Un Comité 1922 para el PSOE

Algunos lo llamarán sorpresas y otros lo valorarán como engaños, pero resulta cada vez más evidente que la principal herramienta que tiene Sánchez para ocupar la escena política es pillar a todos desprevenidos. Lo primero fue una moción de censura con apoyos que había solemnemente afirmado que jamás aceptaría. Después, desdecirse en tres semanas de su promesa de convocar rápidamente elecciones para anunciar que agotaría la legislatura. Y a partir de ahí, continuas retractaciones de previas declaraciones, como el recurso prolijo a decretos-leyes, aguantar a ministros que no cumplen con sus proclamadas normas éticas, fintar con las circunstancias de su propia tesis doctoral, pretender que aprobar -y siquiera presentar- los Presupuestos no es requisito para no convocar elecciones, olvidarse de la reforma laboral, y sobre todo un continuo funambulismo sobre el independentismo donde llega incluso a permitirse a su delegada del Gobierno en Cataluña que anuncie la conveniencia de los indultos.

Lo sucedido con Gibraltar es un episodio más, con la gravedad añadida de que se juega no sólo con sensibles intereses, sino también con algo tan valioso como el prestigio de nuestro país y la confianza de nuestros socios. Pasemos la sospecha de que se aprobaran cuantiosas ayudas al Campo de Gibraltar justo en el último Consejo de Ministros, ya arrancada la campaña andaluza. Lo que es indudable es que el Gobierno de Rajoy adoptó una posición de ambición nula en la negociación del brexit, y el gobierno de Sánchez la mantuvo y confirmó. Sin necesidad del órdago de la devolución o el horizonte lejano de la cosoberanía, había avances concretos que se debían reclamar, en particular sobre la gestión conjunta del aeropuerto. Incluso si no se hubiesen llegado a conseguir, una negociación ofensiva habría al menos asegurado preservar el statu quo.

El texto del acuerdo del brexit que se publicó hace diez días no podía realmente suponer una sorpresa para España. El negociador europeo Michel Barnier no nos trató bien, en efecto, pero cuando se ponderan las presiones dispares de 27 estados, hay ocasiones en que se evalúa que quien insiste menos es porque no está tan preocupado. El controvertido artículo 184 añadido a última hora no supuso un giro copernicano, puesto que consiste en remitir a una declaración que se sabía iba a incorporarse. El artículo 3 que se conocía desde febrero delimitaba un alcance geográfico que ya incluía Gibraltar, que estaba también tratado por un magro protocolo que remitía a acuerdos conjuntos de corte tecnocrático para materias como el contrabando de tabaco.

Los analistas se adelantaron un par de días al Gobierno español en calificar el documento del brexit de un paso atrás para España porque un texto legal recogerá que no es sólo nuestro país sino el conjunto de la Unión Europea quien debatirá su relación con Gibraltar. Empezó entonces la grandilocuencia de amenazar con un veto para acabar valorando como un logro «histórico» (el mismo adjetivo que usó Sánchez para enmascarar su resultado en las generales) unas meras declaraciones políticas de los presidentes de la Comisión y del Consejo y una comunicación británica de que la negociación de la relación futura «no prejuzga» (es decir, que ni se asume ni se descarta) que deba incluir a Gibraltar. En términos más gráficos, frente al peso de lo que reflejará el Diario Oficial de la Unión Europea nos conformamos con una nota de prensa de Juncker y Tusk y un ambiguo fax del embajador del Reino Unido.

A la negligencia de una negociación poco ambiciosa, se ha añadido pues la frivolidad de dar gato por rabbit a los españoles y de soliviantar a los socios europeos dejando en vilo la cumbre durante varios días en los que sí ha cabido un desacertado viaje a Cuba (el primer compromiso que deberíamos tener con un país amigo que desde que dejó de ser una provincia española ha sido casi continuamente una dictadura debería ser con establecer la democracia). Y tampoco se puede medir como una victoria que May se vea más fragilizada en su país, porque el brexit no es un juego de suma cero: una gestión discreta y constructiva a tiempo habría sido mejor para todos.

Lo que no ha faltado es una hábil puesta en escena: la última vez que los españoles vimos a un presidente del Gobierno compareciendo en fin de semana en Moncloa para oponerse a una potencia extranjera fue a Zapatero sacando las tropas de Irak; la misma música y una letra confusa y enfática debían llevar a las mismas conclusiones. El uso intensivo de los símbolos institucionales y los medios del poder no hacen al estadista, pero de lejos puede aparentarlo, sobre todo cuando uno estaba cansado de ver al inerte Rajoy, jefe de un partido condenado por corrupción.

