¿Un atentado islamista en Bilbao?

Primero oímos hablar de ellos en remotos países como Irán o Egipto. Luego en lugares todavía más remotos como Afganistán. Después nos dijeron que habían llegado a nueva York y habían derribado unos rascacielos altísimos, y nos costó creerlo. Parecía el argumento de un telefilme y no una noticia de verdad. Después supimos que habían llegado a Madrid y que una gran estación de tren donde yo mismo había estado a menudo era un montón de ruinas teñidas de sangre. Luego supimos que estaban en Barcelona, más tarde en Burgos y ahora están aquí, en nuestra propia ciudad, a la puerta de nuestra casa.

¿Pero están aquí realmente? ¿Son de verdad integristas o vulgares carteristas? El ministro Rubalcaba ha alimentado la confusión, diciendo que eran tan sólo delincuentes comunes, para a renglón seguido añadir que «se sospecha» que usen una parte del botín para financiar el terrorismo en el norte de África. Pero si su vinculación con el terrorismo únicamente es ‘tan sólo’, como dice Rubalcaba, «una sospecha que se está investigando», es un error calificarlos de islamistas ya desde el principio. Por el momento todos los indicios disponibles apuntan a una pandilla de delincuentes comunes. Sin embargo, la investigación no ha concluido y, precisamente por eso, hubiera sido más prudente cerrar la boca y no aventurar hipótesis.

Puede que los arrestados de Bilbao sean realmente integristas. En enero de 2005 ya fueron detenidos en la villa seis argelinos y un español, acusados por Garzón de suministrar dinero y documentos falsos a terroristas islámicos en Europa. En este caso, a diferencia del actual, las evidencias apuntaban ya desde el primer momento al terrorismo como actividad principal del grupo. Por otra parte, los autores de la masacre de Atocha también habían surgido de los ambientes marginales de la pequeña delincuencia, el contrabando, las drogas, etcétera. En lo que va de año las autoridades ya han desarrollados otras cinco operaciones como la presente contra islamistas o sospechosos de serlo. Aunque al final la investigación determinase que los arrestados de Bilbao son tan sólo unos vulgares granujas, aun así hemos de afrontar la existencia de un colectivo que pretende matarnos y volarnos en pedazos, de manera que hemos de tomar medidas enérgicas o arriesgarnos a que un día cualquiera, en hora punta, la estación de Abando termine igual que la estación de Atocha.

Ahora bien, todo lo expuesto apenas supone novedad alguna. Durante décadas hemos tenido que lidiar con gente violenta que deseaba matarnos y volarnos en pedazos. La única diferencia es que no se trataba de extranjeros llegados de tierras remotas, sino de nuestros propios paisanos, y convecinos. Ahora, enfrentados a otro terrorismo que mete a todos los occidentales en el mismo saco, resultaría irónico ver a los etarras y sus partidarios recibir una dosis de su propia medicina, pereciendo en el próximo atentado como cualquiera de sus antiguas víctimas.

El terrorismo islamista es un problema que ha de tratarse separado del fenómeno de la emigración. Antes que nada tenemos emigrantes a los que se debe integrar. A estas gentes les pasará lo de siempre: aunque la mayoría pretenden regresar a su país, gran parte de ellos acabaran afincándose entre nosotros, de manera que debemos planear desde ya su integración total en nuestra sociedad. Esta política tiene dos caras: la primera es la justicia social, que consiste en permitir que el emigrante y su familia accedan a los servicios sociales (educación, sanidad, paro, etcétera) y, sobre todo, que reciban por su trabajo el mismo sueldo que recibiría un español. El reverso de la moneda es que el emigrante cotice a la seguridad social, pague sus impuestos, obedezca nuestras leyes y renuncie sin reservas a determinadas costumbres ancestrales incompatibles con las nuestras, como la discriminación de la mujer y el integrismo religioso, entendiendo por integrismo la pretensión de imponer por la fuerza determinadas creencias y costumbres, en el contexto de un sistema político totalitario.

La integración del emigrante magrebí, iberoamericano, asiático, subsahariano, europeo oriental, etcétera, es el problema fundamental, que deber resolverse, aunque no esté vinculado a terrorismo alguno. El terrorismo es otro problema diferente, que se superpone al primero. Una política de integración exitosa reducirá la amenaza terrorista porque los emigrantes integrados no se dedicarán a poner bombas ni les ofrecerán ayuda a los terroristas. Sin embargo algunos emigrantes no podrán ser integrados de ninguna forma pues vendrán expresamente para organizar los atentados o la red de ayuda logística necesaria para cometerlos. Este problema es grave, pero no tanto como podría creerse. Forasteros en tierra extraña, sin poder contar con el apoyo de la comunidad emigrante ya afincada aquí, esos terroristas se moverán como peces fuera del agua y nuestras fuerzas del orden podrán neutralizarlos con relativa facilidad si permanecen alerta.

El gran problema de Occidente es que no podemos suprimir el terrorismo islamista en su origen porque su causa profunda, la crisis estructural total que sufre el Mundo Islámico, está fuera de nuestro alcance. El integrismo es, entre otras cosas, el intento de impedir por la fuerza la evolución interna de las sociedades islámicas. Como nosotros somos la inspiración para esa evolución, el contramodelo de la sociedad tradicional, nos atacan. Podríamos sacar nuestras tropas de todos los países islámicos, presionar a Israel para que firmase la paz con los palestinos, invertir grandes sumas para el desarrollo local y abstenernos de instigar golpes de estado o respaldar a dictadores corruptos. Deberíamos hacer muchas de estas cosas en cualquier caso, pues no somos totalmente inocentes, pero aun así nos atacarían. Sin embargo, esta situación no puede prolongarse eternamente. Las sociedades islámicas acabarán evolucionando, superando la crisis. Entonces el proyecto arcaizante del integrismo se desvanecerá. Por desgracia eso tardará como mínimo una generación, y entre tanto seguiremos sufriendo el terrorismo islamista.

Juanjo Sánchez Arreseigor, historiador y especialista en el Mundo Árabe.