Un ‘Beirut a las orillas del Támesis’

Said K. Aburish, escritor y biógrafo de Saddam Hussein (LA VANGUARDIA, 23/09/05).

Hace treinta años, en 1975, Beirut dio inicio a su proceso de autodestrucción y cientos de miles de árabes se trasladaron a Londres, donde hicieron de esta ciudad la capital de Oriente Medio. En medio de una profunda recesión, Londres les dio la bienvenida: eran menester brazos árabes. En la actualidad, convivimos con un verdadero Beirut a las orillas del Támesis, un Londres árabe en el seno del propio Londres, un Londres de emigrados que reaccionan -últimamente de manera violenta- frente a los acontecimientos políticos en Oriente Medio. Bayswater es un gueto étnico, un núcleo urbano árabe trasplantado a suelo inglés que bulle de cafés y pequeñas tiendas de frutas y verduras. Decenas de hombres que se expresan en árabe sorben café turco sobre montones de periódicos esparcidos en las mesas. Se pasan mañanas enteras discutiendo sobre la última crisis de Oriente Medio. Mujeres árabes frecuentan las tiendas del barrio donde compran pan de pita, habichuelas, queso Kashkavan, olivas y otros alimentos típicos de su comunidad. También se ven muchachas adolescentes que visten de manera más vistosa y entreveran expresiones como okay (¡vale!) y see you (hasta pronto) en su charla diaria. Los quiosqueros no pueden identificar determinadas publicaciones que tienen a la venta, de modo que sus compradores han de indicárselas señalándolas con el dedo, escena que les reporta indudablemente buenas ventas de periódicos y semanarios. Tal es, a grandes rasgos, la faz inofensiva del Londres árabe, una comunidad formada por 400.000 personas en invierno y casi 700.000 en verano, que viven completamente aisladas del espíritu del Londres anglosajón.

Sin embargo, existe un Beirut a las orillas del Támesis, un Beirut invisible formado por un conglomerado de gentes que participan activamente en la política, el periodismo, el tráfico de armas y el espionaje árabe. Algunos envían mensajes revolucionarios cifrados a miles de direcciones de e-mail así como mensajes especiales a los fieles de su comunidad. Este Beirut abraza también modernos banqueros y empresarios, activistas políticos al acecho, susurrantes traficantes de armas y periodistas que se venden al mejor postor. La influencia combinada del comportamiento y actuaciones de estas gentes ha transformado la fisonomía de las instituciones privadas y públicas de esta capital civilizada.

Vivir una jornada en el Beirut a las orillas del Támesis equivale a visitar una Casablanca tan real como la vida misma. El elegante hotel Dorchester aloja a un tal doctor Maruan en una de sus espaciosas suites. En realidad, es un pseudónimo tras el que se presenta un consejero del rey de Arabia Saudí. Dedica sus desvelos en Londres a sobornar -reduciendo al silencio- a escritores y periodistas que han criticado en los últimos tiempos a la monarquía saudí. Ha logrado, por ejemplo, silenciar seis voces críticas a un coste de más de 5 millones de dólares.

Por otra parte, personas de trayectoria legal pero con un historial de antecedentes -con penas de cárcel y periodos de detención en sus países sin mediar sentencia- se ven sometidas a vigilancia policial especial.

Lejos del Londres elegante y sofisticado -el Londres de buen tono- el doctor Mohamed Al Mas’ari, líder de la oposición saudí en el exilio, se somete a una entrevista. En impecable inglés, un barbudo Mas’ari -licenciado en Física- está convenciendo por lo visto a un corresponsal de un diario estadounidense en Oriente Medio de que la revolución está ya en puertas en su país. Al propio tiempo, el doctor Sa’ad Al Faqih, líder del Comité para la Defensa de los Derechos Legítimos (del pueblo saudí), se reúne con un periodista español. Faqih le explica cómo el proceso sucesorio en su país destruirá, en último término, la monarquía saudí. Hasta

Jaled Fauaz -el mismísimo representante en Londres del Comité de Consejo y Reforma (ARC) creado por Osama Bin Laden- se reúne con un productor de televisión que quiere reunirse con su jefe en Afganistán… Jaled trata de convencerle de que Bin Laden no es el único líder del ARC, sino un miembro más de un comité creado por él.

He reunido aquí unas muestras de acontecimientos y episodios de que era testigo Londres hace cinco años. La actitud permisiva del Gobierno británico hacia estos grupos ha sido común, en este caso, a la de Scotland Yard. Como afirma Said Essulami, director ejecutivo del Centro para la Libertad de Prensa en Oriente Medio y el Norte de África (CMF MENA) fundado en 1998 e impulsor del Programa del Artículo 19 -Centro Internacional contra la Censura creado en 1987, que recibe su nombre del artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos sobre la libertad de expresión e información-, “a diferencia de Francia, aquí no existe interacción cultural con el país anfitrión”. Londres no ha cambiado de invitados…

Y ahí radica el problema. ¡Los mismos gobiernos que afrontan la oposición de los islamistas del Beirut a las orillas del Támesis son las dictaduras árabes y musulmanas que controlan los respectivos ámbitos y sociedades árabe y musulmana!

