura, viéndose implicado en la desaparición de un periodista crítico al régimen, por lo que en febrero de 2001 se produjeron manifestaciones en la calle reclamando su dimisión. En abril de 2001 la Rada Suprema destituyó al primer ministro Viktor Yuschenko, de corte pro-occidental, lo que puso en evidencia una fuerte tensión política entre los adictos al régimen pro-soviético que intentaban integrarse dentro de la órbita del Kremlin y los pro-occidentales que buscaban un acercamiento a la UE y una clara independencia de las influencias de Moscú.

Dentro de este clima de inestabilidad política y con una marcada división ideológica entre las tendencias apuntadas, en noviembre de 2004 la Comisión Central Electoral de Ucrania declaró al candidato pro-ruso, Viktor Yanukovich, ganador en unas polémicas elecciones presidenciales con el 49,6% de los votos escrutados. El presidente Kuchma intentó mediar en el conflicto y reconoció que la mayoría de los observadores internacionales designados por la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) habían señalado irregularidades en el proceso electoral. Entre los dos candidatos, Yuschenko y Yanukovich, se planteó la posibilidad de realizar una segunda convocatoria electoral. Es entonces cuando surgió la figura de Yulia Timoshenko que lideró la llamada “Revolución Naranja” en las calles de Kiev, denunciando el fraude. Si bien su actividad política ya se había ido forjando en las mimbres del Parlamento donde fuera elegida diputada en 1998, con una intercadente actividad política, siempre crítica y conflictiva contra las corrientes pro-soviéticas, es en esta convocatoria ciudadana cuando cobra mayor protagonismo. A pesar de su figura controvertida, durante la presidencia de Kuchma su primer ministro Yuschenko la nombró vice-primera ministra asumiendo la cartera de energía, cargo en el que se abocó a solucionar el tema de la histórica deuda con Rusia en materia de gas y petróleo que le generaron el apodo de la “princesa del gas”. Sin embargo, el presidente Kuchma no vio con buenos ojos su gestión y la destituyó en enero de 2001, tan solo año y medio después de su nombramiento, bajo la acusación de fraude, contrabando y evasión de impuestos.

A partir de ese momento, en las calles y bajo la bandera de la “Revolución Naranja”, dedicó todas sus energías a criticar al presidente Kuchma y a su aliado Yanukovich, que para entonces ejercía de primer ministro, apoyando al antiguo primer ministro Viktor Yuschenko, quien se alzó contra el fraude electoral de Yanukovich y que, recordemos, fue supuestamente envenado con dioxina y, aunque sobrevivió, quedó desfigurado.

Finalmente, tras la victoria electoral de Yuschenko, éste la nombró primera ministra, pero sólo permaneció en el cargo unos meses, del 4 de febrero al 7 de septiembre de 2005, cuando fue destituida por desavenencias con el presidente Yuschenko, siendo reemplazada por Yuri Yejanurov. No obstante, la incansable actividad opositora de Timoshenko la llevó a convertirse, entonces, en la segunda fuerza más votada, con más del 30% de los votos, en las elecciones legislativas de septiembre de 2007; pero, en mayo de 2010 la Fiscalía abrió un expediente penal contra Timoshenko, acusada de malversación de fondos públicos y, posteriormente, también se le acusó de excederse en sus funciones al firmar en 2009 un contrato de gas con Rusia, por lo cual se le abrió un proceso judicial en mayo de 2011. Fue encarcelada en agosto de ese año, ante las críticas de la comunidad internacional que vio en su persecución una venganza política por su tendencia pro-occidental. En abril de 2013 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo condenó a Ucrania por “la detención arbitraria e ilegal” de Yulia Timoshenko.

Su voluntad por convertirse en presidenta le llevó a presentarse en las elecciones presidenciales de 2010, donde en segunda vuelta fue derrotada por Yanukovich -de tendencia pro-rusa- y en las elecciones de 2014 volvió a perder, esta vez frente a Petro Poroshenko -de corte pro-occidental-. A partir de entonces comenzó un declive político del que parece no haberse recuperado según se desprende de las recientes elecciones legislativas del 26 de octubre de 2014, donde Timoshenko resultó ser la gran perdedora, con sólo el 5,6% de los votos y a pesar de haber sido una de las inspiradoras del movimiento “Euromaidan”, convocado en el Maidan, la Plaza de la Independencia de Kiev.

(4) La fuerza de una plaza

En el “Euromaidan”, como ocurrió con la “Revolución Naranja”, las plazas públicas se han convertido en este último decenio en un espacio donde la ciudadanía se reúne para manifestar su descontento o su júbilo. En efecto, se trata de uno de los fenómenos más singulares que se han podido experimentar en distintos países, cuando el pueblo, la ciudadanía descontenta con tanta corrupción y malestar político, social y económico, se agrupa en plazas para reclamar un cambio. Así, de este modo, las plazas, al modo de foros modernos, se convierten en un símbolo vivo de la reacción popular.

Esta vez, en Kiev el descontento de los ciudadanos ucranianos levantó barricadas alrededor del esqueleto de un árbol de navidad junto al cual la policía agredió a un grupo de jóvenes, provocando decenas de heridos. A partir de este incidente los ciudadanos se fueron “sumando a la plaza” para reclamar un giro político.

