Un centenario con sordina

Celebrar centenarios es una rutina de la cultura oficial. Pero hay tantos que debemos elegir. A nivel estatal suele haber una gran conmemoración al año y cuál sea obedece a intereses políticos. Por eso, al acabar 2016, me pregunté: ¿por qué solemnizar tanto la muerte de Cervantes el año siguiente de celebrar el cuarto centenario de la segunda parte del ‘Quijote’ y casi nada el nacimiento del mejor dramaturgo de la segunda mitad del siglo XX, Antonio Buero Vallejo? Que se redujo, por lo que sé, a poco más que un homenaje en la Academia y algún artículo.

Para entenderlo he leído una tras otra sus 28 obras publicadas. Esa lectura me ha revelado un escritor inmenso y un hombre que, a lo largo de cincuenta años cabales, desafiando primero la censura franquista y el desencanto y la acomodación que sobrevinieron en la democracia luego, retrató nuestra evolución social, política y moral, y criticó siempre la injusticia, lleno de esperanza en un cambio sociopolítico y cultural que trajera un país y un mundo mejores. Pero, ante todo, me ha fascinado un autor que, sin hablar nunca de feminismo, incluyó en todas sus obras duras denuncias de la condición social subalterna de la mujer, durante la dictadura y después. Admira leer lo que Buero dijo en ese ámbito, hoy tan sensible, en una época tan hostil a esa visión. Adviertan, por favor, las fechas de escritura o estreno que ahora citaré.

En ‘Las palabras en la arena’ (1949), Buero, atribuyéndola a Jesús en el pasaje de la mujer adúltera, confería máxima autoridad moral a la palabra «¡asesino!» dirigida a un hombre que, al descubrir su adulterio, mataba a su mujer. El repudio de la violencia machista y la condena de la agresión sexual fueron para él un compromiso constante, tanto del crudo acto delictivo (‘Un soñador para un pueblo’, 1958, ‘Caimán’, 1981) como del que formó parte de la estrategia de terror al servicio de la represión política por vía policial, parapolicial o militar (‘La doble historia del doctor Valmy’, 1968, ‘El sueño de la razón’, 1970, ‘Jueces en la noche’, 1979, ‘Misión al pueblo desierto’, 1999); aún más si la violación causa el embarazo de la víctima (‘Hoy es fiesta’, 1955, ‘Aventura en lo gris’, 1963).

Buero señaló, además, que tal violencia es solo la forma extrema de las múltiples injusticias que sufrieron y sufren las mujeres: en ‘La tejedora de sueños’ (1952), Ulises y Penélope, cuyo amor se había extinguido durante su separación, se condenan a una convivencia desgraciada por la implícita ausencia de una ley de divorcio que España no recuperó hasta 1982. La perfecta mecánica dramática de ‘Madrugada’ (1953) permitía defender tácitamente la igualdad de derechos conyugales de las mujeres, estuviesen o no casadas con sus parejas. Y en ‘Irene o el tesoro’ (1954) señaló como raíz de todo ello la falta de autonomía económica de la mujer, que, en situación de precariedad laboral aguda, incluso deriva en esclavitud sexual (‘El concierto de San Ovidio’, 1962, ‘El tragaluz’, 1967, ‘Música cercana’, 1989).

Esos males nacen de una ideología patriarcal y una mentalidad machista que, cuando se imbuye de ella a sus víctimas, las aboca a la dependencia emocional del varón (‘En la ardient e oscuridad’, 1950, ‘Las trampas del azar’, 1994), a la pueril fantasía romántica y su obligada desilusión (‘Historia de una escalera’, 1949, ‘La detonación’, 1977), al cálculo arribista (‘Las cartas boca abajo’, 1957, ‘Soñador…’, ‘Jueces…’), a la frivolidad (‘Las Meninas’, 1960, ‘Mito’, 1967) o a su total anulación (‘Irene…’, ‘Jueces…’, ‘Trampas…’). Esa visión del mundo aliena también a los hombres: a menudo incapaces de expresar sus sentimientos (‘La señal que se espera’, 1952, ‘Madrugada’) y dependientes del atractivo físico de su pareja (‘Casi un cuento de hadas’, 1953, ‘Trampas…’), compiten por mujeres que ven como trofeo, reposo o apoyo del ‘guerrero’, no como una persona igual, con su proyecto vital (‘Lázaro en el laberinto’, 1986). Y aun si hay plena sinceridad y verdadera entrega recíprocas, la realización mutua en un proyecto emancipador es difícil en un medio que prescribe el logro individualista de más riqueza, poder y fama (‘Llegada de los dioses’, 1971, ‘La Fundación’, 1977).

A cierta España le gustaría ver el teatro de Buero como testimonio de ‘otros tiempos’; pero la pervivencia de realidades como esta lo impide. Asimismo, acaso irrite a algunos su denuncia, en cada obra desde 1975, y tan vigente hoy, de unas élites cuya primera meta es a menudo el lucro personal. O quizá es que un hombre de su intachable integridad resulta escandaloso en nuestro codicioso, insolidario e insostenible presente.

Juan Manuel Iranzo Amatriain

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