Pervez Musharraf de Pakistán y Hosni Mubarak de Egipto -entre otros- han denegado el ejercicio de sus derechos a sus propios ciudadanos y han castigado a personas inocentes. Dando por bueno lo que hacen, el Gobierno británico se convierte o se ha convertido en su aliado. Hay que añadir que la cifra de los diarios y semanarios londinenses en árabe -unas cincuenta publicaciones- excede la de los que aparecen en El Cairo o en Beirut. No obstante, la mayor libertad de prensa de que goza la prensa árabe de Londres no ha reportado resultados positivos. La prensa árabe de Londres recoge informaciones procedentes de Oriente Medio que ofrece directamente al público lector a través de sus páginas o bien de palabra al difundirse sus informaciones entre sus lectores; en realidad no existiría de haber existido libertad de prensa en los países de origen.

Pero las voces contrarias a las actuales dictaduras árabes y musulmanas no sólo se ven privadas de libre expresión en su propia casa, sino que su voz se silencia asimismo en el exilio. No pueden rivalizar entre sí, ya que carecen de recursos económicos para ello, y resulta más probable que el Gobierno autorice en Londres un diario, semanario o canal de televisión favorables a la monarquía saudí que un medio de la oposición. Hay, además, buen número de periodistas británicos ansiosos por sucumbir a la fuerte y constante seducción del dinero saudí…

Las ventas de armas británicas dependen de la aprobación y control gubernamental. Pero mientras Chile se valía de Londres para vender bombas de racimo a Iraq, España y Portugal hacían lo propio con artillería pesada. Compradores y vendedores pasaban por Londres y sus buenos oficios, aunque utilizando otros puertos y lugares para enviar la mercancía: el trato sorteaba las leyes y controles británicos.

En 1991, siete palestinos multimillonarios se reunieron en el domicilio de un magnate de la construcción en Kensington para tramar el fin del mandato de Yasser Arafat al frente de la OLP: la postura de la OLP favorable a Saddam Hussein en la guerrra del Golfo había puesto en peligro sus negocios y empresas en Arabia Saudí y en otros países del Golfo. Amenaza vacua y sin sentido. Este endeble cabildeo de un puñado de palestinos tan sólo ejemplificaba, en realidad, la existencia de un puñado de grupos árabes acomodados, actores postergados que ansiaban manipular el destino de su pueblo desde el seguro refugio de Londres… Cuando Saddam se hallaba en el poder, la mayoría de los iraquíes exiliados -gente formada, de verbo juicioso y sagaz, miembros civilizados del antiguo régimen o incluso del anterior- pertenecía a esa clase. Relataban los crímenes de Saddam y aspiraban a que se fuera o desapareciera de escena.

Sin embargo, cabe consignar un rasgo más espinoso de la política árabe que acompañó aquí la llegada de la prensa y el tráfico de armas árabe. Se trata del enjambre de adláteres de los árabes ricos, así como sus correspondientes acólitos y parásitos. Hace años, Saddam se valió del centro cultural iraquí en Tottenham Court Road para realizar ciertas operaciones de los servicios de inteligencia contra los disidentes iraquíes y para liquidar a enemigos políticos. También en Londres el rey Hussein de Jordania se reunió en secreto con los israelíes Simon Peres e Yitzhak Rabin. Kuwait contribuyó a acelerar la guerra del Golfo tratando de vender deuda iraquí por un 20% de su valor. Incluso las decenas de príncipes saudíes aspirantes al trono real promueven su causa desde su base en Londres. Las relaciones del Gobierno británico con cualquier gobierno determinan su actitud. La violencia de Saddam Hussein se pasó convenientemente por alto: él era un amigo…

El pasado 7-J puso de manifiesto las tomas de posición menos envidiables del Beirut a las orillas del Támesis, aunque la verdad es que la permanente perspectiva de la violencia ha sido siempre omnipresente y se vio secundada por la presencia en Londres de decenas de grupos cuya misma existencia es ya una amenaza para países tanto amigos como adversarios.

Salvo en el caso de Jaled Fauaz y del Comité de Consejo y Reforma (ARC) creado por Osama Bin Laden, los islamistas radicales han observado las normas legales que permiten o han permitido operar y establecerse en Londres a los grupos no violentos. No hacen más que seguir una senda similar a la de los grupos opositores que actúan bajo el paraguas del Congreso Nacional Iraquí, partidarios del asesinato de Saddam. Se diferencian de los terroristas del 7-J en sus aspectos técnicos… unos son terroristas favorables y otros contrarios a Occidente.

Sin embargo, el Gobierno británico se vio atrapado en una red por su propia doblez y cinismo. Erró al aplicar un rasero moral selectivo (Mas’ari consiguió el derecho a quedarse aquí tras una penosa y difícil vista judicial). Ciertos grupos favorecidos por esta política fueron más fuente de problemas y quebraderos de cabeza que otros abierta u oficialmente vigilados o controlados. Londres seguirá siendo el centro principal de actividades políticas y derivadas en lo concerniente a toda la región de Oriente Medio.

La historia del Beirut a las orillas del Támesis ha confirmado de hecho que la violencia política era una circunstancia casi inevitable.