En aquellos días, un análisis político de la situación en Ucrania resultaba complejo y cualquier simplificación podía resultar errónea. No obstante, la mecha se encendió cuando el presidente de Ucrania, Viktor Yanukovitch, como ya hemos visto, se negó a firmar, con ocasión de la Cumbre para la Cooperación del Este en el encuentro en Vilna (Lituania), el Acuerdo de asociación y libre cambio con la UE. Cuando, a su regreso, el presidente confirmó la negativa a continuar el camino hacia la UE, los jóvenes se agruparon para protestar en el Maidan al grito y con la consigna de “Euromaidan”. A partir de ese momento, la oposición al régimen tomó la plaza y miles de personas se instalaron, durante la noche y el día a temperaturas bajo cero sin que los desalentara ni el frío ni la nieve y menos aún las fuerzas de orden público. Así, la plaza, rodeada de improvisadas barricadas, se fue convirtiendo en una veche, una Asamblea popular. Lo que sí estaba claro es que este movimiento ciudadano del Maidan de 2013-2014 logró superar a la “Revolución Naranja” de 2004.

Se hacía necesaria una regeneración democrática, pues el pueblo estaba cansado de corrupción y autoritarismo. Los ucranianos son gente pacífica, con una larga tradición de tolerancia y equilibrio vital que les hace dialogantes, pero también la paciencia tiene sus límites. Es la sociedad civil la que fue tomando las calles y se expresaba con palabras, con cánticos, con banderas y con un ritual de reafirmación que se enunciaba en una plaza convertida en Asamblea.

Para intentar comprender este proceso hay que tener en cuenta que Ucrania es un país de más de 45 millones de habitantes, culto, con una fuerte producción agrícola y un sector industrial muy desarrollado, que se siente cerca de la UE. Pero no hay que olvidar que la influencia rusa sigue presente, pues Ucrania fue una de las piezas claves de la antigua URSS. Vladimir Putin lo sabe y considera que Ucrania debe unirse a la Federación Rusa en una zona de “intereses exclusivos”, de la mano de un trípode de organizaciones que buscan aglutinarla, junto con Bielorrusia y Kazajistán, bajo el amparo de una Unión Aduanera (más bien una zona de libre cambio), el Espacio Económico de Eurasia y la Organización para el Tratado de Seguridad Común. A nadie se le escapa que estarán bajo el férreo control del gobierno de Putin.

De todos modos, en esta dialéctica continua entre pro-rusos y pro-europeos, las posiciones no están claras, hay muchos a favor de mirar hacia la UE, sobre todo los jóvenes (incluso otros no tan jóvenes), pero también la “vieja guardia” soviética se mantiene fiel a Rusia, ocupando puestos claves durante el gobierno de Yanukovitch, si bien durante el actual gobierno de Poroshenko, más pro-occidental, están siendo removidos.

Por otra parte, el pueblo, en Maidan, reclamaba transparencia y democracia y acabar con gobiernos de oligarcas, que habían alcanzado importantes fortunas en pocos años tras la caída del muro de Berlín, que eran de maneras poco transparentes y que luchaban por aferrarse al poder.

Las manifestaciones en el Maidan fueron en su origen pacíficas y sólo se vieron quebrantadas por las fuerzas del orden público al mando de Yanukovitch. Se esperaba que la situación no se les fuera de las manos, pero los sucesos sangrientos con la masacre del 20 de febrero de 2014 por francotiradores no identificados que dejaron numerosísimos muertos y heridos, y la falta de clarificación de los hechos rompieron definitivamente la línea de reacción serena.

En aquellos días la plaza fue tomada por la oposición a Yanukovich y se encarnó en una serie de líderes políticos que no acababan de dar el punto de inflexión para cambiar las tornas. Se planteó un panorama de gran complejidad, que se ejemplificó en varios personajes en escena. Por un lado, Yulia Timochenko desde la cárcel, a pesar de las sugerencias de la Comisión de la UE de que, con el fin de clarificar y acentuar el proceso democrático, fuese liberada. Por otro, Viktor Yuschenko, otro de los triunfadores de la “Revolución Naranja”. A estos se añadía la curiosa figura de Vitaly Klitchko, campeón del mundo de boxeo, con una buena imagen de marca y, se comentaba, con un buen equipo de asesores; Arseniy Yatseniuk, miembro de la oligarquía, economista y empresario; Oleh Tyahnybok, cabeza del partido nacionalista Svoboda; y sin olvidar al antiguo ministro del Interior, Yuri Lutsenko, que comenzaba a ocupar espacios. Se trataba de un grupo opositor heterogéneo, con personalidades encontradas y en algunos casos desbordantes, que debían matizar sus filias y sus fobias con el fin de preparar las elecciones presidenciales frente al gobierno de Viktor Yanukovich. El futuro se estaba jugando en la plaza.

Lamentablemente, los acontecimientos se fueron desbordando y de la manifestación pacífica de noviembre de 2013 que reunió a un variopinto conglomerado de descontentos, cuyo objetivo era simplemente lograr convencer a Yanukovich de que no volviese la espalda a la UE y que no se aliase a los intereses de Moscú, los ánimos se fueron exaltando y la situación fue empeorando en enfrentamientos entre los manifestantes y la policía enviada por el gobierno.

