Un cambio a fondo

La apretadísima convalidación  parlamentaria del decreto ley de medidas de reajuste se convirtió en una invitación para que las formaciones de la oposición y muchos comentaristas abonasen el pronóstico de un adelanto electoral ineludible. Sin embargo, está menos claro que ese sea un deseo político firme en cada uno de los partidos que deban disputarse los escaños con los socialistas; ni siquiera en el PP. Además, son muchas e influyentes las voces que desaconsejan la disolución anticipada de las Cortes mientras la incertidumbre financiera continúe ensombreciendo el porvenir inmediato de la economía y de las arcas públicas en España. Sólo que si la ciudadanía prosigue desempeñando el papel de simple espectador, zarandeado por avatares que no sabe de dónde vienen y cuánto van a durar, será ella la que comience a reclamar alguna participación, aunque sea para optar instintivamente por lo que cada votante considere que es el mal menor. Sean cuando sean las próximas generales, ya se anuncia la llegada de Mariano Rajoy a la Moncloa, poco menos que como el resultado ineludible de un final de ciclo. Pero hay razones para pensar que la política española (y la europea) está experimentando un cambio más profundo.

Sabido es que la alternancia rara vez se produce porque el partido aspirante acumule los suficientes méritos como para que sea premiado con el favor popular. Más bien se da porque quien gobierna acaba desgastado y pierde ese favor. La desconfianza hacia la forma de ejercer el poder por parte de Rodríguez Zapatero, autosuficiente y parsimoniosa, había ido minando su credibilidad muy poco a poco; hasta que la repentina adopción de medidas drásticas de reajuste, “obligado por las circunstancias”, ha hecho caer estrepitosamente un crédito que había tratado de fundamentar precisamente en un voluntarismo dispuesto a enfrentarse a las circunstancias. Sería prematuro extraer conclusiones definitivas respecto al futuro político del presidente, y probablemente los peores augurios que se vienen expresando al respecto obedecen a un vivo deseo de dejar atrás a Zapatero. Pero lo ocurrido es la demostración de hasta qué punto toda combinación de excesos y defectos notorios en el desempeño de las tareas de gobierno acaba provocando deslizamientos incontrolables para quienes así actúan.

Sin embargo, aunque el protagonista principal de la obra sea quien se lleve las más aceradas críticas, el resto del reparto político debería reflexionar también sobre cómo ha representado su papel y, especialmente, sobre cómo piensa actuar en adelante. El carácter escurridizo de la crisis financiera que atenaza a las instituciones públicas de toda Europa dejará muy poco margen para la demagogia. Se verá cuando, por primera vez desde el restablecimiento de la democracia, ningún candidato que se presente a próximos comicios sea capaz de prometer más que su empeño en administrar con cuidado las cuentas de la institución que aspire a gobernar, a no ser que quiera provocar una sonora carcajada. No se trata de una cuestión baladí, porque en el fondo trastoca la relación que una ciudadanía ávida de más derechos y servicios ha mantenido con una política generosa a la hora de gastar el dinero del momento e hipotecar de paso el futuro de las instancias públicas.

También se convierte en un terreno más propicio para la incoherencia que para el oportunismo. Cuando en su último Consejo de Ministros el Gobierno rebajó el techo de gasto para el 2011 respecto al fijado inicialmente para el presente ejercicio en un 7,7% el Partido Popular pareció inclinado a discrepar por tan exigua reducción, pero se encontró con la dificultad de postularse como alternativa ofertando una política aún más restrictiva.

La constatación de que ninguna medida que puedan adoptar las instituciones está exenta de contraindicaciones desdibuja más de lo que ya estaban las divisorias ideológicas, planteando nuevos interrogantes sobre la causa de las desafecciones y sobre la posibilidad de nuevas incorporaciones a la liza partidista. Los amarres de la política ideológica evocan el pasado, pero ya no pueden asegurar un relato creíble respecto al futuro. De ahí proviene el aturdimiento que estas últimas semanas afecta a los partidos en el gobierno, y la actitud ausente con la que los aspirantes parecen dispuestos a asomarse también al vacío que últimamente acompaña al poder político. Puede que esta crisis política, desencadenada por la económica, sea pasajera. Pero no es fácil imaginar, por poner un ejemplo, el porvenir de la socialdemocracia si Europa no consigue mantener su puesto en la historia global de los próximos años.

Kepa Aulestia