Un alto el fuego con Hamas

Por Abraham B. Yehoshúa, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora Traducción: Sonia de Pedro (LA VANGUARDIA, 21/10/07):

Hace unas semanas, un grupo de intelectuales israelíes publicó una carta abierta dirigida al Gobierno de Israel; en ella se le pedía que hiciera todo lo que estuviera en su mano para que en la cumbre internacional que se celebrará en noviembre se llegara realmente a un acuerdo y no se quedara todo en una mera declaración de buenas intenciones hacia el Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Además, se llamaba a iniciar en paralelo negociaciones con Hamas con el fin de alcanzar un alto el fuego.

La primera petición fue muy bien acogida; en cambio, la segunda causó asombro y fue mal recibida. ¿Cómo podíamos solicitar al Gobierno israelí que negociara con una organización que niega la existencia del propio Estado de Israel? ¿No estamos así legitimando moralmente esa ideología radical y cuestionando la lucha de Al Fatah contra Hamas?

Nuestra respuesta fue la siguiente. Desde la creación del Estado de Israel, los distintos gobiernos, tanto de derechas como de izquierdas, han negociado con países y organizaciones que no reconocían en absoluto a Israel. Por ejemplo, con Jordania, que atacó Israel en 1948 a fin de impedir que se cumpliera la resolución de la ONU donde se establecía el Estado judío. Lo mismo ha ocurrido con Siria y Egipto, tras las guerras de 1956, 1967 y 1973. Israel ha negociado con ellos pese a que sabía que el alto el fuego no implicaba que fuera reconocido como Estado. Incluso con la OLP, que negaba toda legitimidad a Israel y que llevaba a cabo una lucha de guerrilla en el sur de Líbano contra el Estado judío, el líder de derechas Menahem Begin firmó en 1981 un alto el fuego.

Sin duda, los gobiernos israelíes sabían que esos altos el fuego podían ser temporales y permitían al enemigo rearmarse, pero a pesar de todo creo que Israel se guiaba por el principio de que, si quería asegurarse su existencia en la región, había que reducir el baño de sangre entre judíos y árabes. Y es que Israel tenía claro que nunca podría vencer definitivamente a los árabes y que debía conseguir ser reconocido como Estado, algo que logró con Egipto y Jordania. Los egipcios, los jordanos y los palestinos no suponen para los israelíes lo mismo que representaban los vietnamitas para los norteamericanos, los afganos para los soviéticos o los argelinos para los franceses. En estos casos, tras las sangrientas luchas, los dos lados combatientes se separaron, y sus poblaciones podían dejar de estar en contacto. En cambio, en el caso de Israel se trata de sus países vecinos, y por tanto se debe hacer todo lo posible para mitigar el sufrimiento de la población, un dolor que deja profundas cicatrices en la conciencia del pueblo incluso después de firmarse la paz. Por ello, lo más lógico es alcanzar un alto el fuego con Hamas, aun cuando sea temporal y frágil y aunque suponga que el enemigo pueda aprovecharlo para posicionarse mejor y hacerse más fuerte.

Hamas controla Gaza. No es una mera organización terrorista, sino un enemigo real que llegó al gobierno a través de unas elecciones generales. Israel evacuó los asentamientos de colonos de Gaza y desmanteló los puestos militares. Pero, en vista de los continuos ataques, Israel tiene pensado declarar en el futuro la franja de Gaza zona hostil y cortar el suministro de luz eléctrica y gasolina. Por eso, antes de que se tomen esas medidas tan drásticas, en cierto modo justificadas ante el lanzamiento de cohetes sobre la población del Neguev y de la ciudad de Sderot, Israel debe proponer a Hamas un alto el fuego y llamar a la población palestina de Gaza a presionar a su gobierno, para que cese el ataque con cohetes, que generalmente realiza gente sin escrúpulos y pagada por Irán. Y es que Hamas sí puede controlar y detener a esas personas. No olvidemos que Gaza se halla tan sólo a setenta kilómetros de Tel Aviv, y esperamos que algún día podamos mantener con Gaza, ahora que ya no está bajo ocupación israelí, unas buenas relaciones de vecindad.

Además, una Gaza en calma hará que el Gobierno israelí convenza más fácilmente a su población de seguir negociando con la Autoridad Nacional Palestina para retirarse de más territorios ocupados en el 67. Y a pesar de la enemistad declarada entre la ANP y Hamas, a los palestinos de Cisjordania les interesa llegar a un alto el fuego con Hamas e integrar poco a poco a los dirigentes de Hamas en una futura negociación. El alto el fuego obligaría a Hamas a detener sus acciones terroristas y sus atentados suicidas, y a Israel, a no efectuar asesinatos selectivos ni detener a sus líderes.

Es cierto que Hamas puede aprovechar el alto el fuego para rearmarse más para el siguiente asalto, pero en todo caso Israel es más fuerte que Hamas, por lo que es probable que la calma que imperaría a ambos lados de la frontera ayudaría a que ese alto el fuego se hiciera más prolongado. Al fin y al cabo, si Hamas quiere demostrar que su gobierno es bueno para los palestinos, tendrá que darles calidad de vida.

Un alto el fuego con Hamas no implica legitimar su ideología así como tampoco supone que Hamas reconozca a Israel; sin embargo, es un paso necesario para lograr cierta calma que permita alcanzar un acuerdo más amplio.