Un 20-N entre Montilla y Montaigne

Por Pedro J. Ramírez, director de EL MUNDO (EL MUNDO, 20/11/05):

Nada pudo evitar lo inevitable. Ni el manto de la Virgen del Pilar, tejido de rodillas 37 años antes por las monjas adoratrices en jornadas intensivas, para que pudiera ser estrenado el día que los nacionales entraran en Madrid, y que el Arzobispo de Zaragoza y miembro del Consejo de Regencia Pedro Cantero Cuadrado había extendido ahora, cual si se tratara de una mantita eléctrica, sobre los pies del enfermo.

Ni el fragmento del cuerpo incorrupto de San Diego que sirvió de ábrete sésamo a un canónigo de Alcalá de Henares a la hora de franquear todos los controles de seguridad de La Paz y acceder hasta la habitación contigua para administrar, eso sí, a través del tabique de ladrillo y hormigón, la bendición al moribundo.

Ni siquiera la heroica consumación de la promesa del obrero cartagenero Salvador Tevar quien, a cuenta de que el Altísimo obrara el milagro, recorrió a pie los ocho kilómetros que separan la Puerta del Sol de la clínica con un saco de cemento de 50 kilos sobre los hombros, gracias al apoyo logístico de una ambulancia, puesta a su disposición por la Dirección General de Seguridad, y al aliento de una serie de cirineos espontáneos que le acompañaron en las sucesivas fases del trayecto, ofreciéndole tabaco y coñac.

Lo que no había podido detener el equipo médico habitual en aquella dramática operación en el botiquín del cuerpo de guardia de El Pardo, cuando el doctor Pozuelo tuvo que extraerle a mano un coágulo de la faringe del tamaño de un puño y hubo de recurrir al ministro de Educación Martínez Esteruelas para que hiciera de improvisado camillero, mientras el anciano se desangraba como un becerro degollado envuelto -como evocaba anteayer magistralmente Victoria Prego- en la mismísima alfombra del salón; o con el Billroth 1, mediante el que el cirujano Hidalgo Huertas le redujo el estómago hasta hacer de él poco menos que un vegetal entubado a expensas de la depredadora cámara fotográfica de su propio yerno No, lo que no había podido detener la ciencia, tampoco lo pudo detener la fe.

Fue entonces, al filo de las seis de la mañana de tal día como hoy de hace 30 años, cuando se abrió la puerta del acuartelamiento de la compañía de Plana Mayor de la Agrupación de Tropas del Ministerio del Ejército, sito de espaldas a la Cibeles en la calle de Prim, y el Tercer Imaginaria que ya contaba los minutos que faltaban para volver al catre tras completar sus dos horas de rutinaria vigilia, se encontró de repente abrazado por el capitán que llegaba desde el cuerpo de guardia gimoteando que había muerto «el Caudillo», mientras no podía evitar que se le viniera a la cabeza el estribillo de una canción de moda, empeñada en proclamar que «mil campanas suenan en tu corazón».

Yo era ese Tercer Imaginaria. No me alegraba por la muerte de un hombre respecto al que nunca había tenido sentimiento personal alguno y al que siempre había considerado como un desagradable accidente histórico, sino por los nuevos horizontes que de forma bien patente se abrían para nuestro país. Claro que ni en mis mejores sueños podía yo entonces concebir que aquella sociedad pacata, en la que, cuando nació la hija de los amancebados Marisol y Antonio Gades, el Hola suspiró: «¡Lástima que la situación de los padres de la pequeña no permita celebrar con el júbilo natural el acontecimiento de esta maternidad!», fuera a convertirse en el actual paraíso de la tolerancia y la libertad personal.Que aquella nación insolidaria y atrasada en la que sólo 28.236 personas hacían la declaración de la renta, el 1,22% de las familias poseía más del 22% de la riqueza y en la que el gobernador de Baleares proclamaba que «puesto que no nos quieren admitir en el Mercado Común, que se lo metan por donde les quepa», se transformaría en la octava potencia industrial del mundo. Que aquel Estado totalitario en el que todas las estructuras del régimen se conmovían cuando una loca con aires de visionaria clamaba desde la tribuna de invitados del Consejo Nacional del Movimiento que «España es de Franco y su heredero es su nieto Cristóbal», llevaría ya camino de afrontar sus décimas elecciones generales consecutivas bajo el amparo de la Monarquía Constitucional.

