Ultima excursión con Asmodeo

Puesto que EL MUNDO fue, en su antepenúltima encarnación, el periódico que publicó los artículos postreros de Larra, estábamos doblemente obligados a honrarle en su bicentenario y ahí quedan tanto las páginas especiales de EL CULTURAL de la semana pasada como la monografía en la que este martes seis de nuestros mejores columnistas se metían figuradamente en su levita -físicamente no hubiera cabido ninguno pues Fígaro era diminuto a fuer de canijo- para inspirarse en sus argumentos más característicos.

En parte por la envidia que me dio el asunto que Antonio Lucas despachó con elegancia y en parte por poner aún más en evidencia a todos esos colegas que parecen no haberse enterado siquiera de que le tuvieron por ancestro -¡en qué páramo de ágrafos está degenerando este periodismo telebasurero y asnodigital!-, me permití anoche seguir el consejo del joven maestro suicida y buscar la inspiración «cuando están nuestros párpados aletargados por Morfeo». He aquí lo que me sucedió.

«No bien había cedido al cansancio cuando imaginé hallarme en una profunda oscuridad; reinaba el silencio en torno mío; poco a poco una luz fosfórica fue abriéndose paso lentamente por entre las tinieblas, y una redoma mágica se me fue acercando misteriosamente por sí sola, como un luminoso meteoro. Saltó un tapón con que venía herméticamente cerrada, un torrente de luz se escapó de su cuello destapado, y todo volvió a quedar en la oscuridad.Entonces sentí una mano fría como el mármol que se encontró con la mía y una voz semejante a un leve soplo me dijo: ‘Abre los ojos, bachiller; si te inspiro confianza, sígueme’».

Era el demonio Asmodeo, eyectado desde las páginas de El diablo cojuelo de Vélez de Guevara, para demostrarme, como a Larra, que si se trata de describir la farsa, la impostura, la hipocresía, la simulación y el engaño, no es preciso acudir vestido de dominó a ningún baile de máscaras en unas fechas determinadas porque -tal y como tituló Fígaro su artículo- «Todo el año es carnaval».Su piel, según la tradición, era anaranjada y blanquecina. ¿Cómo no dejarle proceder?

«Arrebatóme entonces insensible y rápidamente, no sé si sobre algún dragón alado o vara mágica o cualquier otro bagaje de esta especie. Ello fue que alzarme del sitio que ocupaba y encontrarnos suspendidos en la atmósfera sobre Madrid, como el águila que se columpia en el aire buscando con vista penetrante su temerosa presa, fue obra de un instante. Entonces vi al través de los tejados como pudiera al través de un excelente anteojo de larga vista. ‘Mira, me dijo mi extraño cicerone. ¿Qué ves en esa casa?’».

Era una especie de 13 Rúe del Percebe pero con columnas en la fachada y amplias estancias decoradas en plan institucional.No descubrí, como le ocurrió a Larra, ni a ningún anciano acicalándose para pasar por joven seductor, ni a ninguna dama tiñéndose el cabello y encajándose la dentadura postiza para correr a los brazos de su amante, ni a ningún picapleitos prometiendo en falso sentencias favorables, ni a ningún matasanos «embromando» cruelmente a los pacientes «con su disfraz de sabio». Pero, a cambio, vi a la crema de nuestra sociedad política en el apogeo de sus portentos.

En la primera habitación en la que me fijé había un hombre con la espalda contra la ventana contemplando con gran atención un televisor en el que aparecía una chica vestida con traje de camuflaje. Al principio pensé que se trataba de Carmen Martínez Bordiú, tal y como aparece en la última portada del Hola ataviada para posar «entre los orangutanes en Uganda». Pero al acercarme, a través del espejo catódico, me di cuenta de que era su tocaya la ministra de Defensa.