El Maidan y los alrededores de la Rada Suprema ucraniana se convirtieron entonces en un campo de batalla con violentos enfrentamientos entre los manifestantes y la policía antidisturbios, dejando como resultado decenas de heridos. El 8 de diciembre de 2013 se produjo la “Marcha del Millón” cuando los manifestantes rodearon el barrio gubernamental y derribaron las estatuas de Lenin en una reacción antisoviética. Posteriormente, en ese mismo mes, se creó la Unión Popular de Maidan y se reclamaron elecciones anticipadas y la reforma constitucional, que culminó el 24 de enero de 2014 con la destitución de Alexander Popov, alcalde de Kiev. Seguidamente, días más tarde, dimitió en pleno el gobierno del primer ministro Nikolai Azarov, el Parlamento derogó las “Leyes mordaza” y se aprobó la amnistía para los detenidos por las protestas. Con las “Leyes mordaza” el gobierno de Yanukovitch intentó silenciar por la fuerza las reacciones populares pero ante su incapacidad para contar con el apoyo armado dentro del país las posibilidades de seguir en el poder se le fueron cerrando.

Después de la masacre del 20 de febrero de 2014, mientras la UE buscaba alcanzar un acuerdo político con el fin de imponer sanciones a los responsables de la violencia, el presidente Yanukovich firmó un acuerdo con los tres líderes de la oposición parlamentaria para la celebración de elecciones presidenciales anticipadas, con el fin de constituir un gobierno de unidad nacional y elaborar una nueva constitución. El 22 de febrero de 2014 Yanukovich huyó y se refugió en la ciudad de Jarkov, cercana a la frontera con Rusia, descartando dimitir. Posteriormente, desde la ciudad rusa de Rostov del Don, calificó la situación de “golpe de Estado”, a la par que la Rada Suprema le destituyó y designó como presidente en funciones a Alexander Turchinov, muy cercano políticamente a Yulia Timoshenko, que en esas fechas sería puesta en libertad de la pena de cárcel a la que fue condenada en 2011.

Finalmente, todos estos esfuerzos han llevado al triunfo del presidente Petro Poroshenko, de corte pro-occidental, quien, sin embargo, se seguirá enfrentando con la presión filo rusa en el este y sur del país en una situación política sumamente compleja y de difícil gobernabilidad. No obstante, como me ha señalado, con fino análisis socio-político, el embajador de España en Ucrania, Gerardo Bugallo Ottone, “en Maidan los ucranianos fueron a buscar Europa y encontraron a Ucrania”, lo que nos permite percibir el valor icónico de esta plaza.

El Maidan quedará convertido en un símbolo de la reacción popular. Se han deshabilitado las tiendas de campaña y las barricadas, aunque todavía permanecen como un recuerdo imperecedero pancartas con los rostros de aquellos que cayeron el fatídico 20 de febrero.

(5) La OTAN camina sobre las ascuas del Pacto de Varsovia

La política de “bloques” pareció desvanecerse con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la URSS en 1991, pero sobre los rescoldos de aquella dialéctica de fuerzas en oposición han ido resurgiendo nuevas tensiones con base en los criterios políticos de Vladimir Putin, quien no se resigna a aceptar el nuevo equilibrio de fuerzas e intenta reeditar la figura de la “Gran Madre Rusia”.

Cuando durante los principios de la década de los 90 con la aplicación de la “Doctrina Sinatra” (My way, frase acuñada por Gennadi Gerasimov, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores del gobierno de Gorbachov) tal como se planteó a partir de la política de la perstroika de Mijail Gorbachov, cada uno de los Estados participantes en el Pacto de Varsovia fue tomando su propio camino, la alianza se fue desarbolando. Fue un paso decisivo que sirvió de contraparte a la Doctrina Brezhnev de la “soberanía limitada” que justificaba la intervención del Pacto de Varsovia cuando un país de su zona de influencia pretendía cambiar su rumbo político. Sin embargo, de aquellos fuegos dialécticos han quedado ascuas que nunca ha terminado de extinguirse y sobre las que la Federación Rusa intenta reavivar modelos renovados de expansión y defensa.

Sin duda, no se vio con buenos ojos que en 1999 aquellos Estados que habían pertenecido al eje soviético, tales como la República Checa, Hungría y Polonia, que además eran antiguos miembros del Pacto de Varsovia, solicitasen el ingreso a la OTAN. Más adelante se les unirían Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia y Albania.

No obstante, países de la antigua órbita soviética como Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán son para Putin baluartes que no deben caer en el ámbito de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, pues podría señalarse que constituyen para el dirigente ruso una línea que no debe traspasarse.

Desde la OTAN estas circunstancias se ven desde otra perspectiva y para su anterior secretario general -hasta marzo de 2014- Anders Fogh Rasmussen, Ucrania es -si bien no miembro de la alianza- un aliado y, por tanto, cualquier intervención militar rusa deberá ser considerada como un acto de agresión. En consecuencia, todo potencial agresor debería saber que atacar a un “aliado de la OTAN” tendrá que vérselas no sólo con militares del país invadido sino con tropas de la Organización, criterio que parece mantener su actual secretario general, el noruego Jens Stoltenberg.

