Un asunto privado

La vida familiar se ha modificado profundamente en las últimas décadas, hasta el punto de que la familia convencional ha dado paso a otros tipos de uniones familiares. Las formas de vida familiar se han vuelto muy variadas y heterogéneas. Formas que en el pasado reciente eran discriminadas o perseguidas, ahora son cada vez más frecuentes y socialmente aceptadas, o, si no son aprobadas privadamente, al menos no resulta políticamente correcto cuestionarlas en público. La forma de vida familiar que mejor expresa el alcance de este cambio es quizá la “familia homosexual”, entendida como dos padres del mismo sexo con hijos a cargo. Detrás de la aceptación social de esta forma de vida familiar se encuentran profundos cambios en el papel de la familia en la sociedad y en los proyectos de vida de las personas, así como en el control social que se ejerce sobre ellos.

Las normas sociales que antaño sujetaban la vida privada de los individuos a un estricto control social, y que definían dentro de unos márgenes bastante estrechos lo que hombres y mujeres, padres e hijos podían y debían hacer, han perdido su fuerza moldeadora de los comportamientos. Esta pérdida de control social ha dado lugar a un espacio social de libertad individual en la conformación de los proyectos de vida y en las formas de concebir y organizar la vida en pareja y en familia. El “qué dirán”, que no es sino la manifestación de la interiorización por parte de los individuos de ese control social, ha sido sustituido por un “¿y a ellos qué les importa?”, que marca un campo social de tolerancia hacia formas distintas de organización de la vida cotidiana y privada de las personas. La consecuencia de estos cambios ha sido la emergencia de la “familia negociadora” y la pluralización de las formas de vida familiar.

En el largo camino que lleva a la pluralización de las formas de vida familiar se han producido profundos cambios en el papel económico y social de la familia, así como en los significados que los individuos asignan a la vida en pareja y en familia en sus proyectos de vida. Es preciso comprender estos cambios para entender el alcance y significado de esta pluralización.

En el plano económico, la familia ha perdido la centralidad que antaño tenía en la determinación del bienestar económico de los individuos adultos.

El desarrollo del Estado de bienestar ha supuesto la externalización de funciones que antaño cumplían las familias, lo que ha hecho que los hijos pierdan valor económico para ganarlo en valor afectivo.

Por otra parte, el desarrollo de la sociedad de consumo ha supuesto la externalización a menor coste de mucha de la producción doméstica, que ahora se compra directamente en los mercados. Ello ha implicado la necesidad de disponer de ingresos monetarios cada vez mayores yha provocado asimismo la necesidad de que ambos cónyuges de la pareja aporten ingresos gracias a un trabajo remunerado. La tecnologización del hogar y la reducción de los precios reales de los productos, junto con la reducción de la natalidad, han hecho posible, además, que el tiempo que invertir en la producción doméstica haya disminuido considerablemente. Una consecuencia de este proceso ha sido el cuestionamiento generalizado de la definición tradicional de los roles de género y la “devaluación” del trabajo doméstico, así como del rol de “ama de casa”.

En el plano cultural, se han producido igualmente profundos cambios en los significados asociados a la vida familiar. Si, como señala el historiador francés Philippe Ariés, la “sentimentalización de las relaciones familiares” es lo que dio lugar a la familia moderna, con la emergencia de la familia negociadora los sentimientos han pasado a ocupar un papel de mayor centralidad en los proyectos de vida de las personas, sobre todo, en los proyectos de pareja. Una buena relación afectiva ha pasado a ser un elemento de capital importancia en la organización de la convivencia y en las relaciones entre los miembros de la familia. El amor ha pasado a ser el fundamento de todo proyecto de vida en pareja, ya sea esta heterosexual u homosexual, de forma que si desaparece, desaparece el sentido del proyecto de vida en común y se abre la posibilidad a la ruptura del proyecto de vida en común.

El que las formas familiares se hayan pluralizado no significa que la familia haya perdido importancia en los proyectos de vida de las personas, no significa la crisis de la familia, sino más bien lo contrario, implica que cada vez es más importante en nuestras vidas y pedimos más de ella. Es en un proyecto de vida familiar donde buscamos la felicidad. Y esto es difícil y, sobre todo, no se consigue ni con un acto ritual, como cuando se expresan los votos matrimoniales, ni a través de una institución social. De ahí que muchos lo intenten de una forma u otra, una o más veces.

Gerardo Meil, catedrático de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid.