Un camino para Europa a través de un campo minado

A principios de esta semana, un grupo de casi 100 destacadas personalidades europeas publicó una carta abierta a los líderes de los 17 países de la eurozona, donde pusieron negro sobre blanco lo que los líderes de Europa finalmente parecen comprender: que ya no se puede seguir “pateando la piedra para adelante”. Como también han comprendido algo que no es menos importante: que no alcanza con garantizar que los países puedan financiar sus deudas a tasas razonables, sino que también hay que resolver la debilidad del sistema bancario europeo.

De hecho, los problemas bancarios de Europa y los de deuda soberana se refuerzan mutuamente. La desvalorización de los bonos públicos expuso la falta de capitalización de los bancos, mientras que la perspectiva de que los Estados deban financiar la recapitalización de los bancos impulsó un aumento de las primas de riesgo que pagan los bonos públicos. Enfrentados a la posibilidad de tener que tomar más capital en un momento en que sus acciones se venden por una fracción de su valor contable, los bancos tienen un fuerte incentivo a reducir sus balances retirando líneas de crédito y achicando sus carteras de préstamos.

En este momento, los líderes europeos están decidiendo qué hacer, y su próxima jugada tendrá consecuencias determinantes: o logran tranquilizar a los mercados o los empujarán a nuevos extremos. Hay consenso respecto de que Grecia necesita una reestructuración ordenada, porque una quiebra desordenada podría ocasionar una debacle en toda la eurozona. Pero en lo relativo a los bancos, me temo que algunas de las medidas que los líderes de la eurozona contemplan implementar son desacertadas.

En concreto, hablan de recapitalizar el sistema bancario, en vez de garantizarlo, y pretenden hacerlo país por país, en vez de hacerlo en forma conjunta para toda la eurozona. Tienen para ello buenas razones: Alemania no quiere pagar por una recapitalización de bancos franceses. Pero aunque es comprensible que la canciller Angela Merkel insista en esta cuestión, la está llevando en una dirección equivocada.

Permítanme trazar con más precisión el estrecho camino que puede recorrer Europa para atravesar este campo minado. Lo primero que hay que hacer es garantizar el sistema bancario, y solo después recapitalizarlo. Los Estados no pueden financiar ahora una recapitalización de los bancos, porque eso los dejaría sin fondos suficientes para hacer frente al problema de la deuda soberana. Pero cuando la crisis haya amainado y tanto los bonos públicos como las acciones de los bancos regresen a niveles más normales, recapitalizar los bancos costará mucho menos que ahora.

Lo que sí pueden hacer los Estados ahora es ofrecer una garantía creíble, porque disponen del poder de recaudar impuestos. Para que la eurozona movilice ese poder se necesita un nuevo pacto vinculante: no una modificación del Tratado de Lisboa (ya que eso tropezaría con demasiados obstáculos), sino la firma de un pacto nuevo, cuya negociación y ratificación llevará su tiempo. Mientras tanto, los gobiernos pueden recurrir al Banco Central Europeo, al que los Estados miembros de la eurozona ya garantizan plenamente en forma proporcional.

A cambio de la garantía, es preciso que los principales bancos de la eurozona acepten someterse a la autoridad del BCE. Es una medida radical, pero es necesaria dadas las circunstancias. Actuando según directivas de los Estados miembros, el BCE tiene suficiente poder de persuasión, ya que puede cortar el acceso al mecanismo de redescuento, mientras que los gobiernos pueden tomar el control de las instituciones que se nieguen a cooperar.

A continuación, el BCE ordenará a los bancos mantener sus líneas de crédito y sus carteras de préstamos; al mismo tiempo, vigilará de cerca los riesgos que corran por cuenta propia. Esto eliminará una de las dos fuerzas principales que impulsan la inquietud actual de los mercados.

Para enfrentar la otra fuerza impulsora (la falta de financiamiento para las deudas soberanas), el BCE puede reducir la tasa de descuento y alentar a los gobiernos afectados a emitir letras de tesorería y a los bancos a suscribirlas (idea que le debo a Tommaso Padoa‑Schioppa). Las letras de tesorería se podrían vender al BCE en cualquier momento y serían por ello equivalentes al efectivo; pero mientras rindan más que los depósitos en el BCE, a los bancos les convendrá más conservarlas. Durante este período de emergencia, los gobiernos podrán satisfacer a muy bajo costo sus necesidades financieras, dentro de límites acordados, sin que el BCE infrinja el artículo 123 del Tratado de Lisboa.

Estas medidas bastarían para calmar a los mercados y poner fin a la fase aguda de la crisis. Mientras tanto, la recapitalización de los bancos deberá esperar; solamente se cubrirán de inmediato los agujeros que cree la reestructuración de la deuda de Grecia. En conformidad con lo que pide Alemania, el capital adicional deberían aportarlo en primer lugar el mercado y en segundo término los países en forma individual (para que el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera no pierda poder de fuego, se debería recurrir a él solamente como último recurso).

En cuanto el clima esté más tranquilo, se podrá negociar un nuevo pacto para la eurozona que no solo codifique las prácticas puestas en práctica durante la emergencia, sino que siente las bases para una estrategia de crecimiento económico. Durante el período de emergencia será inevitable aplicar recortes fiscales y medidas de austeridad; pero a más largo plazo, sin crecimiento la carga de la deuda se volverá insostenible, y lo mismo sucederá con la Unión Europea.

George Soros, presidente de Soros Fund Management y del Open Society Institute. Traducción: Esteban Flamini.

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