Un año fuera de España

Un año y un día es un plazo que inevitablemente suena a condena, pero también es el tiempo que mañana cumplirá fuera de su país uno de los españoles más españoles que he conocido, Juan Carlos I, a quien desde su abdicación algunos conocen como Rey Emérito.

El 3 de agosto de 2020, con bastante sorpresa para los ciudadanos, y ninguna voluntad por parte del afectado, salió de España el Rey a quien los políticos más corrosivos del país niegan su contribución al desarrollo y progreso. Unos cuantos han decidido reiteradamente, a lo largo de este año, que no es el momento oportuno para su regreso.

Su salida, que vino precedida de la llamada pena del Telediario, sirvió para un debate con gran expectación e interés entre los politólogos pero también entre las personas de a pie, muchas de las cuales no habían conocido a ningún Rey. Se debatía sobre las razones por las que había salido de España, a qué destino, si regresaría a España, dentro de cuánto tiempo, y cuál sería su papel futuro en nuestro país. Y el debate fue tomando cuerpo y fijando posiciones entre los que pensamos que su marcha era un error y los que se alegraron, sin mesura, después de haber sido provocadores de esta salida.

Se dijo que la coincidencia de los dos Reyes (situación poco conocida) sería fuente de muchos conflictos y que lo ideal sería la solución Castelgandolfo, donde el Papa Francisco manda y el Papa Benedicto XVI reza y calla.

Nadie podrá negar que a lo largo del año transcurrido, la conducta del Rey Juan Carlos ha sido ejemplar, expresando por escrito y de palabra su disposición para regresar a España si fuera requerido para ello por las autoridades judiciales.

La realidad ha sido que, tras su abdicación, ha ofrecido y prometido su incuestionable lealtad a su hijo Felipe VI, cortando de raíz -como Benedicto XVI- cualquier duda que pudiese surgir como consecuencia de la bicefalia.

Frente a este comportamiento ejemplar de los dos Reyes, hemos asistido a comportamientos injustamente hostiles hacia los dos Monarcas. Muchos protagonizados por quienes ocupan puestos relevantes.

Ya sabemos los españoles que Don Juan Carlos no está encausado -y mucho menos condenado, claro- por tribunal alguno ni en España ni en el extranjero. Y, por tanto, se le debe seguir aplicando la presunción de inocencia como a cualquier ciudadano. Pero también que existe en la práctica una condena real por la que con comentarios, fotos y vídeos se puede dar a entender que una persona está ya sentenciada cuando no se ha iniciado siquiera la instrucción del caso. Las televisiones públicas (TVE y TV3), pagadas con los impuestos de los españoles, han sido inadmisibles practicantes de esta técnica. Recuerden unos y otros que el Rey no está sentenciado, ni juzgado, ni imputado y que por tanto no se justifica su acuchillamiento ni el permanente lanzamiento de rumores que en muchas ocasiones preceden a actos vandálicos que avergüenzan a los españoles: la quema de sus fotos, la supresión de los nombres de las calles, el derribo de estatuas o monumentos, la retirada de medallas, nombramientos y otros honores bien ganados por su actuación defendiendo a España.

Destacarán los historiadores que fue siempre una persona que se ofreció a trabajar por su país desde muy temprana edad cuando siendo un niño tuvo que abandonar a su familia y amigos para venir a España a formarse (bachillerato, tres academias militares, Derecho en la Facultad Central de Madrid). Casó cuando correspondía y con quien debía y tuvieron tres hijos que aseguraban la sucesión de la Corona. Y estuvo disponible a mediados de los 70 cuando había que dar respuesta a la pregunta que en el extranjero se hacía todo el mundo: After Franco What?

Dio la mejor respuesta posible cavando personalmente y con ayuda de muy pocos el surco por el que transitaría la recién nacida democracia española, capitaneando y guiando a su país por el camino de la tolerancia y la concordia, lo que no impidió, o precisamente por ello, la intentona de un golpe de Estado contra el sistema de libertades nacido cuatro años antes con la Constitución de 1978.

De todo eso escribirá la Historia y de todas las dificultades económicas y sociales con las que los españoles sufrimos primero y gozamos después. Los que nada hicieron por construir ese mundo de progreso, y sí para atacarlo y destruirlo, gritarán, insultarán, quemarán fotos, derribarán estatuas y seguirán dando muestras de su incapacidad intelectual y ausencia de tolerancia.

Ha llegado el momento de que los españoles cambien de chip.

Sin afirmar que haya sido ejemplar la vida privada del Rey Juan Carlos, pues sabemos que no lo fue, no debemos olvidar el altísimo precio que ya ha pagado por sus errores humanos: la renuncia a la Corona del Reino de España, pasando por la pérdida de todo ingreso con cargo al Presupuesto nacional y culminando con el insulto permanente y falta de respeto a su figura por parte de cuantos radicales y antisistema ocupan puestos oficiales. Pero lo grave es que, frente a estas conductas, son casi inexistentes los casos contrarios ya que, ni en público ni en privado, se hace referencia a lo que constituye el formidable legado que deja Don Juan Carlos a España.

Cuando a alguien se le valora o se le juzga hay que considerar su vida mirando lo que hay en ambos platillos de la balanza: el de los éxitos y el de los errores. En este caso no se hace. Solo miramos uno, como si el de los éxitos estuviese vacío. No somos conscientes de lo mucho que progresó el pueblo español en los ámbitos de concordia, de desarrollo social, de progreso económico y cultural... que facilitaron la imagen y prestigio de España. Los españoles que hemos recibido y disfrutado de todo ese legado le pagamos ahora con el olvido y la ingratitud.

Si estamos en tiempos de normalización de la vida española, pocas cosas son menos normales que la ausencia del Rey de España dentro de nuestras fronteras.

Despertemos todos los españoles y reclamemos que se cierren de una vez todos los expedientes y el Rey pueda regresar a su casa, España, donde somos muchísimos los ciudadanos que querríamos verle entre nosotros.

Carlos Espinosa de los Monteros es técnico comercial del Estado y abogado.

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