Un camino a explorar

Por Andrés de Blas Guerrero, catedrático de Teoría del Estado de la UNED (EL PAÍS, 07/12/03):

Esquerra Republicana de (ERC) es un partido catalanista realmente complicado. Lo aceptable en él es su condición de partido de izquierdas, autor de una campaña electoral, según las voces que llegan de Cataluña, audaz e imaginativa. Lo más difícil de conllevar en ERC es su renuncia a una larga tradición catalanista interesada en encontrar un proyecto político capaz de armonizar el proceso de modernización y regeneración de España con la construcción nacional catalana. Y junto a ello, habría que apuntar su inserción en una corriente política que se manifestó en el poco positivo tiempo de la “Cataluña populista” de los años treinta. Lo cierto es que los antecedentes políticos de la Esquerra en la II República no son traquilizadores. Baste recordar al respecto el juicio, sin duda desbordado, del ex presidente don Niceto Alcalá-Zamora en 1936: “La Esquerra, contando con personalidades destacadas y algunas de ellas eminentes, en conjunto es [el partido político] que tiene, o hasta ahora ha tenido, menor sentido de la realidad y de la prudencia, entre todos los de España y, hasta donde yo conozco, entre todos los del mundo”.

Es con este partido con el que proyecta aliarse el PSC. Un partido socialista que en la primera parte de su campaña electoral ofreció, a través de Pasqual Maragall, los perfiles de una política catalanista con el objetivo, seguramente, de ampliar sus bases naturales de voto con el apoyo de sectores nacionalistas o filonacionalistas. El cálculo socialista ha fracasado y han sido los genuinos partidos nacionalistas los que se han beneficiado de ese acento de la dirección socialista en elementos del viejo discurso catalanista. El caso es que parte del voto de izquierdas ha ido a una opción nacionalista que ha demostrado capacidad de enganchar en sus redes a un sector del electorado que, viendo como fatal el escenario nacionalista que se abre ante él, ha optado por aquella fuerza política que le ofrece mayores posibilidades de absorción. La propia personalidad de Carod-Rovira, hijo de emigrante aragonés, y su acento en un nacionalismo de preferente signo cívico-político explican buena parte de la subida de ERC.

La cuestión que se abre ahora es la de si el PSC puede formar gobierno en Cataluña en alianza con el partido catalanista radical. Las razones en contra son de peso. No se trata de gobernar un ayuntamiento, sino la Generalitat; la campaña ha dejado solemnizado el pacto a favor de la reforma del Estatuto por el candidato socialista; el plan Ibarretxe se cierne sobre el escenario catalán con indisimulada “vis” atractiva. No son de menos peso las razones a favor del pacto entre el PSC y ERC. Se trata de la oportunidad de ofrecer una alternativa de izquierdas a un gobierno de derechas enquistado en las instituciones catalanas. Desde el punto de vista del interés general de España, las posibilidades de un conflicto institucional con un Gobierno Maragall-Carod no pueden ocultar las posibilidades de un mayor enfrentamiento a cargo de un Gobierno Mas-Carod. En este contexto, la pretensión del PP de que el PSC ofrezca su apoyo a CiU para formar gobierno parece una petición excesiva, incluso quedando fuera del mismo los socialistas.

Vistos los resultados electorales, desde luego que merecía la pena el riesgo de la victoria del Maragall reformador del Estatuto e impulsor de nuevas realidades regionales. El caso es que esa victoria no se ha conseguido y es con los mimbres disponibles con los que habrá de formarse el futuro Gobierno de Cataluña. Una posible salida es la de confiar en el sentido común de Pasqual Maragall. Un sentido común que acaso convendría reforzar con la autoridad de un PSOE que se sabe depositario de la confianza de un amplio sector del electorado catalán. Un Pasqual Maragall con ideas claras, leal a la Constitución y al pacto nacional que implica el texto de 1978, podría imponer su liderazgo a una ERC que, al fin y al cabo, no puede ir más allá de su condición de socio minoritario. El carácter particular del nacionalismo catalán esgrimido por Carod en la campaña podría, en hipótesis, hacerle receptivo a una idea de lealtades compartidas en el marco de un funcionamiento pluralista de la vida española y europea. El hecho europeo será siempre un argumento a favor de Maragall a la hora de frenar los entusiasmos nacionalistas de ERC. Europa no da abrigo a Estados libre-asociados. Y la sociedad catalana, como la vasca, no pueden plantearse, ni como hipótesis, una marginación de la UE.

El resultado final es que, en ausencia de un difícil acuerdo CiU-PSC, el pacto entre el PSC y ERC podría ser un camino merecedor de ser explorado. No va a ser un camino de rosas. Pero la alternativa CiU-ERC puede resultar peor. Mientras tanto, parece llegada la hora de que el PSC se plantee su renovación. De que se supere la extraña coalición que en ocasiones aparenta el socialismo catalán entre el voto del PSOE y una élite catalanista. Es necesario un PSC confiado plenamente en los valores constitucionales, en el pacto nacional de 1978 y en la defensa de unas lealtades compartidas en el marco del pluralismo cultural y político. Quizás el PSC sea ya lo que se reclama. Lo que es necesario entonces es acomodar su discurso político y sus mensajes electorales, incluida la imagen de sus líderes, a la demanda que proyecta la sociedad catalana.

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