Un almacén de formas de vida

Hasta mediados del siglo XIX se creía que los fondos marinos a partir de 200 metros de profundidad estaban desprovistos de vida. Sin embargo, la necesidad de conocer los fondos oceánicos para instalar cables telegráficos aconsejó estudiarlos con más detalle. La primera gran expedición para describir nuestros mares fue llevada a cabo por el buque británico HMS Challenger y duró desde 1872 a 1876. Se recorrieron casi 70.000 millas a lo largo del Atlántico, Pacífico e Indico y se realizaron más de 1.000 dragados y recogidas de muestras. Los resultados mostraron por primera vez la enorme diversidad de la flora y fauna marinas (se encontraron más de 4.000 especies desconocidas). El mito de la ausencia de vida en los grandes fondos saltó por los aires. Desde 1870 se han realizado más de 2.000 expediciones, pero tan sólo se ha podido muestrear menos de un 5% de los fondos marinos. Imagínense que sólo conozcan un 5% de su casa o de su ciudad. Estamos aún ante un gran desconocido… que cubre las tres cuartas partes de la Tierra.

Sin embargo, empezamos a tener una idea aproximada de lo que sabemos y no sabemos. Hasta ahora se han descrito unas 230.000 especies, pero las estimaciones sugieren que los diferentes organismos marinos (excluyendo a bacterias, virus y arqueas) podrían ascender hasta cerca de un millón. De todas estas especies, unas 200.000 son animales, algo menos de 8.000 son plantas y casi 20.000 son algas microscópicas. El grupo de animales más numeroso son los crustáceos (50.000), seguidos de cerca por los moluscos (44.000). Los peces sólo contienen unas 17.000 especies, y los mamíferos sólo 135. Los científicos también han calculado que las colecciones de laboratorios y museos, donde se guardan especímenes recogidos en expediciones y que están pendientes de ser descritos, podrían suponer unas 70.000 nuevas especies más. No es un problema fácil de solucionar, no olvidemos que entre que se captura una especie y se hace su descripción pasan de media 21 años. Ello explica la complejidad del problema y la dificultad de la taxonomía, la ciencia que estudia la descripción de las especies.

Las visitas a los fondos marinos, mucho más frecuentes en las últimas décadas, también están sirviendo para encontrar formas de vida totalmente desconocidas o bien consideradas extinguidas. Se han encontrado peces y langostas que se creyeron extinguidas hace 50 millones de años. Se han descubierto enormes bancos de corales profundos de más de 400 km de longitud frente a Mauritania, y extensiones de mas de 130.000 km2 (similar a la superficie de Grecia) de masas de bacterias frente a Chile. En 1977, en los fondos abisales cerca de las islas Galápagos, se descubrió la primera zona hidrotermal donde la fauna utiliza como fuente de energía y alimento la quimiosíntesis. Ahora conocemos más de 1.000 de estas zonas. Estos nuevos ecosistemas conllevan formas de vida también desconocidas, como cangrejos que llevan a cuestas su “huerto” de bacterias y las comen cuando hay poca comida disponible. O adaptaciones fisiológicas para poder vivir a presiones 50 veces superiores a las de superficie, y a temperaturas cercanas a los 0º C. Todo un mundo que seguimos sin conocer.

La vida en la Tierra se originó hace más de 3.500 millones de años, y desde entonces han evolucionado y continúan evolucionando las especies que conocemos. Cada especie representa una solución diferente para el problema de vivir, lo que implica formas, estructuras y funciones diferentes. Desde hace millones de años se siguen fabricando estructuras o moléculas que no sólo son útiles para la especie que las posee, sino también para el hombre. ¿Cuantas estructuras habrá por conocer o moléculas por copiar? ¿Han observado alguna vez el esqueleto de una esponja como la regadera de las Filipinas? Es de una belleza arquitectónica digna de una medalla de oro. ¿Saben que hay superficies en artrópodos con un índice de reflexión igual a cero? Se han copiado para usarlos en paneles solares y evitar pérdidas de energía. Otras especies generan sustancias útiles para combatir muchas enfermedades.

Desgraciadamente el mar no es la despensa de la humanidad como antes se creia. La productividad primaria (la cantidad de materia orgánica que se genera a partir de la fotosíntesis) de la mayor parte de nuestros océanos es como la del desierto del Sáhara. Es decir, el mar es sobre todo una gran despensa de agua salada. Sin embargo, además de los peces y otros recursos, ahora sobreexplotados, nuestros océanos contienen formas de vida que han fabricado y continúan fabricando las condiciones ambientales que hacen posible nuestra existencia. Podemos observarlas, podemos copiarlas, podemos admirarlas y quizás así no olvidaremos que seguimos necesitando al resto de seres vivos mucho más de lo que ellos nos necesitan a nosotros.

Enrique Macpherson, investigador del Centre d’Estudis Avançats de Blanes (CEAB-CSIC).

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