El éxito, el acierto, el triunfo, la superación y la gloria de España durante estos 30 años han sido de tal calibre que el actual intento de remover sus cimientos más esenciales -la reconciliación, el consenso constitucional, el modelo de Estado autonómico- sólo puede entenderse como la última expresión arcaizante de nuestro secular masoquismo patológico. Y la mejor prueba de que el requetemoderno ZP rema hacia atrás en el túnel del tiempo es que, vueltas ya sobre la mesa casi todas las caras de los problemas artificialmente creados por ese revisionismo suicida, la única estrategia medio inteligible del Gobierno consiste en intentar desviar la atención de la opinión pública, resucitando el fantasma del franquismo para hacer de él un espantapájaros al que alancear y una coartada sobre la que justificar sus desvaríos. Por eso el 41% de los españoles cree que la política de Zapatero «reabre las heridas del pasado» y sólo el 25% que «favorece la reconciliación».

Retirada la estatua de su plinto, homenajeados con insistencia Companys y Carrillo (buscando sin duda agraviar a las víctimas de su remota, digamos como mínimo, negligencia), removidas ya cuantas fosas nada comunes pudieran quedar de un lado del río de la memoria, la efeméride de hoy ha propiciado el apogeo del revival televisivo del general gordito. Y ahí estábamos, bajo la complaciente mirada del último primer ministro rojo -perdón, escarlata- de la Europa Occidental, dedicando nuestros sesenta y un segundos a dirimir el futuro del Valle de los Caídos porque, claro, como alegó con su mejor intención uno de los ponentes, «el dictador sigue enterrado bajo la basílica cristiana». Yo le pregunté si se refería a Felipe II, pues El Escorial siempre ha formado parte del mismo itinerario de viajes de fin de curso, y él me respondió que hay que poner a cada gobernante en su contexto histórico, como si en la Europa de los años 30 y 40 hubiera resistido alguien más que Churchill a la oleada de camisas pardas, negras y azules, hasta que Mister Marshall vino a liberarnos, pero se le olvidó parar en Villar del Río, pese a los muchos aspavientos que le hizo Pepe Isbert.

Pero, no importa. Aunque como escribía Carlos Boyero en su columna Sobredosis de dictador, «lo de bailaré sobre tu tumba queda muy literario, pero resulta agotador», los hay inasequibles al desaliento.Franco sigue vivo, dicen, en la intransigencia de la cúpula del PP, en las manifestaciones «sotanescas», en la «incitación al odio» de la Cope, tal vez incluso en la «amoralidad al servicio de la derecha más extrema» del director de EL MUNDO. Lo que no consiguieron ni el manto de monseñor Cantero, ni el cacho de pedazo de trozo de San Diego, ni la piedra expiatoria del peregrino del coñac, parecen haberlo logrado los rubalcabas del momento: el franquismo, sigue vivo y aún habita entre nosotros. De ahí la inevitabilidad de esos pactos, a veces tan incómodos y desagradables, que la sacrificada izquierda democrática se ve abocada a alcanzar con los emperrados nacionalistas para revigorizar el «¡No pasarán!» con el que Felipe González alcanzó en 1996 su penúltimo éxtasis en Barcelona.

«Pues ya hemos pasao», le contestó pocas semanas después Aznar con más escepticismo que ironía. Eso es lo que los actuales amos de España consideran que no puede volver a suceder. En otros países le llaman alternancia democrática. El que lo hace mal se va a su casa y los más panolis, como Carter o Bush padre, no pasan del primer mandato. Aquí no, porque lo que ocurre es que los herederos de aquellos negros castradores de ilusiones que obligaron a Manuela de Madre a emigrar de Huelva a Cataluña, con su maleta de cartón a rastras y la Brigada Político Social pisándole las trenzas, ahora tratan de reprimir también la espontánea expresión de esa nueva «identidad nacional» adquirida entre el pueblo que le dio la libertad.

Maragall lo ha explicado aún mejor en relación a Montilla: Franco pretendió ahogarlo en el pantano que construyó en su Iznájar natal y ahora EL MUNDO intenta hacerlo en la charca de la injuria, con esa intolerable pretensión de que deje de servir de árbitro a aquellos que acaban de condonarle un crédito. ¡Qué sería de nosotros si, como dice León Felipe, no hubiéramos «oído ya todos los cuentos»!

