Un ansia de seguridad personal y social

Por Joaquín Estefanía (EL PÁIS, 26/03/07):

Mientras llegábamos al primer medio siglo de la Europa unida, se multiplicaban las circunstancias que sirven para significar el cumpleaños. Primera circunstancia: una encuesta publicada en el Financial Times da a los españoles el primer lugar de satisfacción con la Unión Europea (UE); un 53% de los españoles opina que su calidad de vida ha mejorado desde la entrada de nuestro país en el club europeo, en 1986, y un 19% asocia el concepto “democracia” con el de la UE.

Segunda circunstancia: la constructora española ACS ha comprado el 25% de la alemana Hochtief, la tercera del mundo en tamaño. Este último movimiento empresarial, impensable hace escasos años, avala la creciente presencia de las grandes empresas españolas en el Viejo Continente: Europa representa ya casi el 20% de la facturación total de las empresas del Ibex 35.

Tercera circunstancia: en las conclusiones del libro Qué piensan los ‘neocon’ españoles, uno de ellos escribe: “Europa, de la mano de la socialdemocracia, el socialismo, el comunismo residual y grupos radicales y alternativos, se ha convertido en una fábrica de descreídos que, paradójicamente, creen en cualquier cosa, desde el inminente desastre climático a la alianza de civilizaciones. Aun peor, la opulencia de todas estas décadas en las que los europeos sólo han pagado por la mantequilla mientras los americanos lo hacían además por los cañones, ha generado una cultura hedonista del aquí y ahora…”.

Estas tres y otras circunstancias que se podrían añadir, actualizan una idea segmentada de la actual Europa: lo que piensan los ciudadanos comunes, los empresarios y los ideólogos castizos más sombríos. Cuenta Dahrendorf una anécdota del primer ministro británico Harold McMillan, en la década de los cincuenta. McMillan pronunció un discurso en un estadio de fútbol, que pasaría a la historia, fundamentalmente por esta afirmación: “Seamos sinceros, a la mayoría de nosotros nunca nos ha ido tan bien como ahora. Recorred el país, las grandes ciudades, los pueblos pequeños, y encontrareis un bienestar que jamás habéis visto antes, al menos en la historia de este país”. Más allá de versiones interesadas, medio siglo después, trasladados a España, también podríamos decir que “a la mayoría de nosotros nunca nos ha ido tan bien como ahora”, siempre que a continuación nos preguntemos quiénes somos “la mayoría de nosotros” y si ese progreso del bienestar es irreversible.

Si hubiera que encontrar un relato, una idea-fuerza que recogiese lo sucedido en España en el último medio siglo, ésa sería la de la larga marcha hacia Europa, nuestra utopía factible, en busca del tiempo perdido durante la Guerra Civil y el franquismo más fanático y sectario. Y esa larga marcha, el camino recorrido, ha sido tan importante como la meta obtenida. Una vez dijo Claudio Magris, y lo cito de memoria, que los humanos deberíamos actuar como Moisés, que sabe que nunca llegará a la tierra prometida pero que no renuncia a caminar hacia ella: ¿no tenía razón el Rey Arturo cuando afirmaba que lo importante no es el Santo Grial, sino su búsqueda?

En esa larga marcha hacia la modernidad, que Ortega definió hace casi ya un siglo (“España es el problema, Europa la solución”. La pedagogía social como problema político, 1910) han participado todas las ideologías centrales, aunque con distintas motivaciones: los tardofranquistas, para salvar al Régimen de su inoperancia económica; los más liberales, buscando de Europa su economía de mercado, aunque no su modelo social al que consideran una rémora para la eficacia; el resto, demandando al mismo tiempo las libertades, la prosperidad y el Estado de bienestar que definen las señas de identidad dela Europa unida. Entre las élites reivindicadoras de Europa han figurado los economistas -justo es reconocérselo en el momento de una buena coyuntura como la actual- porque ayudaron a que “todo lo que era económicamente inevitable fuera políticamente factible”, en palabras de Fuentes Quintana, unos de los españoles que mejor representan ese tránsito. Hay tres documentos de política económica que simbolizan la continuidad de esa larga marcha de la autarquía a la europeización a través del último medio siglo: el Plan de Estabilización de 1959; los Pactos de La Moncloa de 1977, firmados por todos los partidos con representación parlamentaria (derecha, centro, socialistas, comunistas y nacionalistas), y el Programa a Medio Plazo de la Economía Española 1983-1986, con el que los socialistas empezaron a gobernar la primera vez. Estos tres hitos se complementan con una decisión: la del PP en 1996, de conseguir que España entrase sin retrasos, por primera vez en su historia, en algún acontecimiento europeo: la moneda única.