Carme Chacón había extraído del pantalón de su uniforme de faena un enorme reloj con cadena incorporada y como el conejo de Alicia no cesaba de mirar con ansiedad sus manecillas. «Como no lleguen ya los del autobús, nos perdemos los telediarios de la tarde», mascullaba entre sus bellos y protuberantes dientes como si estuviera dirigiéndose al hombre que la observaba desde el otro lado de la pantalla. Tras la puerta se agolpaban varios centenares de soldados, ansiosos de ser admitidos en la estancia para poder escucharla. Pero el acto no podía empezar hasta que la prensa no estuviera al completo. «Mira, sabes lo que te digo, que si te parece lo grabamos en falso directo y luego se lo repetimos a los chicos». Dicho y hecho. Entraron las cámaras y la ministra recitó su arenga: «La misión está cumplida. Ha llegado el momento de volver a casa».

Nada más terminar de escucharla el hombre salió al pasillo, desapareció por unos instantes y entró enseguida en la habitación de al lado. Era Zapatero que acudía a despachar sobre la marcha de la crisis con su vicepresidente económico. Pero, como en los viejos laberintos del TBO, Pedro Solbes estaba arrinconado en el otro extremo del recinto y un sinfín de vallas, carteles y rótulos publicitarios se interponían entre el presidente y él.Todos anunciaban el plan E destinado a crear empleo mediante inversiones municipales. ¿Lograría el intrépido pero sediento aventurero abrirse paso entre la jungla propagandística hasta alcanzar el casi exhausto pozo de la sabiduría económica antes de que sus últimas reservas se esparcieran por la tierra reseca?

Sin poder siquiera concentrarme en la solución del pasatiempo, mi atención se desvió a otra habitación en la que el juez Garzón posaba ante un armario con espejo, enfundado en su cuera tamaulipeca.El magistrado parecía contonearse al ritmo de un mariachi que yo no lograba escuchar, lanzando por doquier los destellos plateados de los brocados de su atuendo y azotando el aire con los flecos de piel curtida que se desprendían de su talle. Concluido el ritual de la autoadoración diurna, Garzón abría el armario, se quitaba la cuera y se ponía la toga. Dentro del mueble había una escopeta y una canana de cartuchos y en el interior de su hoja desplegable figuraba adherido un mapamundi sembrado de cruces rojas y una especie de catálogo encabezado por un título: Tarifas actualizadas (con o sin IVA) de Su Señoría.

Pronto mi mirada se trasladó sobresaltada al antedespacho del juzgado donde aguardaban para ser llamados a declarar algunos imputados por la trama de corrupción en el PP. Acababa de producirse un gran estrépito pues el ex alcalde de Pozuelo Jesús Sepúlveda se había metido hasta la cocina judicial a bordo de su Jaguar y detrás hacía ya la cola el tesorero Bárcenas, con sus gafas negras, al volante de un coche no menos ostentóreo. Un oficial había entreabierto la puerta para anunciar que daban comienzo los interrogatorios, y comoquiera que Sepúlveda introducía ya la directa, el funcionario se vio obligado a cortarle en seco: «No, dice Su Señoría que pase sólo el Jaguar ».

Lo que siguió fue una escena extraída de la vida cotidiana del planeta mágico de Goomer, pues el Jaguar entró bastante cohibido en el despacho de Garzón, se sentó en el borde de la silla y escuchó espantado el chirrido de sus tripas metálicas, provocando un rictus burlón en el rostro del magistrado. «Le he citado a usted sólo como testigo y por eso no le acompaña un abogado.Pero está usted bajo promesa o juramento y por lo tanto tiene la obligación de decir la verdad so pena de incurrir en un delito de perjurio castigado por el Código Penal. A ver, comencemos por el principio ».