Sostiene Montilla que sólo yo veo esa incompatibilidad y que he planteado nuestra denuncia sin «argumentos jurídicos». Respecto a lo primero baste la reflexión pública de nada menos que su teórico jefe el vicepresidente Solbes, nada menos que en la sede de nuestro periódico: «A lo mejor Montilla se plantea inhibirse de alguna decisión ». Respecto a lo segundo, es verdad que aún no hemos abierto el Código Penal, pero supongo que los estatutos de la Caixa y la legislación civil y mercantil también tienen valor «jurídico» incluso para el Primer Secretario de los Socialistas de Cataluña. Esperamos con especial interés el ejercicio de su «libertad de expresión» -tan ardientemente defendida por Fernández de la Vega- en el hemiciclo del Congreso de los Diputados.

Aunque Montilla parezca empeñado en convertirse en el Corcuera de ZP -después de que la feroz represión del franquismo impidiera a uno y a otro cursar estudios universitarios-, aquí no se dirime nada personal. De hecho si cada vez que un miembro del Gobierno me llama «amoral», «extremoderechista», «mentiroso», «difamador», «chantajista» y «ególatra» o «idólatra» -esto último debe ser por mi rendida admiración no sólo hacia Churchill, sino también hacia Jefferson y Lafayette-, salen luego una fundación alemana, una universidad de prestigio internacional y un jurado de catedráticos e investigadores de cinco países diciendo cosas que sólo repetiría sin sonrojo mi difunta abuela para avalar su decisión de concederme el Premio Montaigne, pues estoy por pedirle a Pepe Bono que organice un turno de flageladores entre sus compañeros de Gabinete.

Viene a cuento todo ello porque si hay un único mérito real que un director de periódico empecinado puede esgrimir para ser remotamente digno de un galardón que lleve ese nombre, es su condición de trapero de la realidad. Cualquiera diría que, desde la cima de su castillo, el señor de Montaigne era capaz de percibir en qué consistiría el desarrollo de un proyecto intelectual en la sociedad de la información, cuando hace más de 400 años escribió esto de sí mismo: «No estudié para hacer un libro. Mas sí estudié algo porque lo había hecho, si a revolotear y pellizcar de aquí y de allá, ora de un autor, ora de otro, puede llamársele estudiar.En modo alguno para formar mis ideas; sí para, una vez formadas, ayudarlas, secundarlas y servirlas». El problema de Montilla no es lo que piense yo de él -que supongo que le traerá tan al fresco como a mí sus balbuceos-, sino la habilidad de los redactores de EL MUNDO para rellenar las elipses de un informe del Tribunal de Cuentas que corrobora e ilustra esa mala opinión, hasta hacer de ella la palanca de toda una crisis política.

Qué calados nos tenía también Montaigne a quienes en la lid de la polémica suplimos nuestras limitaciones literarias con el efectismo, a veces tan fulgurante, de lo que Umbral llama «intertextualidad».Nada me ha honrado tanto estos días como descubrirle en uno de sus Ensayos, aplicándose a sí mismo el cuento: «Y así estos palos poéticos [‘¡Zas!, en el ojo; ¡zas!, en el hocico; ¡zas!, en las costillas del cochino’*] grábanse aún mejor en el papel que en la carne viva. ¿Y qué me decís de estar más atento a los libros, desde que los acecho por ver si podré sisar algo con que esmaltar y apuntalar el mío?».

Cuánto me legitima esta cita para seguir libando los mejores néctares en lo más alto de la montaña, pensando que, una vez deglutidos, procesados y reelaborados, podré regurgitarlos sobre cualquier anecdótica montilla que asome por el camino. Así en el Capítulo XV de su Libro Primero -titulado Somos castigados por empeñarnos en una plaza sin razón- Montaigne hace unas reflexiones que parecen escritas para que, con toda cordialidad y aprecio, se las traslade yo hoy a Zapatero:

«El valor tiene sus límites, como todas las virtudes; y cuando los traspasamos caemos por la pendiente del vicio; de manera que a través de él podemos dar en temeridad, obstinación y locura De esta consideración nació la costumbre que tenemos en la guerra de castigar, incluso con la muerte, a aquellos que se empeñan en defender una plaza que, según las reglas militares, no puede resistir».

Lo cual es aplicable al Estatuto, a la OPA y, por supuesto, al ministro de Industria.

(*) Seguro que no faltarán quienes reconozcan en estos versos entre corchetes, que Montaigne toma de su casi contemporáneo el poeta francés Clément Marot, una precisa descripción de algunas de las técnicas más habituales del periodismo de opinión que se practica en la España actual.