Un cambio radical en 130 horas

Por Samuel Hadas, analista diplomático, primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede  (LA VANGUARDIA, 06/06/07):

La guerra de los Seis Días que estalló el 5 de junio de 1967 fue uno de los acontecimientos más significativos en la historia del Estado de Israel. De hecho, la guerra había comenzado tres semanas antes del primer disparo de ese día, con el preludio de tres semanas iniciado por el líder egipcio Gamal Abdel Naser con la expulsión de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas, la movilización de sus fuerzas armadas en la frontera con Israel y el cierre del acceso al puerto israelí de Eilat, en el golfo de Aqaba, a la navegación israelí. Históricamente, este preludio de inimaginable ansiedad, en el que oíamos día y noche las amenazas de «expulsar a los judíos al mar», fue no menos significativo que la propia guerra, que en 130 horas acabó con una fulminante e inesperada victoria israelí y la ocupación de territorios que superaban varias veces su dimensión.

Una guerra limitada geográficamente, pero de profundos alcances regionales y globales, cambió radicalmente el casi centenario conflicto árabe-israelí, así como la implicación internacional en Oriente Medio. Hasta ese momento, el conflicto nada tenía que ver con el destino de territorios o la delineación de fronteras, sino con el declarado propósito del mundo árabe de destruir el Estado de Israel. Diez días después de acabada la guerra, el gobierno israelí ofreció a Egipto y Siria la devolución de los territorios a cambio de acuerdos de paz. La ilógica e irracional respuesta de la cumbre de la Liga Árabe de Jartum, tres meses después – no a la paz, no al reconocimiento y no a las negociaciones con Israel- inició una larga espera de frustración y desengaños.

La implicación internacional, que culminó con la adopción de la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU pocos meses después de la guerra, introdujo el concepto, adoptado desde entonces por la diplomacia internacional, del marco conceptual de «paz por territorios», que hizo posible el inicio del proceso que condujo al acuerdo de paz con Egipto, en 1979, al reconocimiento mutuo entre Israel y la Organización de Liberación Palestina, en 1993. Como consecuencia de la guerra, el mundo árabe comenzó a hacerse a la idea de que Israel no puede ser derrotado por la fuerza, pero tuvieron que transcurrir diez años (y en el ínterin dos guerras, la de desgaste y la de Yom Kipur, en 1973) para que el presidente egipcio Anuar el Sadat llegase a Jerusalén, donde proclamó ante estupefactos y eufóricos israelíes «¡no más guerra!». Lo que le costó la vida, poco tiempo después de firmar la paz con Israel.

Pero, gradualmente, no sin nuevos estallidos, la mayoría de los árabes reconoció la legitimidad de la existencia del Estado judío. Después de la primera guerra de Líbano en 1982 y la primera intifada,tiene lugar la conferencia de Paz de Madrid de 1991 que inicia el proceso que conduce a los acuerdos de Oslo de 1993, por los que Israel y la Organización de Liberación de Palestina se reconocen mutuamente. Después vendría la firma del tratado de paz con Jordania y el reconocimiento mutuo con otros países árabes.

¿Nuevo Oriente Medio? No, los enemigos de la paz no tardaron en descarrilar el proceso, con un insensato e incesante terrorismo suicida. Más tarde, el vacío dejado por los israelíes al retirarse unilateralmente del sur de Líbano en 2000 y del territorio de Gaza en el 2005 acercó a la frontera con Israel a las milicias terroristas de Hizbulah, que no tardaron en provocar la segunda guerra de Líbano, mientras que el ascenso al poder en la Autoridad Nacional Palestina de los islamistas de Hamas condujo a Gaza al borde del caos total y a la reanudación de la espiral de violencia. Obcecados y fanáticos terroristas fundamentalistas lograron cerrar una y otra vez la ventana de oportunidad.

Israel vive los resultados de una guerra que la transformó en potencia regional pero también en ocupante de territorios con una población que supera los cuatro millones de almas. Una de sus consecuencias ha sido el desarrollo de un proceso que ha menoscabado el tejido de la sociedad israelí, hoy profundamente dividida entre quienes buscan un histórico compromiso territorial con los palestinos y quienes pretenden anexionar los territorios ocupados, unos para revivir el Gran Israel bíblico, otros por razones de seguridad. Incluso entre quienes desean la paz no hay acuerdo sobre las vías para obtenerla. Esta amarga y profunda división de la sociedad israelí es uno de los factores que han obstruido la búsqueda de una solución política justa que permita a los israelíes vivir en paz dentro de sus fronteras. Otro impedimento mayor y más significativo aún por su trágico impacto en las sociedades israelí y palestina sigue siendo la posición irreductible de los sectores radicales islamistas, que aspiran a «borrar del mapa» a Israel. Lo único que éstos han logrado es posponer la visión de un Estado palestino.

¿Cuáles son las perspectivas? Aunque la paz parece más remota que nunca, las condiciones para la reconciliación están dadas. La gran mayoría de los israelíes y los palestinos comprende que sólo hay una alternativa: dos estados para dos pueblos, israelí y palestino, conviviendo en paz. Pero seguimos viviendo una situación en la que en cualquier momento puede producirse una conflagración de incalculables consecuencias. Los líderes israelíes y palestinos – y la comunidad internacional- deberían reexaminar las lecciones de la guerra de los Seis Días. Quizás logren así reordenar sus prioridades.