Un arquitecto de Barcelona

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 07/12/07):

Es probable que la primera visión de un visitante de la exposición de 1929, llegado a Barcelona por mar, fuese el edificio de la Nueva Aduana. Luego, si accedía al centro por la Vía Laietana, vería el edificio de la sede de La Caixa, en la esquina de Jonqueras. Pero, si subía por lo que hoy es el paseo de Lluís Companys, contemplaría el Palacio de Justicia. Al pasar más tarde por la plaza de Catalunya, contemplaría –en la esquina del Paseo de Gràcia con Ronda de Sant Pere– las casas Pons i Pascual; y siguiendo por el Paseo de Gràcia hasta el cruce con la Diagonal, es posible que se fijase en la iglesia de Pompeia. Por otra parte, tal vez nuestro visitante tuviese alguna hija estudiando en el Colegio de Jesús María. Quizá también le llamaría la atención, al pie del funicular del Tibidabo, la casa del banquero Arnús conocida como El Pinar. Y es seguro que advirtió que se estaba construyendo un templo en la cima del Tibidabo.

TODOS ESTOS edificios son obra –algunos en colaboración– del arquitecto Enric Sagnier i Villavecchia (1858-1931), autor de más de 300 obras documentadas, realizadas a lo largo de medio siglo y ubicadas en su mayor parte en Barcelona. De hecho, Sagnier es el arquitecto que tiene más obras inventariadas (59) en el catálogo del Patrimonio Artístico de Barcelona. Además de autor de algunos edificios que –abstracción hecha de sus características arquitectónicas– conforman la imagen de Barcelona, es uno de los hombres que contribuyeron a cambiar la capital de Catalunya, a lo largo de la prolongada etapa de plenitud colectiva que coincidió con su carrera profesional.
Hace unos días, se presentó en el Col.legi d’Arquitectes un libro excepcional sobre la obra de Sagnier, que ha sido impulsado con tesón, cuidado con esmero y financiado con largueza por su nieto Antonio Sagnier Bassas. En aquel acto, Lluís Permanyer dio dos claves para entender a Sagnier y a su obra. La primera, que se aprovechó de tres circunstancias favorables: dispuso del Eixample como escenario; vivió el apogeo del modernismo; y gozó de las facilidades de una época de fuerte expansión económica. Había solares para construir, se vivía un momento de fuerte vitalidad cultural, y se disponía de cuantiosos recursos. Y, en segundo término, Sagnier –fill de casa bona– era, según Permanyer, un señor, educado y elegante, dotado de distinción moral, que tendía, por su carácter, a escuchar al cliente y a dar una respuesta particular para cada caso. Al obrar así, contribuyó a crear aquel ambiente de complicidad y confianza entre sociedad y arquitectos que fue típico de la época. De esta predisposición a ponerse en el lugar del cliente surge quizá el rasgo de Sagnier que más veces aparece en relación con su obra: eclecticismo. Un eclecticismo visto como una personal indefinición estilística sensible al cambio de las modas.
En una Barcelona en la que hicieron eclosión los grandes arquitectos modernistas, Sagnier –aunque recibió el influjo de este movimiento en la utilización de las artes decorativas– se movía –según Francesc Miralles– “en la ambigüedad”, ya que su obra oscila “del neogótico con influencias nórdicas que utilizó en el edificio central de la Caja de Pensiones” hasta la “cripta neobizantina” del templo del Tibidabo. Oriol Bohigas insiste con ironía en esta misma idea, al referirse al palacio que el matrimonio Sert –padres de Josep-Lluís Sert– se hizo construir en Collserola: “Fue proyectado por el arquitecto Enric Sagnier –cuya generosidad económica por las obras eclesiásticas de Catalunya fue premiada por el Papa con un brillante marquesado– en la variante menos arriesgada de su infinito eclecticismo. Figura que es un palacio francés, sin grandes exigencias estilísticas, pero con la debida prosopopeya condal. Los Sert estaban muy orgullosos de su palacio, sobre todo cuando comparaban el señorío de su mansión con las veleidades modernistas del palacio que su pariente, el conde de Güell, se había hecho construir por Gaudí en la calle Nou de la Rambla”.
No parece aventurado concluir de todo ello que, al lado de los grandes arquitectos modernistas, Sagnier fue un arquitecto previsible y excelente artesano, cuya obra no puede, sin embargo, limitarse –como a veces se hace– a la construcción de edificios eclesiásticos –bastantes de ellos vinculados a los salesianos– y de casas para la aristocracia y la alta burguesía más convencionales. Desde edificios para oficinas hasta instalaciones deportivas, pasando por casas baratas y orfelinatos, su legado es amplísimo y ha contribuido, de forma destacada, a fijar la imagen de Barcelona. Una imagen –obra de muchos– que trasciende a la Sagrada Família, la Pedrera y la Manzana de la Discordia.

RECOGE Santi Barjau –autor de una primera aproximación a la obra de Sagnier– el testimonio de un contemporáneo según el cual, “en un buen sector de la sociedad barcelonesa, al hablar del arquitecto todos entendían que se trataba de Sagnier: no concebían otro”. Quizá por eso mismo, la valoración de su obra ha estado marcada –al decir de Barjau– “por las opiniones que merecía su personalidad desde el punto de vista ideológico”, determinadas por una triple circunstancia: “conservadurismo político, vinculación institucional con la Iglesia y posición social de la familia”. Es muy posible que el magnífico libro presentado por su nieto facilite una revisión del legado de Enric Sagnier.