En base a este criterio y ante el conflicto de Ucrania se está configurando por parte de la OTAN una demostración de fuerza, que recuerda a los comienzos de la Guerra Fría, organizando un importante refuerzo militar en Europa del Este, con la posibilidad de arbitrar un despliegue de unidades de intervención inmediata en Polonia, Estonia, Lituania y Letonia, con carácter “semipermanente y con rotación de alta frecuencia sobre el terreno”. Así, la OTAN ha evitado su presencia con carácter “permanente” que, en ese caso, contravendría acuerdos internacionales.

Téngase presente que el establecimiento de bases permanentes de la Organización en los países del Este contravendría un criterio de carácter jurídico-político, que se estableció en el Acta Fundacional sobre Relaciones, Cooperación y Seguridad Mutua, firmada entre la OTAN y la Federación Rusa en 1997. Por tanto, dentro del espíritu que inspira a la Organización, este despliegue de fuerzas con carácter “semipermanente” tiene el propósito de tener un efecto disuasorio sobre la posibilidad de que la Federación Rusa genere un riesgo de amenaza militar contra un Estado considerado “aliado” de la Organización, como es el caso de Ucrania.

La declaración de independencia de Crimea y su consecuente anexión a la Federación Rusa ha supuesto sobrepasar una línea roja y la OTAN y la UE han externalizado ciertos gestos simbólicos a través de declaraciones y determinadas sanciones con poca repercusión en el líder ruso. No obstante, al anterior secretario general de la Alianza no le cabe duda de que Rusia está atacando a Ucrania y en la Cumbre de Newport, en Gales, en septiembre de 2014, en su reunión bianual, los 28 países miembros de la Organización analizaron las dos presiones que en este momento atenazan a Europa: por un lado, desde el Este, con la desestabilización de Ucrania y la independencia de Crimea, en marzo de 2014, y la amenaza yihadista del Estado Islámico desde el Sur.

Se han detectado, por tanto, dos frentes de desestabilización para Europa que, más tarde o más temprano, podrían suponer consecuencias irreversibles y una escalada de violencia que alterará la paz y la seguridad del continente y que sin pretensiones agoreras podría asemejarse a los conflictos bélicos que antaño asolaron a Europa.

Las actuales veleidades independentistas en la región del Donbas, con epicentro en Donetsk y Lugansk, han puesto de manifiesto que no se está respetando el alto el fuego en estas zonas rebeldes tal como se estableció en septiembre de 2014 en el Acuerdo de Minsk y cuyo Protocolo de 12 puntos para “la paz en el Este de Ucrania” incluye no sólo el cese de hostilidades y de operaciones militares sino también el intercambio de prisioneros utilizando la fórmula de “todos por todos”.

Bajo la supervisión de la OSCE, el Protocolo -en cuya firma participaron Kiev, Moscú, Donbas y la OSCE- compromete a Ucrania a respetar las elecciones locales en esta región y la aprobación de una Ley sobre el régimen temporal de autogobierno. Este acuerdo no ha sido respetado por los separatistas y las tornas se mueven en otro sentido, por lo que el gobierno de Kiev, por boca de su presidente Petro Poroshenko, ha rechazado, como es lógico, cualquier tipo de fractura del Estado frente a los pro-rusos, que han declarado que no están dispuestos a renunciar a su independencia, como ha señalado el jefe de la República Popular de Lugansk (RPL), Igor Plotnitsky.

En este marco de contradicciones, el Acuerdo de Minsk preveía también “la retirada de todas las formaciones armadas ilegales, guerrilleros y mercenarios del territorio de Ucrania”, pero la interpretación que realizan las partes de este precepto del Protocolo ha generado importantes contradicciones. Para el gobierno de Kiev implica la retirada de las fuerzas rebeldes, mientras que para los independentistas supone la retirada de la Guardia Nacional de Ucrania y de los batallones de voluntarios ucranianos. Incluso reclaman, en el nuevo marco de esta Ley de régimen temporal de autogobierno (Ley de estatus especial), la libertad de formar milicias populares armadas, con el fin de garantizar el derecho y vigilar el orden público, así como el derecho a mantener relaciones económicas internacionales con la Federación Rusa y con la Unión Euroasiática y la apertura de corredores para refugiados y ayuda humanitaria.

La fractura se hace cada vez más notoria, pues tras la declaración de independencia de Crimea y su anexión a la Federación Rusa, las elecciones celebradas en noviembre de 2014 en las autoproclamadas repúblicas populares, con la victoria de los líderes independentistas Alexandr Zajarchenko en Donetsk e Igor Plotnitsky en Lugansk, fracturan definitivamente los Protocolos del Acuerdo de Minsk. En este sentido, para la alta representante de la UE, Federica Mogherini, se trata de una votación ilegal e ilegítima que no será reconocida por la UE, frente a las declaraciones de Vladimir Putin que considera que Moscú respetará la voluntad electoral de sus habitantes y que a los representantes elegidos en las urnas se les ha concedido un mandato para resolver los asuntos prácticos y restablecer una vida normal en estas regiones.