Es más fácil seguir los hilos de la continuidad hacia Europa en la política económica que en los recovecos, marchas hacia atrás y hacia adelante y picos de sierra que nuestro país ha sufrido en la política general. El Plan de Estabilización, fruto de la colaboración de un grupo de jóvenes economistas recién salidos de las primeras facultades de Ciencias Económicas que casi engañan a un Franco analfabeto funcional en lo referente a la economía, rompe con el aislacionismo del Régimen y menciona a Europa como objetivo natural de la economía española (en un esquema de economía de mercado con dictadura política). Los Pactos de La Moncloa, de los que este año se cumplen los primeros 30 de su firma, instauran por consenso la política económica de sacrificios compartidos, con el objeto de que no se repita nunca más la nefasta experiencia de la Segunda República: la coincidencia de una crisis económica y un cambio de régimen acaba con el experimento modernizador y esperanzador que supuso aquella. El Programa Económico con el que gobiernan los socialistas a partir de 1983 se aplica después de tirar a la basura el programa electoral de expansión de la demanda (parecido al del primer Mitterrand), a contrapié de lo que se hacía en el resto del mundo, con el que habían ganado las elecciones, conectando con el mejor espíritu reformista y europeísta de los Acuerdos de La Moncloa. Excepto que esta vez la política económica no se aplica por consenso, sino asentada en la mayoría absoluta obtenida de las urnas, y en la autoridad y popularidad de Felipe González. Por último, en la segunda mitad de los años noventa, Aznar y Rato subordinaron el resto de los objetivos económicos a la entrada en el euro. Cuando Zapatero llega a La Moncloa, Europa es la de la Constitución fallida, la ampliación y la de la necesidad de una política energética común, que todavía está en trance de definirse.

¿Qué es lo que ha obtenido España en esta larga marcha? Primero, el sistema político europeo: la democracia. A continuación, su sistema económico: la economía de mercado en el marco de referencia de nuestra época: la globalización. Más allá, su modelo social: el Estado de bienestar, aunque todavía el gasto social per cápita español sea inferior a la media europea. Por último, un grado de convergencia real por el que la renta per cápita española está en la media europea, en parte por el avance hacia el bienestar (crecimiento permanente por encima de los países de nuestro entorno), en parte como efecto estadístico de la ampliación de la UE de 15 a 27 miembros, la mayor parte más pobres que nosotros. En este tiempo hemos pasado también de una moneda, la peseta no convertible (luego convertible), a su desaparición en beneficio del euro, como símbolo de la soberanía compartida. De la miserable autarquía a ser beneficiarios de la globalización. Y lo más significativo desde el punto de vista sociológico: de ser una sociedad que expulsaba a sus hijos hacia el exterior para que pudieran sobrevivir, económica o políticamente, hemos devenido en receptores de millones de inmigrantes de otras partes del planeta que pretenden nuestros grados de bienestar.

¿Significa ello que estamos en el panglosiano mejor de los mundos posibles? Ni mucho menos. Pero en este momento de conmemoración relajemos un poco el nivel de crítica. Las negociaciones para la integración de España en la UE, desde que comenzaron, fueron en buena parte un fin en sí mismo. Europa ha sido para los ciudadanos españoles, como presagió Keynes tras la Segunda Guerra Mundial, “un ansia de seguridad personal y social”.