Un bonito mes de mayo

En París, un mes de mayo de hace 50 años, hacía buen tiempo. Al menos todos los que participaron en lo que desde entonces se denominó «los acontecimientos» tienen ese recuerdo en común. Las tardes eran suaves en las terrazas de los cafés. Por aquel entonces yo estaba terminando mis estudios, de lo más aburrido, en Saint-Germaindes-Prés. Ese barrio, que se convirtió después en una especie de centro comercial dedicado a la ropa y la comida basura para turistas, era entonces el corazón de la vida estudiantil, con cafés baratos y salas de cine llenas de humo. En ese lugar iba a comenzar todo, unos días después. Porque nos aburríamos mucho. El espíritu del momento lo captó, en una iluminación profética, un editorialista del periódico Le Monde, nuestra biblia en aquella época, con un titular: «Francia se aburre». ¿A qué se debía ese aburrimiento? Nos parecía que la vida auténtica, el futuro prometedor, se desarrollaban lejos de Francia. De los dos extremos del mundo, Estados Unidos y China, nos llegaban ecos de lo que se denominó revoluciones culturales. Por lo que sabíamos, en Estados Unidos, una juventud en vaqueros y camiseta unisex había rechazado todos los códigos de vestimenta y muchas normas sociales para disfrutar mejor del momento presente.

Un bonito mes de mayoVistos desde París, esos jóvenes estadounidenses se parecían necesariamente a Bod Dylan y Joan Baez. En París todavía llevábamos el pelo corto y corbata. Además, esos jóvenes estadounidenses luchaban por una buena causa: la paz en Vietnam y los derechos civiles de los afroamericanos. Como yo mismo había sido testigo, durante un primer viaje en 1962, de la abominable segregación que aún reinaba en el sur, no podía evitar vibrar al unísono con ellos. ¿Vietnam? El país caía bien a los franceses, no estábamos demasiado informados sobre la naturaleza del conflicto, pero si el Ejército francés se marchó en 1954, ¿qué diablos iban a hacer allí los soldados estadounidenses? Del este, de China, nos llegaban otras imágenes igualmente coloridas: la revolución cultural china era para nosotros «luz y sonido». De los excesos perpetrados por el Partido comunista, el asesinato de intelectuales, la destrucción del patrimonio, no sabíamos nada en absoluto. Y en Francia no ocurría nada. Nuestro país estaba como anestesiado por el régimen interminable del general De Gaulle, que a los 78 años parecía muy viejo. Había logrado instaurar una comodidad confortable sobre un fondo de prosperidad, de paz en nuestras fronteras y de normalización de los espíritus. La televisión estaba a las órdenes del Gobierno, las radios también, y la prensa era insulsa. El orden reinaba en la calle, en las mentes, en el colegio, en las empresas y en las iglesias.

Nadie ponía en duda el principio de autoridad que constituye el armazón de la sociedad francesa. La oposición funcionaba según el mismo modelo, sobre todo el Partido comunista, jerarquizado como una iglesia a las órdenes de Moscú y confabulado con De Gaulle siempre que siguiera siendo antiamericano. De repente, esa olla tan bien cerrada explotó donde menos se esperaba: en nombre de la libertad sexual. Todo empezó con un altercado entre un joven estudiante judío alemán (sic), Daniel Cohn-Bendit, y el ministro de la Juventud, que visitaba la universidad de Nanterre, al oeste de París. El debate que se entabló no trataba más que sobre el acceso de los chicos a los dormitorios de las chicas. El ministro invitó al cabecilla a que fuera a refrescarse a la piscina de la institución. Los estudiantes prefirieron declararse en huelga y esta, en menos de una semana, se extendió a todas las universidades parisinas. Fuera de la capital el movimiento se siguió con menos entusiasmo; los acontecimientos fueron, ante todo, parisinos. Siguieron tres semanas de tumultos y enfrentamientos entre estudiantes y Policía, pero sin excesiva violencia. En lo que a mí repecta, me llevé una patada en el trasero que me dio un antidisturbios con casco al que no pude ver la cara. En verdad, el movimiento estudiantil marchaba bien, festivo, pero sin más objetivo que disfrutar de la vida en esa hermosa primavera. Sin imaginación, los líderes estudiantiles, entre los que me encontraba, pasaron el testigo al Partido comunista y a los sindicatos, que disponían de tropas organizadas. Esta izquierda institucional hizo un trato con De Gaulle: la vuelta al orden a cambio de un aumento de los salarios. El 30 de mayo, De Gaulle, seguro del apoyo de la izquierda y del Ejército, pitó el final del recreo. Además, se acercaba el fin de semana de Pentecostés; la prioridad de los parisinos era irse al mar o al campo. Sin nada que hacer, yo cogí el primer tren hacia la Costa Azul. Fin de los acontecimientos de mayo.

¿Había pasado algo o nada? Los sociólogos llevan 50 años discutiéndolo. En apariencia, nada, pero en el fondo, una revolución. Política, para empezar: el declive histórico del Partido comunista francés comenzó entonces, porque era evidente que en París, Praga o Moscú, estaba del lado de la represión. ¿Y los maoístas? Rozaron el ridículo cuando se descubrió la verdad de la revolución cultural, una masacre. Pero sobre todo fue una revolución social: el principio de autoridad no sobrevivió a los acontecimientos. Los manifestantes de aquella época tomaron la palabra para no volver a dejarla, poniendo en tela de juicio la autoridad del jefe del Estado (De Gaulle presentó su dimisión en 1969), del jefe en la empresa, del obispo en su iglesia, del padre de familia sobre sus hijos, de los hombres sobre las mujeres. Pero el 68 fue un movimiento de liberación interior, una metamorfosis de las costumbres como nunca se había visto en Francia desde la época romántica.

Al paseante que no haya conocido esa época, le invito a visitar Saint-Germain-des-Prés. Deberá fijarse en tres cambios significativos que no habría podido observar antes de mayo del 68: los hombres ya no llevan corbata, las mujeres llevan pantalones y los adoquines del Boulevard SaintGermain han sido sustituidos por asfalto, lo que debería impedir por siempre jamás a los parisinos erigir barricadas.

Guy Sorman

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