Un casino sobre el ‘Titanic’

Si me pidieran definir con una metáfora la síntesis de la crisis económica que nos asfixia, diría: un casino sobre el Titanic. Tiene plasticidad, si a continuación digo que lo de casino equivale a lo que ahora llamamos mercado y es como un dios bárbaro que lo estrangula todo. Mercado siempre fue una palabra honorable, el lugar donde se vendían pescados y carnes, harinas y cebollas, aceites, patatas y toda esa ristra de bienes que nos restauran la existencia. Actualmente, mercado es la parte sustantiva del laberinto que conocemos con el nombre de crisis y cuya salida nadie encuentra, pero por el que se mueven con enorme soltura poderosísimos especuladores. Algunos políticos -podríamos citar a Zapatero, a Berlusconi e incluso a Sarkozy- ven en cada curva puertas de salida que nos llevarán al crecimiento, pero terminan siendo fugaces espejismos. Rajoy, mientras se fuma un puro, dice que hay una amplia puerta de salida y que él sabe dónde está, pero que Zapatero con su natural torpeza no la encuentra. No da más detalles, y lo más probable es que sea un farol donde arden sus ambiciosos espejismos.

Los mercados son seres vivos en permanente estado de impaciente voracidad y cabreo. Nada les satisface plenamente. En vísperas de que Irlanda aceptara y pidiera la ayuda que le imponían la UE y el FMI, importantes analistas económicos nos aseguraban que con el pacto del rescate los mercados se tranquilizarían y se recuperaría la calma. El rescate produciría los efectos de una pastilla de Trankimazin sobre las perturbaciones de la ansiedad. Pero ¡qué va! Los analistas se equivocaron, los mercados no solo no se calmaron, sino que mostraron su agrio malestar castigando a las bolsas con bajonazos claramente especulativos. Las bolsas, tan sofisticadas, funcionan en realidad como una corrala de vecinos: cualquier rumor o noticia tendenciosa las altera y alarma. Los fabricantes de rumores y los especuladores son los mismos, de ahí la eficacia de sus dos trabajos combinados. Hay evidencias de que ahora han puesto sitio a Portugal y España. Sin descartar en el futuro a Italia e incluso a la misma Francia. Aunque objetivamente España pueda responder a sus compromisos de deuda, si el asedio se prolonga puede provocar rendiciones, y más si el partido de la oposición y ciertos medios ven con entusiasmo la catástrofe que hundiría definitivamente al zapaterismo.

Las recetas que da el mercado: disminución del gasto, que nos lleva a la disminución de la producción y nos conducirá fatalmente a la anemia. Claro que es posible otra cultura del consumo, una nueva articulación económica y social que no esté definida por el neoliberalismo. Cuando apareció la crisis, muchos dirigentes, entre ellos Sarkozy, dijeron que había que refundar el capitalismo eliminando las tiranías del mercado, y después de casi tres años vemos cómo domina la suprema tiranía del mercado. Vemos cómo los grandes guardianes del templo siguen siendo los banqueros, a quienes primero hay que rescatar. Es demagógico culpar de la misma manera a todos los banqueros -los hay excelentes profesionales y verdaderos motores económicos-, pero entre nosotros resulta verdaderamente obsceno que el empleado como presidente de un importante banco cobre 16 millones de euros al año, como resultan obscenas las multimillonarias indemnizaciones a altos ejecutivos de la banca.

Lo malo es que detrás de las grandes palabras, detrás de los aplastantes números, viven personas que lo están pasando muy mal y a las que sobrevivir les supone una angustia cotidiana. En España hay una cifra que debería avergonzarnos a todos, no solo a los políticos y financieros. Me refiero al 20% de parados, el doble que en Portugal y muy por encima de Grecia e Irlanda. Ese porcentaje es una desvertebración social y no se trata de algo coyuntural, porque incluso en las épocas de bonanza de Aznar y Zapatero, cuando jugábamos la Champions, nuestro paro duplicaba permanentemente la media europea. Para anestesiar la mala conciencia solemos decir que hay mucho trabajo en negro, y puede que sea verdad, porque de lo contrario se produciría una revolución con las consecuencias de lo que significa esa palabra. Pero es lo mismo de malo, porque significa una explotación con dumpings salariales, aparte de las consecuencias de insolidaridad que supone en el gasto público.

La izquierda está muy débil en ideas y propuestas. Da la sensación de que del laberinto del omnipotente mercado no existe salida por la izquierda. Dicen que hay que establecer un nuevo orden financiero, pero en la práctica alimentan el viejo; un nuevo marco del cambio de divisas, pero sin precisar cómo será ese marco; un nuevo marco laboral porque es imposible competir contra salarios de una escudilla de arroz. Hubo un tiempo en que se decía que no había forma de salir del comunismo, y ante su evidente fracaso se salió. Ahora, ante el fracaso del capitalismo salvaje, nadie propone una puerta segura de salida hacia una formulación más justa de la convivencia económica.

Alfonso S. Palomares, periodista.