Como militante del PSOE, pese a adivinar esta superficialidad en quien nunca he respaldado en unas primarias, lo voté y respaldé públicamente en las elecciones de 2015 y 2016. Me pareció entonces que las propuestas del partido y los contrapoderes que en el mismo existían corregirían suficientemente la amenaza del cesarismo. Todo cambió a partir de la reelección de Sánchez que vino acompañada de un completo abandono de posiciones ideológicas por parte de sus rivales, que mostraron también su oportunismo. El retornado secretario general no sólo blindó de obligados el Comité Federal (parlamento interno del partido), sino que instauró un sistema revocatorio donde sólo la mitad más uno de los militantes pueden cesarlo. ¿Se imaginan que la moción de censura a Rajoy hubiese necesitado para confirmarse que casi 19 millones de españoles depositaran un ‘Sí’ a Sánchez? Efectivamente, los cuerpos intermedios son los que de verdad pueden ejercer un contrapoder efectivo, y por eso la representativa es mejor democracia que la directa.

Es notorio que somos muchos en el PSOE -no aseguraré si la mayoría, no deberían otros decir que apenas ninguno- que estamos francamente insatisfechos y preocupados con esta deriva. Algunos militantes sin responsabilidades lo decimos con poco eco, y a veces quienes ocupan cargos se permiten alguna fórmula huidiza (por ejemplo, García-Page diciendo que reconocía el «PSOE al que se afilió» en las propuestas de Rivera) que se lanza en un periódico para consumo de afines cuando se ha evitado posicionarse en los órganos decisorios del partido.

Valoro la cohesión en un partido cuando es reflejo del respeto al resultado de una dialéctica plural y rigurosa. Pero cuando ésta no existe, la disciplina de voto como dogma sólo protege la ley de hierro de excluir la pluralidad y ambicionar el poder para estar, no para hacer. Por eso, a estas alturas, espero y pido que surjan entre los diputados del PSOE quienes expresen que estamos acercándonos o hemos rebasado ya unas líneas rojas que no resultan aceptables.

Bastarían muy pocos para lograr un contrapeso visible y probablemente efectivo. Un solo diputado ya mostraría el ejemplo de anteponer su visión de España a su «situación laboral». Tres podrían proponer a Ciudadanos un candidato moderado para una moción de censura con un presidente independiente de transición (¿Marchena sería quizá un «candidato idóneo»?). Y siete (menos de la mitad de los que desobedecieron en su día al Comité Federal con su «no es no») pedir al PP, UPN y Foro Asturias un ‘Sí’ humilde para que prosperase esa moción.

Ya que miramos tanto a los ingleses, se ha mencionado mucho últimamente -y quizá acabe pronto en las primeras planas- el 1922 Committee. Se trata de un mecanismo instituido hace casi un siglo por el Partido Conservador británico -los laboristas tienen uno similar- consistente en que, cuando ostentan el Gobierno, uno de sus diputados va recabando las cartas de sus compañeros de filas que disienten de la línea marcada por el primer ministro. Cuando alcanzan un 15% se vota una moción de censura interna al grupo parlamentario; es probable que May tenga que enfrentarse a esta situación en las próximas semanas. En Alemania, los congresos bianuales también suponen un contrapoder real, y en regímenes presidenciales como Francia o Estados Unidos, las circunscripciones uninominales obligan a cada candidato político a tener un perfil propio y no deber todo al partido.

España y el PSOE necesitan ese reajuste de poderes. Convocar elecciones puede ser ya insuficiente, porque Sánchez probablemente las esté preparando para pronto con tal de pillar por sorpresa sobre todo a su propio partido, y así asegurarse unas listas electorales sólo con fieles que garanticen su continuidad. El Comité Federal o los militantes ya sólo podemos quejarnos dese fuera de la muralla, los únicos que aún pueden fisurarla son algunos de los actuales diputados que se constituyan en «Comité 1922», y se decidan a aguantar que algunos los llamen traidores por ser fieles a su concepción de la democracia y de la política. Engaño por engaño, o sorpresa por sorpresa: hoy puede ser un buen día.

Víctor Gómez Frías forma parte del colectivo Socialistas y Liberales y es consejero de EL ESPAÑOL

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