¿Un Brexit hacia la nada?

La política provoca en todo el mundo emociones fuertes. Parece que ni siquiera los británicos son inmunes, pese a su reputación de perseguir sus intereses con calma y frialdad. Tal vez esa reputación sólo sea un recuerdo del antiguo Imperio Británico. Es evidente que no se aplica al Reino Unido de 2017.

Piénsese en las decisiones políticas que los británicos tomaron en los últimos doce meses. En junio de 2016 decidieron (aunque por estrecho margen) retirarse de la Unión Europea. Y el resultado de la elección general anticipada del mes pasado no hace más que reforzar la impresión de que el pragmatismo británico está en retirada.

La elección (en la que el Partido Conservador perdió la mayoría dando lugar a un hung parliament) da señales de hasta qué punto la clase política británica se ha alejado del resto del país. El RU parece atravesar no sólo una crisis política e identitaria, sino también una crisis de confianza en sus élites políticas y económicas, que comenzó con la debacle financiera global de 2008.

Esto no facilitará las conversaciones en curso para el Brexit. El interlocutor de la UE en la negociación es un gobierno seriamente debilitado y en estado de crisis. Pero los negociadores de la UE no pueden perder de vista el hecho de que el RU seguirá siendo importante para Europa fuera de la UE. Uno de los mayores peligros ahora, para la UE tanto como para el RU, es que el segundo se vaya con las manos vacías, y termine en una situación incluso peor que la actual.

Es probable que los historiadores del futuro observen con mucho interés los años 2016 y 2017. Nunca antes se vio que un país abandone una posición geopolítica y económica sumamente ventajosa simplemente por estar atravesando una prolongada crisis de identidad. Antes de que se pusiera en marcha el Brexit, el RU tenía un papel muy importante dentro de la UE y, por tanto, en la escena internacional, sobre todo por su relación especial con Estados Unidos.

Además, el RU tiene una tradición de liberalismo y de involucramiento global, especialmente con Europa y la eurozona. Londres ha sido por mucho tiempo un centro financiero de todo el continente. Y la economía británica es (o al menos, era) una puerta de entrada para muchas corporaciones internacionales en busca de acceso al mercado común europeo y a la eurozona (pese a la negativa británica a adoptar la moneda común).

Aun así, no hay que olvidar que a inicios de los setenta, el RU había perdido su imperio y la influencia política que traía aparejada, y que sólo consiguió revertir su decadencia económica uniéndose a la Comunidad Europea (precursora de la UE) en 1973. Es lamentable que los británicos rara vez reconozcan este hecho. En vez de eso, hace tiempo que un segmento muy activo de la clase política y del electorado británicos culpa a la UE y a sus instituciones (que en algunos casos requieren a los estados miembros una cesión parcial de soberanía) por todos los males del mundo.

Pero ahora que el RU se retira de la UE, son cada vez más patentes las grandes pérdidas, económicas y políticas, que sufrirá. ¿Y para qué?

Los partidarios del Brexit en el RU exigen “soberanía”, pero sin detenerse a pensar lo que tal cosa pueda significar en una era de globalización e integración económica incesantes. Y dada la retórica proteccionista del gobierno de Trump, la importancia de conservar el acceso al mercado común europeo puede ser más apremiante que nunca.

Pero el RU no será el único perjudicado por el Brexit. La UE perderá su segunda economía más grande y su principal garante de seguridad. Se espera al menos que la elección de Emmanuel Macron como presidente de Francia mitigue un poco el dolor del Brexit. La victoria de Macron, sumada a novedades económicas positivas en la eurozona, representa una oportunidad inesperada para un nuevo inicio dentro de la UE, que tal vez sólo deba esperar a la elección general alemana de septiembre.

De modo que bien podría ser que el RU esté abandonando una UE que avanza aceleradamente hacia una estabilidad política y un crecimiento económico renovados, justo el resultado que (irónicamente) los partidarios del Brexit imaginaban conseguir.

Felizmente, es posible que la reciente elección en el RU haya creado un punto de partida para las negociaciones. Para muchos observadores, el resultado mostró que los votantes británicos se oponen a un “Brexit duro” por el que el RU abandonaría el mercado común y la unión aduanera sin ningún tratado que los reemplace y regresaría a las reglas de la Organización Mundial del Comercio.

Los trámites de divorcio no suelen ser placenteros. Pero son mucho peores cuando las partes involucradas no se comportan como adultos. Cuando se da vía libre a las emociones, los afectos del pasado pueden fácilmente convertirse en rencor y ensañamiento.

Pero para los países, lo mismo que para las personas, la vida sigue después de los divorcios. La UE y el RU seguirán siendo vecinos geográficos, y por tanto geopolíticamente dependientes la una del otro. Temas actuales como la seguridad, el terrorismo y los refugiados obligarán a ambas partes a trabajar juntas; y el comercio no se detendrá, aunque enfrente más obstáculos.

De modo que para ambas partes lo mejor será evitar el ensañamiento y la confrontación, no obstaculizarse ni amenazarse mutuamente. Sobre todo, es preciso excluir de las negociaciones las cuestiones concernientes a la seguridad compartida del RU y la UE. Ambas partes deben admitir su dependencia mutua y estar dispuestas a mostrar generosidad.

La UE, por su parte, debe ser generosa en relación con los plazos para la retirada, las nuevas regulaciones de comercio y cualquier disposición transicional que pueda suavizar el impacto de la separación. Y el RU debe mostrar consideración hacia los muchos ciudadanos de la UE que hoy residen en Gran Bretaña, y ser honesto en relación con sus compromisos financieros con el bloque.

Hoy, la idea más importante es que la gente puede cambiar de idea. Y así como cambia el parecer de las personas, también cambia el rumbo de los países. Ningún futuro puede descartarse, incluso uno en que las dos partes se digan “hagamos otro intento”.

Joschka Fischer was German Foreign Minister and Vice Chancellor from 1998-2005, a term marked by Germany’s strong support for NATO’s intervention in Kosovo in 1999, followed by its opposition to the war in Iraq. Fischer entered electoral politics after participating in the anti-establishment protests of the 1960s and 1970s, and played a key role in founding Germany’s Green Party, which he led for almost two decades. Traducción: Esteban Flamini.

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