Por su parte, la Federación Rusa, sobre los rescoldos del antiguo Pacto de Varsovia, ha ido incrementando un sucedáneo de modelo, al modo de la Guerra Fría, intensificando sistemas de influencias a través de fronteras permeables, inspirados en viejos esquemas de la antigua URSS e incluso del período zarista. Es a través de la llamada “guerra híbrida” como expande su influencia, empleando métodos no convencionales con el fin de desestabilizar al país fronterizo, como está ocurriendo con el sudeste de Ucrania. Tropas no identificadas y sin distintivos castrenses han ido penetrando a través de las zonas fronterizas y han servido de soporte estratégico y operativo a los rebeldes pro-rusos del Donbas en una frontera que ha resultado ser sumamente porosa, según ha indicado, sin género de dudas, la OTAN.

Tanto la OTAN como la OSCE han confirmado el movimiento de efectivos rusos no identificados a lo largo -y a través- de la frontera con Ucrania, lo que ha generado una grave incertidumbre a la hora de poder clasificar en normas de Derecho internacional lo que está ocurriendo en el sureste de Ucrania. ¿Se trata de grupos terroristas que con pretensiones independentistas han atacado y siguen atacando centros oficiales del Estado ucraniano, o estamos en presencia de un acto de agresión de un Estado contra otro Estado, de la Federación Rusa contra Ucrania?

La respuesta, por el momento, resulta imposible e incluso podría resultar temeraria. Sin embargo, la Alianza ha confirmado movimientos de tanques, tropas de combate y artillería ligera y pesada desde la frontera rusa a territorio ucraniano e, incluso, llama la atención cómo durante el proceso independentista de Crimea se visualizaron pertrechos militares y soldados no identificados en la zona. Más tarde, a raíz de firmarse los Acuerdos de Minsk, la OTAN constató que las tropas presuntamente rusas apostadas en el territorio ucraniano comenzaron a replegarse hacia su territorio y que, nuevamente, con ocasión de la convocatoria al sufragio independentista en la región del Donbas se detectó una incursión de más de 40 convoyes militares sin identificar provenientes del Este.

La situación se va complicando por momentos y el cruce de acusaciones no hace más que empeorar una realidad que no termina de definirse y se camina sobre ascuas.

(6) Las zonas buffer

Es en el marco de esta indefinición en donde deberíamos analizar el proceso que resulta mucho más complejo de lo que se pueda suponer. La política de Vladimir Putin no resulta en absoluto errática, como pudiera parecer. Todo lo contrario, considero que es parte de una meditada estrategia para revivir los clásicos modelos de la Rusia histórica incluso anterior a la URSS, donde ha gestionado alianzas con la Iglesia Ortodoxa. Tengamos presente que existe una importante corriente de pensamiento que entiende que Kiev “es el corazón de las ciudades rusas” y que hunde sus raíces en el mítico Rus de Kiev y, para muchos, Kiev -como emblema-es más importante que Moscú o San Petersburgo por la impronta de su solera histórica. Además, el Monasterio de Lavra Pecherska es un centro no sólo religioso sino sobre todo espiritual y representa todo un símbolo de unidad de lo que se ha dado en llamar “la patria corazón” (country heart).

El perfil de Putin es el de un político clásico formado en el KGB, que no parece actuar por impulsos sino en el ámbito de una estrategia meditada y que sabe perfectamente que la estrategia de la insurgencia genera caos y desestabiliza a los gobiernos que no se sumen a su política. Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán son piezas de un importante rompecabezas que tienen para el líder ruso un fondo histórico y religioso de unidad. Este concepto no debe pasar desapercibido, dado que implica algo mucho más sustancial.

Las fuerzas que se oponen a Putin parecen desconocer “la lógica del conflicto”. Las sanciones impuestas por la UE frente a las hostilidades rusas en Ucrania no pasan de ser escenificaciones para la galería pero que, sin embargo, pueden traer consecuencias boomerang para Europa cuando Rusia deje de suministrar el gas del que depende Europa. Las negociaciones de Putin con el líder chino XI Jinping, incluso en detrimento de sus propios intereses, dado que ha tenido que bajar los precios, es un ejemplo de que está dispuesto a darle la espalda a Europa. En las escuelas de diplomacia se enseña que las sanciones son generalmente un mal remedio y que siempre es mejor negociar, sobre todo cuando la otra parte también tiene sus debilidades y sus flancos inestables. Como nos recuerda Charles Maurice de Talleyrand, “con las bayonetas todo es posible, menos sentarse sobre ellas”.

La economía rusa presenta síntomas de recesión que se perfilan hacia el año 2015, como ha apuntado el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD), mientras que para el Fondo Monetario Internacional (FMI) la economía rusa mostraba signos inquietantes mucho antes de la crisis con Ucrania. Tengamos en cuenta que una balanza de pagos sólida debe soportarse básicamente en cuatro pilares, como son la diversificación de las exportaciones, la confianza de los inversores, las reservas suficientes y una tasa de cambio flotante. Pues bien, para el FMI, Rusia parece haber perdido estos factores de resistencia en este último año 2014. Sin olvidar que el desmoronamiento de la URSS desdibujó sus fronteras, rompiendo su identidad geopolítica, y ha generado problemas fronterizos con los que se enfrenta en la zona del Cáucaso con los chechenos y cuestiones de vecindad surgidas con Moldavia y Tayikistán, a lo que se añaden los acuerdos de límites de 2005 con Estonia, Kazajistán y China.

