UE: del café al cibercafé

Los cafés y los periódicos fueron protagonistas destacados en el nacimiento de la esfera pública de las sociedades contemporáneas, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. La información y opinión publicada en la prensa (comentada en tertulias de café) simbolizan el nacimiento de un nuevo modo de concebir las relaciones entre unos individuos que iban dejando de ser súbditos para convertirse en ciudadanos. La democracia liberal no se entiende sin libertad de prensa y de información. Cuando estas fallan, la democracia liberal se desploma.

Hoy la esfera pública ha visto emerger un nuevo componente: internet. Se trata de un cambio tecnológico cuyas consecuencias prácticas sólo atisbamos. El futuro internacional se entrevé como el de un mundo multipolar en el que distintos actores políticos (organizaciones transnacionales, estados, naciones, regiones, ONG, organizaciones de intereses, etcétera) deberán buscar su lugar al sol globalizado. Y es cierto que no existe un futuro único, sino varios posibles. Pero las esferas públicas de la ciudadanía actual ya no son sólo las interiores a su propio Estado. Más bien abarcan desde el ámbito de los actores locales hasta el de los actores globales. Del mundo de los periódicos y el café hemos pasado al de internet y los cibercafés. El mundo anterior no desaparece, pero se integra en una red global mucho más amplia y compleja. Y ello en un contexto de falta de instituciones internacionales con poder efectivo.

La globalización tecnológica hará nuevos ganadores y perdedores. De hecho, los está produciendo ya. La contraposición entre un norte desarrollado y un sur subdesarrollado va dejando paso a una serie de nuevos ganadores entre los países en desarrollo (India, Brasil, China…). Pero también está fijando índices de desarrollo incluso negativos en un grupo de unos 50 países, la mayoría africanos, que comprenden mil millones de habitantes.

¿Qué representa la UE en este nuevo contexto? ¿Qué significa hoy ser europeísta?Las respuestas a estas dos preguntas ya no pueden ser las mismas que hace sólo una década. Hoy vivimos la contracción del tiempo y la contracción-fragmentación del espacio planetario. El mundo se ha vuelto más pequeño y más interrelacionado. La UE sigue siendo un actor relevante, pero ya no basta repetir que la UE ha sido un éxito en la consecución de la paz y en el proceso de integración económica. Son dos cosas importantes, pero el foco está en el significado de una supuesta integración política. Y aquí, en cierto sentido, ser europeísta va convirtiéndose en algo antiguo. Las redes y perspectivas de las organizaciones y territorios europeos ya miran y actúan en el mundo.

Pensemos, por ejemplo, en política exterior. Hace pocos años se confiaba en el desarrollo de la política exterior de una UE que iría reforzándose en el marco de unos pocos actores internacionales. Para realidades como Catalunya, se decía, todo consistía en seguir la estela de la UE. Hoy esta concepción ha quedado obsoleta. Si el mundo de la acción exterior de Francia, Alemania o el Reino Unido está globalizado, también lo estará el de entidades como Baviera, Escocia o Catalunya. Las relaciones internacionales tienden a la reticularidad y a la mundialización. De la actuación de las élites políticas, empresariales, culturales, de investigación, dependerá que una entidad política tenga o no éxito en el nuevo contexto global. La UE sólo es un escenario más entre otros. Y parece lógico que para algunos actores europeos la UE no sea escenario prioritario en política exterior, entre otras cosas porque la UE no tiene política exterior. En la mayoría de los conflictos internacionales es un actor prescindible, con poca capacidad de influencia y con un poder de decisión muchas veces nulo. Veremos si cambian las cosas cuando se apruebe finalmente el tratado de Lisboa. Soy escéptico. Sin una política propia de defensa es difícil ser creíble en política exterior.

La política europea es ciertamente intrincada y barroca, y parece, además, alejada de la vida de los ciudadanos cuando en realidad no lo está. Con estos mimbres, se comprende que la mayoría no entienda casi nada sobre la UE. Buena parte de la clase política sigue ensimismada. Apela por inercia a los valores y objetivos históricos de la UE, pero suele plantear luego las campañas electorales europeas a partir de temas de política local. Incluso los resultados electorales tienden a leerse en clave interna: ver si es el Gobierno o la oposición quien sale reforzado o debilitado de la contienda. Luego se pretende extrañeza y decepción cuando la abstención supera claramente el 50%, preguntándose sobre las causas de la poca participación. La pregunta que cada vez va requiriendo más explicaciones, sin embargo, es la contraria: ¿por qué aún votan bastantes ciudadanos en las elecciones europeas?

Se trata de elecciones que, a pesar de todo, son más importantes de lo que se percibe. Pero ni las tendencias generales de la globalización, ni los discursos locales de los partidos actúan como incentivos. Hay excepciones, especialmente en Catalunya. Pero como he dicho en alguna otra ocasión, hace tiempo que la UE refleja una crisis de modelo, una crisis de proyecto y una crisis de liderazgo. Se agradecerían discursos menos huecos yde contenido verdaderamente europeo que hicieran comprender lo que está en juego y por qué vale la pena, pese a todo, que vayamos a votar.

Ferrán Requejo, catedrático de Ciencia Política de la UPF y coautor de Desigualtats en democràcia.