Un cadáver

Por Denis MacShane es diputado laborista británico y ex ministro para Europa del Gobierno de Blair (EL PAÍS, 04/06/06):

Hace un año, Francia dijo no a la Constitución Europea y sumió a la UE en una mezcla de estancamiento y crisis que muestra pocos signos de mejorar. La Constitución está muerta. No resucitará. Su autor, el ex presidente francés Valéry Giscard d’Estaing, va de capital en capital insistiendo en que su criatura nacida muerta alcanzará la edad adulta, pero semejante necrofilia política carece de gusto, razón o lógica.

Por el contrario, necesitamos una nueva visión de Europa. Debería ser una nueva Europa material de puestos de trabajo, crecimiento, inversión, justicia social, apoyo a las familias, lucha contra la delincuencia y que preste más atención al medio ambiente. Primero hay que satisfacer las necesidades materiales de los ciudadanos y luego hablar de política. En la pasada década, Europa cambió sus prioridades. Se centró en los tratados -Maastricht, Amsterdam, Niza y el proyecto de Giscard-, en lugar de en el empleo, la renovación de las finanzas públicas y la reforma de los sistemas económicos para crear empleo y aumentar el crecimiento, de modo que proporcione ingresos fiscales que fortalezcan la inversión en justicia social.

Nunca se cansará uno de repetirlo. Ya tenemos una constitución para Europa: en la forma de todos los tratados de la CEE, después de la CE y ahora de la UE que los países miembros han ido firmando desde 1950. Éstas son las leyes y las obligaciones que permiten a la UE funcionar. Hay que votarlas en su totalidad. No sirve de nada alegar que se puede tomar el preámbulo, o la parte primera, o la parte segunda de un tratado y votar simplemente eso. Cada palabra y cada coma de los tratados constitucionales de Europa, ya sean los que están actualmente en vigor, o el tratado de Giscard o cualquier tratado futuro, son compromisos solemnes que alteran la vida de los ciudadanos. Hay que ratificar todo el texto, o rechazarlo todo.

¿Cómo avanzamos, entonces? El primer paso es decir que la Constitución está muerta. Después podremos decidir qué nuevas disposiciones institucionales hacen falta para hacer que funcione la Europa de los Veinticinco, pronto de los Veintisiete o incluso de los Treinta. El Partido Conservador británico apoya la ampliación de la UE, de modo que incluya Turquía y los países de los Balcanes. Eso no puede ocurrir según las normas vigentes. La fecha de caducidad de la hostilidad xenófoba de los conservadores a Europa está ya muy pasada. William Hague puede hacer chistes eurófobos del tipo “si alguien se siente históricamente en casa en los países de los demás, son los alemanes”, pero con ello degrada el cargo de portavoz de la oposición para Asuntos Exteriores.

Mientras tanto, Europa está sin líder y sin timón. Está claro que la presidencia rotatoria de seis meses está caducada. Sólo los obsesos de Europa saben que Austria preside ahora mismo la UE y que después de julio la presidirá Finlandia y luego Alemania.

Necesitamos una presidencia permanente del Consejo Europeo. El presidente de Europa tiene que representar a los gobiernos electos de Europa. El presidente de la Comisión es el siervo, no el señor de Europa. El presidente del Parlamento Europeo es un cargo importante, pero también lo es el de presidente de la Asamblea Nacional de París, del Bundestag de Berlín o de la Cámara de los Comunes de Londres. Debería de ser posible establecer una enmienda muy pequeña a los actuales tratados que permita crear el cargo de presidente del Consejo Europeo, un tratado intergubernamental de una línea que los parlamentos puedan ratificar. Esto debería estar en vigor en 2008 o 2009 a lo más tardar. Otra pequeña revisión de los tratados podría dar más poder a los parlamentos nacionales, como preveía la Constitución de Giscard, aunque podría ir más allá, de modo que los 25 legislativos europeos se sientan copropietarios del proyecto.

Por tanto, Europa tiene que ponerse de nuevo en marcha: primero económicamente y después políticamente. La Europa del siglo XXI debe construirse ladrillo a ladrillo, orgánicamente, y no ser impuesta como un enorme conjunto arquitectónico que se espera que los ciudadanos admiren porque les es entregado como un proyecto realizado en Bruselas por presidentes jubilados y élites a las que les resulta difícil aceptar la voz del pueblo.

Ante todo, Europa debe encontrar el impulso económico que tanta confianza y propósito dio al proyecto europeo en el primer periodo de su construcción, pero que desde entonces se ha paralizado. También podría defenderse una vuelta al concepto original de Schuman, una Alta Autoridad que reúna a los Estados dispuestos a compartir soberanía -un ejemplo podría ser el de la energía- y avanzar juntos. Una casa dentro de una casa, por así decirlo. El deseo de que todas las políticas e instituciones de la UE “se deleguen” -por y a través de la Comisión como cuerpo exclusivo de la política ejecutiva- debe reconsiderarse. Europa tiene un organismo de derechos humanos perfectamente válido -el Consejo de Europa- y no necesita un nuevo Organismo de los Derechos Fundamentales. Una política energética común o una política común contra el tráfico de personas o sobre inmigración podrían alcanzarse mejor creando un nuevo organismo, como la Comunidad del Hierro, el Acero y el Carbón, con su propia Alta Autoridad. Europa necesita muchas mansiones, no una Übercommission que sea fuente de autoridad única.

Europa necesita acuerdos institucionales y constitucionales. Pero como la Constitución estadounidense, deberían alcanzarse enmendando y mejorando lo que ya hay, no reescribiéndolo todo desde cero. La UE debería ver su libro de reglas como un texto que hay que reformar para que abarque nuevas necesidades, no como una constitución finalizada e inalterable. Sin embargo, lo primero que hay que hacer es dar por muerta la Constitución de Giscard. Si los líderes europeos siguen fingiendo que la Constitución firmada en la ceremonia operística dirigida por Berlusconi en Roma sigue viva, desaparecerán todas las esperanzas de forjar los nuevos acuerdos que Europa necesita urgentemente.

La resurrección se produce después de la muerte, no antes.