Un conflicto inevitable (1)

Ningún problema internacional de los tiempos modernos ha sido más estudiado, comentado y debatido que el conflicto entre el movimiento sionista y sus sucesores israelíes, por una parte, y los musulmanes y cristianos palestinos, por otra. El conflicto está grabado en profundas memorias históricas, creencias religiosas y grandes luchas de poder en Europa, Asia y Oriente Medio.

¿Puede decirse o hacerse algo nuevo sobre él? Si ha existido alguna vez un tema que haya ido representando ante nuestros propios ojos la secuencia de acontecimientos pronosticada desde el principio, ha sido este. El estadista británico lord Curzon lo expresó de modo sucinto en términos bíblicos cuando el Gobierno británico debatió por primera vez, durante la Primera Guerra Mundial, la creación de un hogar nacional para el pueblo judío. En respuesta a la esperanza manifestada por uno de sus colegas en el sentido de que el plan británico fuera bien acogido por la población local, replicó secamente que dudaba de que esta se conformara con “cortar leña y sacar agua” (Josué, 9, 23) para los colonos judíos que afluyeran a la zona.

Gran Bretaña no dio crédito al comentario de Curzon. Sus necesidades estratégicas sobrepasaban cualquier otra preocupación. De hecho, como comunicó por escrito y de modo secreto lord Balfour al Gobierno británico, “en pocas palabras, y en lo concerniente a Palestina, las potencias aliadas [ es decir, la propia Gran Bretaña] no han hecho ninguna declaración que no sea demostrablemente errónea ni ninguna declaración política que no se hayan propuesto violar…”.

Y, en persecución de sus propios objetivos, un creciente número de judíos adoptaron su propio mito. Acuciados por un despiadado antisemitismo, constataron el peligro de extinción casi convertido en realidad en la Alemania nazi. No tuvieron en cuenta los derechos de la población palestina autóctona, como tampoco los colonos estadounidenses habían considerado los de los indios americanos autóctonos. De hecho, uno de los primeros padres del sionismo, Israel Zangwill, acuñó una descripción de la cuestión palestina que ha impregnado el pensamiento y la mentalidad sionista y judía desde entonces: Palestina era – dijo-“la tierra sin gente para gente sin tierra”. En fecha más reciente, la primera ministra israelí Golda Meir dijo con frase célebre que los palestinos no existían salvo para los judíos… pues, si existían realmente, se les consideraba, sencillamente, como no comparables a seres humanos.

Sin embargo, las tres cuartas partes del millón de habitantes de población autóctona no aceptaron, obviamente, tal definición. En su mayoría se trataba de lugareños muy enraizados en el territorio. Su identificación con la tierra ofrecía rasgos casi místicos. Los bancales del padre, el abuelo y el bisabuelo, los campos en que jugaban de niños y en que se hallaban enterrados los propios antepasados, las localidades donde se habían venerado sus santos, todo ello suscitaba hondas emociones. Antes de su diáspora, la población autóctona cimentó su árbol genealógico en el trazado de sus barrios y vecindarios de tal forma que el emplazamiento de las viviendas correspondía a la fisonomía del árbol familiar. Por tanto, no experimentaban sólo la clase de sentimiento que experimenta la mayoría de los europeos y americanos sobre sus propias casas – residencias temporales para muchos de nosotros-,sino una sensación más intensa, permanente y viva de relación con la tierra.

Durante los últimos sesenta años he hablado con decenas y decenas de personas que me han descrito habitaciones, casas, jardines, huertos y calles de forma tan vívida como si los estuvieran viendo en ese preciso momento. La idea de que este pueblo no amaba a su tierra o era como una comunidad gitana errante para la cual tan bueno era un lugar como otro no sólo es una necedad, sino que constituye en sí misma, dado que los palestinos son semitas, una inquietante variedad de antisemitismo.

Para los palestinos, los europeos que llegaban a su tierra eran colonizadores extranjeros decididos a apoderarse de su tierra y destruir su sociedad. Tenían razón. Ya en 1937, David Ben Gurion dijo: “Hemos de expulsar a los árabes y ocupar sus tierras”. No era una voz solitaria. Vladimir Jabotinsky, el padre del sionismo enérgico y mentor ideológico de los primeros ministros israelíes Begin, Shamir, Sharon y Netanyahu, dijo a la Comisión Real Británica de 1936 que intentaba dar con una manera de contentar tanto a judíos como a árabes que los sionistas nunca estarían satisfechos con menos que la totalidad de Palestina. “No podemos. Nunca podremos. Si os juráramos que un día nos daríamos por satisfechos, sería una mentira”.

En consecuencia, el conflicto era inevitable desde el inicio. La historia trágica de un siglo de creciente enfrentamiento es bien conocida. No hay ni probablemente nunca hubo puntos oscuros. Pero lo que hoy puede ser distinto es que todo el mundo coincide en que se debe solucionar el problema. Tal sensación de apremio y urgencia no es nueva: los británicos, habiendo tenido un papel decisivo en la creación del conflicto, establecieron ya en 1936 lo que siempre ha parecido a los extranjeros el factor fundamental de una solución: dividir la tierra entre judíos y palestinos. Para los británicos, la división parecía tan prudente y sensata como el dicho clásico: “Más vale algo que nada”.

Pero los sionistas y los palestinos reaccionaron furiosamente y pronto estalló la primera de cinco guerras sobre la tierra prometida.

Leer segunda parte del artículo.

William R. Polk, miembro del consejo de planificación política del Departamento de Estado durante la presidencia de John F. Kennedy Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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