Un banco radiactivo necesario

Una de las tantas cosas que todos hemos aprendido luego del episodio nuclear de Irán es que los líderes mundiales cometieron un error cuando negociaron el Tratado de No Proliferación Nuclear (TPN) en los años sesenta, por no haber hecho nada para limitar el enriquecimiento de uranio y el reprocesamiento de plutonio. Este error al parecer se derivó de la creencia –que desde hace mucho se sabe es incorrecta, al menos en el caso del uranio– de que solo los Estados con la real probabilidad de tener tal capacidad técnica ya tenían armas nucleares o (como Alemania) se habían comprometido a nunca adquirirlas.

Como resultado, cualquier  Estado miembro puede argumentar con base en su “derecho inalienable” de conformidad con el TPN de desarrollar cualquier etapa del ciclo del combustible nuclear. Aunque el citado derecho se refiere solo a las actividades “con fines pacíficos”, hay un gran vacío normativo. Cualquier Estado con la capacidad técnica –y ahora hay varias docenas– puede construir instalaciones de enriquecimiento de uranio con el objetivo oficial de producir combustible para generar energía nuclear o ser usado en reactores de investigación, pero que sin embargo tienen la capacidad inherente de producir combustible de un grado mucho mayor, necesario para producir armas nucleares.

No por nada dichas instalaciones han sido descritas como un “set inicial de creación de bombas” y que el avance de Irán en esa dirección –con instalaciones deliberadamente o no diseñadas con el potencial de capacidad nuclear inicial– ha atemorizado a muchos otros de la comunidad internacional. Es por ello que había tanta presión para tener el acuerdo ahora sobre la mesa, que limita espectacularmente las capacidades de enriquecimiento de Irán.

Si bien la renegociación del TPN en sí para llenar el vacío referente al enriquecimiento parece ahora una causa perdida, hay otras formas de resolver este riesgo de proliferación. Una de las estrategias más importantes y que durante muchos años se ha promovido, es demostrar a los países que dependen de la energía nuclear o que están planificando desarrollarla, que no necesitan su propio programa de enriquecimiento de uranio para tener la seguridad de suministro de combustible.

La preocupación por la seguridad de suministro de combustibles siempre ha sido la principal justificación pública de Irán para adquirir la capacidad de enriquecimiento, una justificación que sus críticos aseguran que fue creada simplemente para ocultar una agenda armamentista encubierta. Independientemente de que lo anterior sea o no cierto, todos los productores actuales y potenciales de energía nuclear tienen el derecho de inquietarse acerca de la seguridad absoluta de suministro de energía, debido a las enormes consecuencias económicas  y sociales a que se enfrentarían en caso de una interrupción.

Es cierto que hasta ahora el mercado comercial del combustible nuclear ha funcionado bien: ningún reactor ha tenido que cerrar por problemas de suministro de combustible. No obstante, la interrupción del suministro de otros recursos energéticos (principalmente la suspensión del suministro de gas natural de Rusia a Ucrania y, por extensión, a Europa Occidental, ha planteado inquietudes legítimas sobre si esto podría ocurrir con el combustible nuclear.

Aunque esta cuestión se ha debatido mucho, hasta ahora solo ha habido avances modestos en cuanto a diseñar acuerdos para garantizar el suministro de combustible que alivien estas inquietudes. Rusia, con el apoyo del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) mantiene reservas considerables de uranio poco enriquecido en su centro internacional de Angarsk; no obstante, en el ambiente de seguridad actual la comunidad internacional se ha mostrado comprensiblemente reacia a depender de ella. El Reino Unido ha propuesto una garantía de suministro propia, aunque hasta el momento no ha recibido mucha atención.

Ahora, un nuevo acontecimiento importante, que se pondrá en marcha oficialmente este mes (el 27 de agosto), es que Kazajstán establecerá un gran banco internacional de combustible que operará en nombre del OIEA. Este nuevo servicio debería acabar de una vez por todas con el principal pretexto que se ha presentado, con sinceridad o sin ella, para crear y mantener capacidades locales de enriquecimiento.

El banco de combustible de Kazajstán, cuyas operaciones iniciarán en 2017, almacenará hasta 90 toneladas de uranio poco enriquecido, lo que es suficiente para alimentar tres reactores de producción de energía de agua ligera típicos. Si bien Kazajstán se hará cargo de las operaciones físicas del banco, el uranio será propiedad del OIEA y estará controlado por este organismo. Solo se facilitará a Estados sin armas nucleares en caso de que, por cualquier motivo, no puedan obtener en el mercado comercial el uranio poco enriquecido que necesiten.

Siempre que el Estado en cuestión cumpla su acuerdo de salvaguardias amplias para la no proliferación con el OIEA, podrá obtener el combustible que necesite del banco y transferirlo a un fabricante de combustible para producir elementos combustibles para los reactores del proceso.

El banco de energía de Kazajstán tiene un apoyo internacional muy amplio y de alto nivel, a lo que contribuyen las credenciales del país. Kazajstán, que fue un sitio de ensayos nucleares, entregó voluntariamente las armas nucleares que estaban en su territorio cuando se presentó la oportunidad al disolverse la Unión Soviética, y desde entonces ha sido un firme y constante defensor del control de las armas nucleares y del desarme.

El  banco está financiado mediante contribuciones voluntarias, incluidos 50 millones de dólares de la Iniciativa sobre la Amenaza Nuclear (Nuclear Threat Initiative), ONG con sede en los Estados Unidos; 49 millones de dólares del gobierno estadounidense; hasta 25 millones de dólares de la Unión Europea; 10 millones de dólares de Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos; y 5 millones de dólares de Noruega.

Además del acuerdo con Irán, en años recientes no habido muchas buenas noticias en el ámbito de las armas nucleares. El banco de combustible de Kazajstán es un paso significativo hacia el logro de un mundo libre de armas nucleares. Aquellos que han trabajado para establecerlo merecen el agradecimiento del mundo.

Gareth Evans, former Foreign Minister of Australia (1988-1996) and President of the International Crisis Group (2000-2009), is currently Chancellor of the Australian National University. He co-chairs the New York-based Global Center for the Responsibility to Protect and the Canberra-based Center for Nuclear Non-Proliferation and Disarmament. He is the author of The Responsibility to Protect: Ending Mass Atrocity Crimes Once and For All and co-author of Nuclear Weapons: The State of Play 2015. Traducción de Kena Nequiz

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