En este marco proteico, Vladimir Putin parece establecer una política de distracción negociando, por un lado, con su indudable potencial energético de petróleo y gas natural, pues se calcula que en Siberia se encuentran las mayores reservas del planeta y, por otro lado, generando zonas de inestabilidad que parecen convertirse en no man’s lands que podríamos calificar como zonas buffer siguiendo el criterio de “zonas de amortiguamiento”; si bien se trata de un término acuñado por la eco-biología, nos puede servir de indicativo para analizar una estrategia singular que se está desarrollando por parte del líder ruso.

No deja de resultar cuanto menos llamativo el proceso de movilización independentista que desde agosto de 2008 se viene generalizando en la zona y que se visualiza con el reconocimiento internacional de la independencia de las dos repúblicas de Osetia del Sur y de Abjasia por parte del entonces presidente de gobierno de la Federación Rusa Dimitri Medvedev. Sus argumentos buscaron asidero en el Derecho internacional, reclamando para este reconocimiento la cobertura del Acta de Helsinki de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa de 1975, la Declaración 2625 (XXV) de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre los Principios de Derecho internacional referentes a las relaciones de amistad y cooperación entre los Estados de 1970 y la propia Carta de las Naciones Unidas. Como atajo jurídico apoyó sus argumentos en el hecho de que ambas repúblicas eran regiones autónomas dentro de la República Socialista de Georgia y que al independizarse Georgia de Rusia, en abril de 1991, como regiones autónomas podían elegir su propio estatus y que, como tal, eligieron plegarse a Rusia, que se encontraba en pleno proceso de desintegración de la antigua URSS.

Con este proceso comenzaba a gestarse un modelo de compleja catalogación en el Derecho internacional pues resulta difícil su encuadre en los estereotipos de adquisición de la competencia territorial. La continuación de esta deriva independentista en el este de Ucrania continúa haciendo saltar las señales de alarma. No se trata de plazas coloniales que reclamen su independencia de la metrópoli, ni estamos ante un caso de cesión territorial al que, sin duda, se opondría Ucrania y tampoco se puede predicar que con su anexión a otro territorio, en este caso a Rusia, nos encontremos ante un modelo de accesión territorial. Sin embargo, la presión del Estado absorbente es indudable sin que por ello podamos calificarlo, ni mucho menos, de debelatio. El resultado demuestra que la zona “liberada y luego anexada” se desestabiliza y desestabiliza al Estado al cual han pertenecido con anterioridad, generando estos nuevos espacios geopolíticos que están sirviendo de “amortiguamiento e influencia”, en este caso favorables a la Federación Rusa, sobre zonas que sin duda le representan un importante valor geoestratégico. Su complejo encuadre nos lleva a considerar estas zonas buffer como espacios “independizados” y adheridos a la Federación Rusa, que se están extendiendo como una especie de magma, lenta, pero inexorablemente, ante la mirada perpleja de la comunidad internacional y la débil reacción de los organismos internacionales.

Estas zonas buffer ejemplifican cartográficamente cuñas de la Federación Rusa en territorio de otros Estados. Se asemejan a zonas congeladas con conflictos latentes y no resueltos y que su reconocimiento por parte de la comunidad internacional se apoya en muy pocos Estados, entre los que se destaca, sin duda, la Federación Rusa, y las otras repúblicas independizadas, en situación similar, como las repúblicas de Osetia del Sur, Abjasia y Nagorno-Karabaj.

Suma y sigue. En septiembre de 2006 el Parlamento de la República separatista de Transnistria aprobó su secesión de Moldavia en base a un Referéndum en que el 97% de la población se manifestó a favor de la independencia y de su posterior adhesión a Rusia. Con el agravante de que en este caso la nueva República es limítrofe con Ucrania y que la independencia de Crimea ha elevado la tentación de unir la franja “liberada” con la República de Crimea. No debe pasar desapercibido el hecho de que la anexión de Crimea a la Federación Rusa ha exacerbado los ánimos del Parlamento de Transnistria, con el peligro que ello representa para la región de Odessa que siempre ha despertado el interés de Moscú.

El reciente proceso de la independencia de Crimea merece una especial atención en la medida en que ha afectado de manera determinante a la integridad territorial de Ucrania. En efecto, la Declaración de independencia de la República Autónoma de Crimea y de la Ciudad de Sebastopol, aprobada al unísono el 11 de marzo de 2014 por el Parlamento de Crimea y el Consejo de la Ciudad de Sebastopol, sería posteriormente refrendada por un Referéndum celebrado el 16 de marzo de 2014. En particular porque tal declaración de independencia de Crimea con respecto a Ucrania implicaría su solicitud a incorporarse, dentro de su estructura federal, a la Federación Rusa.

Como en los otros casos anteriores, la Declaración busca sus apoyos en el Derecho internacional haciendo explicita remisión a la Carta de las Naciones Unidas y otros instrumentos internacionales que reconocen el derecho de los pueblos a la libre determinación y al Dictamen del Tribunal Internacional de Justicia de 22 de julio de 2010 sobre la independencia de Kosovo. Como en otros casos similares, la nueva República fue reconocida por la Federación Rusa, Bielorrusia, y las repúblicas independientes de Osetia del Sur, Abjasia y Nagorno-Karabaj.

