UE, poner las luces largas

Europa es un éxito histórico. Paz, prosperidad y libertad son las señas de identidad de este proyecto común. Aunque el Brexit parece ineluctable, los candidatos populistas y nacionalistas de otros países europeos han dado marcha atrás en su afán de imitar al Reino Unido. En un contexto de globalización y cambios disruptivos acelerados, ¿qué país europeo de forma aislada puede pretender ser un actor relevante en el juego de la geopolítica internacional, y competir con gigantes como EE.UU. o China? Una UE sólida, creativa, solidaria y comprometida es la condición necesaria para un futuro mejor para todos los europeos. Pero aún queda mucho camino por recorrer. Europa se encuentra en la encrucijada de los caminos y no se puede quedar parada. Hay que avanzar, trazar el rumbo de cara al futuro, poner las luces largas y definir entre todos en qué dirección queremos ir.

El primer reto para la Unión Europa es mantenerse unida y abierta al mundo. Unida frente a los ataques de los populistas y nacionalistas. Unida en la negativa a comprometer sus principios en la negociación del Brexit y unida para prevenir nuevos ataques a la moneda común, elemento central de integración europea. Conviene dotar a la Unión de una política fiscal común, además de completar la Unión Bancaria.

Por otro lado, Europa, la mayor potencia económica y el mayor mercado interior del mundo, tendrá que seguir desarrollando su política de tratados de libre comercio. Además, esta relación va más allá de lo meramente económico: implícitamente exportamos nuestras normas cuando expresamos nuestras condiciones para negociar con la UE: medioambientales, sociales, alimentarias, diversidad. En otras palabras compartimos con nuestros socios comerciales nuestros valores y nuestra visión del mundo.

Asimismo, Europa debe quedar firmemente comprometida con el multilateralismo: es crucial para el mundo disponer de mecanismos que faciliten la cooperación en cuestiones como el comercio internacional, el cambio climático, la biodiversidad y la regulación de las nuevas tecnologías. Los organismos internacionales (ONU, OMC, FMI, Banco Mundial…) pueden proporcionar un foro donde Europa lidere el debate de estas cuestiones, comparta información y empuje soluciones comunes.

Otro aspecto de la apertura es la inmigración. La crisis migratoria en Europa ha puesto en tela de juicio la solidaridad y la cohesión. El aumento, real o virtual, de la migración en Europa causa un rechazo a las sensibilidades nacionalistas. Sin embargo, a la luz del envejecimiento de la población de la UE, sólo una inmigración ordenada nos ayudará a atajar nuestro problema demográfico.

El segundo gran reto al que se enfrenta Europa es convertirse en una potencia capaz de asegurar su propia protección. Sin dejar de pertenecer a la OTAN, que permanecerá como un elemento central de su defensa, la UE tendrá que afirmarse en su singularidad. Habrá que superar el miedo que algunos tienen a esta idea de «Europa como potencia en defensa», empezando por Alemania, debido a su historia. Será de especial importancia trabajar en la creación de unas fuerzas de defensa europea, tanto tradicionales como de ciberseguridad.

El tercer reto para Europa consiste en mejorar sus mecanismos de toma de decisiones. Europea tiene que ganar agilidad en un mundo en plena transformación, y eso pasará necesariamente por una revisión de su sistema de gobernanza. Ya se han dado pasos para lograr este objetivo: la nueva presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha pedido que se ponga fin al requisito de unanimidad de la UE en materia de política exterior. Pero esta idea se debe extender a otros ámbitos europeos: los países que desean reforzar la acción conjunta deben poder organizarse para intensificar su cooperación en temas específicos, sin ser los rehenes de los países rezagados o de los países nacionalistas que quieren frenar el desarrollo de la UE desde su interior.

Como respuesta al desafío populista y nacionalista, el cuarto reto consiste en convencer a la gente ordinaria de la bondad del proyecto europeo, y movilizar la mayoría silenciosa a favor de esta integración frente a minorías proteccionistas y separatistas. La Europa de los últimos setenta años se ha caracterizado por la fuerza de su clase media. No obstante, la globalización y el cambio tecnológico están socavando este grupo social en los países avanzados, muchos de los cuales no saben bien cómo acompañar las transformaciones con programas sociales y de formación adecuados. Es más, con la llegada de los robots y de la inteligencia artificial, muchos empleos de la clase media se van a quedar obsoletos. Es imprescindible que Europa abrace su futuro digital lo antes posible y que acompañe a la gente en su adaptación al cambio, para poner al alcance de todos las oportunidades de esta nueva era.

Ahora mismo Europa se encuentra en una encrucijada y, si no se hace dueña de su destino, existe un riesgo real de caer en la irrelevancia y en la dependencia de otras potencias que se están imponiendo en este mundo nuevo. Una Europa ambiciosa, dispuesta a asumir su rol de potencia mundial, tiene la capacidad de desarrollar un proyecto ilusionante, fiel a sus valores de democracia, que suponga la defensa del Estado de Derecho, respetuoso con las libertades de sus ciudadanos -expresión, movimiento, etc.-, que fomente su apertura al mundo, permanezca alerta ante la desigualdad, y centrado en el ser humano y en la construcción de un futuro sostenible. No se puede perder el tiempo: es el momento de pasar de la reflexión a la acción, de las musas al teatro.

José Manuel González-Páramo es consejero ejecutivo de BBVA.

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