Garzón le preguntó al Jaguar por su número de bastidor y su año de matriculación, por el día que conoció a Francisco Correa, por si mantuvo o no relaciones de algún tipo con el BMW de Sepúlveda, por el trato VIP que recibía en el aparcamiento de la calle Génova Las últimas palabras que escuchó del juez -«Dígame cuántas veces, a dónde y en que época viajó usted con la señora Ana Mato »- aún le zumbaban en las turbinas cuando el Jaguar se desmayó, desprendiéndosele una de las puertas que rebotó con gran estruendo de chapa contra el suelo. En el antedespacho Sepúlveda y Bárcenas se miraron lívidos y el tesorero hizo una llamada de emergencia: «Está interrogando a nuestros automóviles. Les está apretando las tuercas y se están viniendo abajo. Y ellos lo vivieron todo ¡Presentad otra querella, que intervenga el Consejo, haced algo!».Pero Rajoy colgó el teléfono en su buhardilla y siguió arreglándose la barba florida para el Tengo una pregunta para usted de mañana.

Entreabría ya los ojos cuando lo que empezó siendo el eco de un gorigori lejano o el timbre amortiguado de una gresca, fue subiendo de tono hasta convertirse en una monumental bronca en la planta baja del inmueble, convertida de repente en un camarote de los hermanos Marx repleto de cofrades y capirotes, de cirios, andas y cayados; pero entreverado todo ello por indignados dirigentes socialistas. Estos les reprochaban a los otros que hubieran decidido desfilar en las procesiones con un lazo blanco como protesta por la ampliación de la ley del aborto. Sus argumentos no podían ser más reveladores.

«No creo que haya que mezclar la religión con la política», clamaba la ministra Bibiana Aído, disfrutando con cada artículo femenino que precedía a un sustantivo. «Poco tiene que ver la labor del Gobierno para solucionar los problemas que presenta la vigente Ley sobre interrupción del embarazo con la Semana Santa». «Este no es ni el lugar ni el momento para expresar ese rechazo», advertía a su lado Gaspar Zarrías, sosteniendo el puchero en el que metió los votos falsos de aquellas primarias manipuladas en el PSOE. «¡A ver si se callan ya con lo del aborto!», refunfuñó Amparo Rubiales como aportación deliberativa. «Además, un acto de interés turístico regional no debe ser utilizado como vehículo de reivindicación», añadió como última ratio el secretario general del PSOE de Alcalá de Henares. Entre tanto Carmen Calvo iba contándole a todo el mundo que ella conoce «a muchos nazarenos que son socialistas», que podía relatar con detalle la vida y milagros de cada uno de ellos y que desde que ha dejado de ser ministra tiene muuucho más tiempo para charlar.

«Oye, Asmodeo», le dije al demonio mientras despegaba los párpados.«Comprendo que en esto tú no puedas ser neutral, pero sabes mejor que nadie que la Semana Santa es la representación de la pasión y muerte de Cristo, que para los creyentes se trata de Dios hecho hombre, crucificado para redimir los pecados del mundo, y que uno de los principios básicos de la Iglesia Católica desde que la fundara San Pedro es la defensa de la vida desde el mismo instante de la concepción. ¿No te parece que lo que sería inaudito es que el Gobierno atentara descaradamente contra ese principio y los creyentes continuaran con su rutina procesional con la misma indiferencia con que los amigos del asesinado Ignacio Uría continuaron su partida de cartas en Azpeitia?».

Estaba despierto y nadie podía ya responderme. Sin embargo alguien había depositado a mi lado la levita de Larra y en uno de sus bolsillos encontré este mensaje: «Yo intervengo mucho menos de lo que la gente cree en la política española, pero tú mismo has escrito varias veces que vuestro presidente Zapatero es el apóstol de la ética indolora. Además es un mago del lenguaje. Acuérdate de que cedió al chantaje de De Juana Chaos por defender ‘el valor supremo de la vida’. Si alguien le recuerda eso ahora en relación con los límites de los derechos de las mujeres embarazadas, poco menos que le llamarán fascista. Pero en fin, no quiero tirar más piedras contra mi propio tejado. Sólo puedo recomendarte lo mismo que le recomendé a aquel joven colega tuyo hace casi 200 años: ‘Sal a la calle y verás las máscaras de balde’».

¿También en Semana Santa?

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.