Esta corriente independentista sobre las líneas fronterizas de la Federación Rusa y aledaños ha marcado una nueva inflexión con los movimientos insurreccionales en la región del Donbas y con el foco en las principales ciudades de Donetsk y Lugansk. En mayo de 2014 se celebraron sendos referéndums en ambas ciudades, impulsados por los líderes separatistas pro-rusos en los que declararon el establecimiento de nuevas repúblicas populares y confirmaron su adhesión al Estado Federal de la Nueva Rusia. Estas recientes elecciones, celebradas en la región del Donbas en noviembre de 2014, han avivado el fuego y mantienen las tensiones entre los dirigentes independentistas y el gobierno de Kiev, exacerbando los enfrentamientos militares. Tanto el líder rebelde de Donetsk, Alexander Zajarchenko como el de Lugansk, Igor Plotnitsky han vuelto a desafiar al presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, indicándole que debe asumir que el Dombas ya no forma parte de Ucrania pero olvidando que las citadas elecciones violan de manera flagrante los Acuerdos de Minsk.

En la entrevista mantenida en Kiev con Oleh Rybachuk, ex vice-primer ministro para la integración con la UE, tuve la oportunidad de conversar detenidamente sobre la “cuestión ucraniana” y analizar la dialéctica de Moscú basada, como Rybachuk me ha señalado, en “el equívoco de Vladimir Putin de considerar a Ucrania como una parte fundamental de Rusia sobre la que predica sus pretensiones expansionistas”. A lo que habría que agregar la pregunta siguiente: ¿dónde está el límite de estos enclaves en territorios de Estados limítrofes que está apoyando el líder moscovita?

(7) No internacionalizar el conflicto: la “línea roja”

En política internacional los analistas debemos movernos dentro del conocimiento científico pero con la habilidad suficiente como para no despreciar en nuestros comentarios determinadas “líneas rojas” que no deben sobrepasarse dado que con nuestras glosas ayudamos a generar “opinión pública internacional”. Los gabinetes jurídicos de los Ministerios de Asuntos Exteriores, por regla general, se inspiran en las corrientes que determinan esta “opinión pública internacional” con el fin de asesorar a sus ministros y, éstos, a sus gobiernos sobre cuáles son los límites que no deben rebasarse para que los conflictos internacionales se puedan resolver por medio del arduo y antiguo arte de la diplomacia y no por medio de las armas.

En el caso que nos ocupa, la “cuestión ucraniana” se ha ido llevando a través de una deriva de expansión territorial, si se quiere “muy medida”, pero expansión al fin, por parte de la Federación Rusa que, como hemos analizado, desde la independencia de las dos repúblicas de Osetia del Sur y de Abjasia, ha ido anexando territorios ante la mirada esquiva de los organismos internacionales o ante propuestas de sanciones al gobierno ruso que no han logrado el peso que, supuestamente, se pretendía. Esto se ha podido ver recientemente en el recrudecimiento de los enfrentamientos en la región del Donbas y en las declaraciones unilaterales de independencia por parte de los líderes pro-rusos de Donetsk y Lugansk.

En este caso hay una “línea roja” que no debe traspasarse y es la de “internacionalizar el conflicto”. El gobierno ucraniano, incluso, ha hecho referencia a que se trata de un conflicto interno llevado a cabo por grupos “terroristas” con intenciones independentistas, sin por ello negar la influencia indudable en estos movimientos rebeldes de la Federación Rusa que argumenta sus apoyos “humanitarios” en la voluntad de ayudar a los ciudadanos de origen ruso.

Nadie duda que la disolución de la antigua URSS y sus Estados satélites, desarbolando sus zonas de influencia, y las nuevas estructuras geopolíticas que se fueron consolidando a partir de los restos del naufragio soviético ha generado en los subsiguientes líderes rusos una cierta nostalgia de las estructuras políticas del pasado. Sin embargo, esta añoranza no debe soportarse en actos de expansionismo territorial que no se predican acordes con la voluntad de otros Estados que desean vivir su propia e independiente experiencia política.

Esta “expansión controlada” que hemos llamado bufferismo por parte del líder ruso y que, hasta el presente, no encaja con ninguno de los modelos tipificados de adquisición de la soberanía territorial tal como los define el Derecho internacional clásico ha llevado a situaciones de indefinición, no solo problemáticas desde el punto de vista jurídico sino, sobre todo, peligrosas desde el punto de vista político. Amparado en esta indefinición, Vladimir Putin niega su presencia militar en las zonas de conflicto, pero estas zonas, una vez declarada su independencia territorial del Estado al que estaban adscritas originalmente, solicitan su anexión a la Federación Rusa.

Sin embargo, el problema radica en el hecho de que la OTAN ha detectado movimientos de tropas rusas que no utilizan distintivos castrenses en la frontera sudeste de Ucrania y que han estado y están supuestamente apoyando a los rebeldes pro-rusos de la zona, al tiempo que los enfrentamientos armados se recrudecen en la región del Donbas. Además, como se ha señalado por la Misión Especial de Control de la OSCE, se están violando flagrantemente los Acuerdos de Minsk.

