Un cóctel muy peligroso

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 23/07/06):

Hace justo un año, la perspectiva de la retirada israelí de Gaza permitió entrever un camino hacia la paz en Oriente Medio.

Hoy, la nueva guerra del Líbano – ¿cómo llamarla de otro modo?- hace temer un estallido generalizado en la región. Hezbollah ha aprovechado la ocasión dada por los bombardeos israelíes sobre Gaza para proclamar su solidaridad con los palestinos y presentarse como el más eficaz enemigo de Israel. Esperaba con ello ampliar su popularidad más allá de los círculos chiíes, entre las poblaciones árabes encolerizadas con la ausencia de reacción de los gobiernos árabes y europeos a esas operaciones militares, donde los civiles palestinos son las principales víctimas.

Hezbollah tenía también en mente dos hechos coyunturales. Decidió secuestrar a dos soldados israelíes en el momento en que el G-8 iba a tomar decisiones sobre el programa nuclear iraní y cuando se estaba planteando con mayor intensidad la cuestión del mantenimiento de su milicia armada. Las llamadas al desarme de Hezbollah se hacían más apremiantes tanto en el interior de Líbano como en el plano internacional. Así que Hezbollah ha aceptado a sabiendas el riesgo de desencadenar una nueva guerra, en la cual se ve sumido ahora en contra de su voluntad Líbano entero en el preciso momento en que el país de disponía a vivir un apacible verano con cierto aire de prosperidad recobrada. Y así Líbano está otra vez hundido en el infierno, justo cuando empezaba una temporada turística que se anunciaba prometedora.

Aunque la responsabilidad de Hezbollah parece clara, aunque es probable que Siria e Irán vean todo esto con satisfacción, no es menos cierto que la reacción israelí es totalmente desproporcionada. No cabe duda de que Israel tiene el derecho de responder al secuestro de sus soldados, como cualquier país. No cabe duda de que tiene derecho a la legítima defensa. Ahora bien, bombardear un país, sus infraestructuras, sus puertos, su aeropuerto, a su población civil; someter al bloqueo a un país, todas esas cosas constituyen actos de guerra de una gravedad excepcional. La acción militar israelí sólo puede ir acompañada de la muerte de numerosos civiles, sobre todo porque los bombardeos no se realizan únicamente en la zona de influencia de Hezbollah, sino en todo Líbano. Y es todo Líbano el que se ataca para hacer presión sobre Hezbollah.

Si los israelíes se indignan con la réplica de Hezbollah sobre Haifa y la muerte de civiles israelíes, harían bien en reflexionar sobre el modo en que pueden ser percibidas sus propias acciones. Es verdad que numerosos libaneses reprochan a Hezbollah haber tomado la iniciativa del enfrentamiento, pero son las acciones israelíes las que provocan los daños materiales y humanos que padece el país. Es la violencia de la reacción militar masiva israelí la que crea víctimas civiles. Asimismo, no deja de parecer como mínimo paradójico que Israel afirme querer con su acción militar aplicar la resolución 1559 que prevé el desarme de Hezbollah.

No estamos acostumbrados a ver que Israel tenga tanta prisa en relación con el respeto de las resoluciones de las Naciones Unidas.

El ejército israelí considera que la fuerza está a su favor y que es el único idioma que comprenden sus adversarios. Esta filosofía ha conducido en el pasado a numerosos desengaños. Sin embargo, Israel se beneficia, si no del apoyo, al menos del silencio cómplice de la comunidad internacional. Rara vez ha parecido tan grande la impotencia de los dirigentes del G-8, supuestamente considerados un directorio mundial. Éstos se han contentado por ahora con declaraciones verbales absolutamente platónicas y sin ningún efecto práctico. Es difícil imaginar a las grandes potencias exhibiendo la misma actitud negligente en el caso de que Israel sufriera los bombardeos de que es víctima Líbano.

Todo esto seguirá alimentando el reproche del doble rasero tantas veces subrayado en Oriente Medio, y no sin razón. Está claro que Estados Unidos, pero también los europeos, no vería con desagrado que Israel lograra sus fines y acabara definitivamente con Hezbollah.

La cuestión es saber si este objetivo es realizable a corto plazo y qué precio van a pagar Líbano y la región en su conjunto por esta nueva guerra. No hay que olvidar que la aparición de Hezbollah se remonta a la primera guerra de Líbano, a principios de la década de 1980. ¿Qué podrá resultar de ésta?

Fueron muchas las esperanzas suscitadas por la llegada al Ministerio de Defensa del laborista Amir Peretz, dirigente sindicalista. Por una vez no ocupaba ese cargo un antiguo general. Por desgracia, no parece tener control político sobre la acción militar, da la impresión de que no dirige el ministerio y que el ejército decide por su cuenta.

El lenguaje de la fuerza no conduce a nada, salvo a acrecentar el odio y alimentar razones para futuros enfrentamientos. La provocación de Hezbollah, la reacción desproporcionada israelí y la impotencia voluntaria de las grandes potencias forman un cóctel extremadamente peligroso.