En la reunión celebrada el 12 de noviembre de 2014 en el seno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, a propósito del conflicto en Ucrania, los representantes allí reunidos han manifestado su preocupación de que el agravamiento de este conflicto pueda llevarnos “a una guerra de dimensiones totales”. Por su parte, el representante de la Federación Rusa, Alexander Pankin, ha rechazado los que considera acusaciones de injerencia y ha llegado a hablar de que se trata de una “farsa histérica” por parte del resto de los miembros del Consejo de Seguridad y ha vuelto a negar la presencia de tropas rusas en la región de Donbas.

No obstante, los observadores de la OSCE, a través de su jefe de Misión, Ertugrul Apakan, han alertado sobre que la escalada de violencia en la citada región de Donbas resulta sumamente preocupante y han recordado que la aplicación del Memorándum del Acuerdo de Minsk contiene una Hoja de Ruta muy clara para alcanzar la paz, pero que de no aplicarse se detecta que la violencia genera violencia y la situación se va complicando.

La representante de EEUU, Samantha Power, ha señalado que la Federación Rusa ha negociado un plan de paz en Minsk que no está aplicando y ha recalcado que “ante esta deriva sería imposible evitar un conflicto mayor, a menos que la Federación Rusa cambie su política en la zona”. Por su parte, la representante de Luxemburgo, Sylvie Lucas, ha llamado la atención sobre “la concentración y presencia de tropas rusas en la frontera ucraniana y los movimientos de convoyes militares, sin placas de matriculación identificativas, transportando tropas y armas pesadas, en las zonas controladas por los separatistas”, con el fin de continuar los enfrentamiento contra de las posiciones del ejército ucraniano, que intenta defender la unidad de su territorio.

En este sentido, los pasos dados por el presidente Poroshenko con el fin de pacificar la zona son importantes pues ejercen una llamada a la vía del diálogo en el marco del Protocolo y del Memorando de los Acuerdos de Minsk, proponiendo para la región del Donbas una amnistía y un estatuto temporal de autonomía local con el fin de poner fin a un conflicto que ya ha dejado numerosas víctimas civiles.

No es necesario ser demasiado sagaz para comprender que este conflicto representa, en la medida que siga el proceso actual, un grave peligro para la paz y la seguridad internacionales y cabe preguntarse, como ha hecho el representante del Reino Unido, Mark Lyall Grant, si realmente la Federación Rusa, como afirma su presidente, no está prestando ayuda militar a los separatistas: “¿por qué bloquea la misión de los observadores internacionales y por qué perturba el espacio aéreo ucraniano, con el fin de parasitar los vuelos de los drones de observación de la OSCE, en particular, alrededor de la ciudad de Donetsk?” Sin olvidar que en Crimea las autoridades están retirando a sus habitantes la identidad ucraniana y reprimiendo a la etnia tártara con la aquiescencia de la Federación Rusa, en la cual Crimea se encuentra integrada, lo que representa un precedente preocupante para la región del Donbas en la medida que esta escalada continúe.

Parece claro que una posible internacionalización del conflicto ucraniano, como han señalado la mayoría de los 15 representantes estatales en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, podría suponer un grave peligro para la paz mundial y el nada deseable “regreso a una guerra total”. Se impone la diplomacia de alto nivel y sobre todo la cordura y el sentido común.

Como ha recordado el representante ucraniano ante el Consejo de Seguridad, Yiriy Sergeyev, citando al autor ruso Ivan Turgueniev, “cada uno tiene su verdad, pero la sinceridad es única”.

El conflicto necesariamente deber reconducirse hacia las vías diplomáticas pues, como dirían los clásicos, inter arma silent musae y, como puede colegirse por el desarrollo de los acontecimientos, la vía del conflicto armado no sólo nos está llevando a generar la desintegración de Ucrania sino también a poner en juego la paz y la seguridad del planeta; o como me ha apuntado el embajador Gerardo Bugallo ¿hasta dónde pueden llegar los límites estructurales del cinismo?, en la medida que se refiere a “lo imposible que resulta entender lo que está pasando para los analistas ‘cínicos’ que creyendo ser realistas se dejan fuera elementos esenciales de esa realidad, como el ansia de libertad de un pueblo como el ucraniano”.

Los Estados tienen derecho a organizar su propio destino y hacerlo sin la injerencia de otros Estados extranjeros, por ello habrá que recordar a la Federación Rusa que “Ucrania quiere ser Ucrania”.

Juan Manuel de Faramiñán Gilbert, catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad de Jaén.


1  La posibilidad de participar de diciembre de 2013 a diciembre de 2014 como Miembro del Twinning Project UA 12/ENP/TP/35 “Strengthening of the State Space Agency’s of Ukraine (SSAU) International Capacity to Implement European Space Programmes in Satellite Navigation (EGNOS/Galileo), asesorando a la Agencia Ucraniana del Espacio, han permitido al autor conocer de primera mano, durante los sucesivos viajes realizados a Kiev, la realidad del conflicto ucraniano y tener la posibilidad de entrevistarse con personalidades ucranianas y extranjeras, así como de participar en las movilizaciones del Maidan. Resulta pertinente señalar que las opiniones vertidas en este documento son de su absoluta responsabilidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *