Un decálogo para que Sánchez y Casado eviten "lo esperable"

'Lo esperable', de Juan Genovés . Marlborough
'Lo esperable', de Juan Genovés . Marlborough

A finales del año pasado vi colgado en una prestigiosa galería madrileña un impactante cuadro de Juan Genovés. Era una de sus últimas obras pues estaba firmada en 2019 y el gran pintor valenciano falleció en mayo del 20.

Se trataba de un imponente acrílico sobre tabla de más de dos metros de ancho perteneciente a su serie de estudios sobre las multitudes. Con la particularidad de que los cientos de individuos en movimiento representados en relieve con poses, texturas y colores diversos, cual fascinantes espasmos de dos amebas multiformes, aparecían separados por una diagonal lo suficientemente ancha y vacía, desoladoramente vacía, como para configurar dos bandos aparentemente estancos.

Podría pensarse, por mor de algunas rayas horizontales de color distinto al de la base, que el cuadro representaba la línea de meta de una carrera ciclista o automovilística, con los espectadores agolpados a ambos lados a la espera de la irrupción del primer bólido o del pelotón lanzado hacia el sprint.

Pero bastaba fijarse en la actitud de muchos de los que ocupaban la primera línea, en una y otra muchedumbre, para detectar gestos de hostilidad que denotaban imprecaciones, esbozaban puños cerrados, brazos en alto e incluso el lanzamiento de piedras u otros objetos que el pintor invisibilizaba pudorosamente.

La interpretación del arte siempre es libre y no me sorprendería que otras personas que satisfagan la curiosidad que pueda estar suscitándoles esta descripción, busquen el cuadro en Internet y tengan sensaciones distintas a las mías.

Un decálogo para que Sánchez y Casado eviten "lo esperable&quotPero yo no podía soslayar el papel que Genovés jugó durante la Transición como gran notario de la reconciliación, plasmada en sus representaciones de 'El Abrazo'. Ni tampoco el hecho de que la obra que captó mi atención como un imán de turbadora belleza se hubiera pintado en ese 2019 en el que incomprensiblemente quedó abortado por segunda vez el pacto transversal entre el PSOE y Ciudadanos. En ese 2019 en el que la repetición de elecciones soslayó la gran coalición y dio paso al gobierno más frentista de la democracia. En ese nefasto 2019 en el que, a falta de ‘pacto del abrazo’, desembocamos en el ‘pacto del insomnio’.

Y, desde esa óptica, fue definitivo conocer el título del cuadro: 'Lo esperable'. O sea que, en mi percepción subjetiva, el mensaje ya póstumo de Genovés se perfiló con nitidez: esto era lo que se veía venir, la vuelta a las andadas, la división de los españoles en dos bandos poco menos que herméticos, la polarización, la incomprensión o, peor aún, la incomunicación mutua, la fermentación del caldo de cultivo en el que se incuban las tragedias… sí, “lo esperable”.

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Suele contar Miquel Roca que su padre, obligado a exilarse a finales del 36 como fundador de la democristiana Unió Democràtica de Catalunya le dejó poco antes de morir, cuarenta años después, una reflexión que no ha olvidado nunca: “¿Sabes cuando perdimos la guerra? El día que se declaró”. Eso es lo que les ocurrió en conjunto a todos los españoles de aquella y varias generaciones posteriores.

Por fortuna no estamos de nuevo en esas, entre otras razones porque el concepto de “guerra” ha evolucionado mucho desde entonces y ni siquiera podemos aventurar en qué quedará su metamorfosis. Pero de lo que no cabe duda es de que hay un deterioro creciente de la convivencia que en el espacio público parece a veces irreversible y que a menudo corroe, por razones supuestamente ideológicas, las relaciones privadas. No hemos llegado al escenario de un nuevo fratricidio a gran escala, pero sí a algo semejante a su antesala.

No se trata de un fenómeno que suceda solamente en España. Dentro de unos días se publicará en Estados Unidos el libro The Next Civil War: Dispatches from the American Future en el que Stephen Marche proyecta la premisa de que “el actual hiperpartidismo, la ira y el odio de la política cotidiana generan una extendida tolerancia de la violencia”. Y, cuando lo dijo, aún no se había constatado que la inmensa mayoría de los republicanos, abducidos por las mentiras de Trump, dejaban solos a los demócratas de Biden en el aniversario del asalto al Capitolio.

¿Y qué puede decirse de la división que la hidra populista de tres cabezas —Le Pen, Zemmour, Melenchon— estimula en Francia, al aunar a los extremismos contra la moderación republicana encarnada por Macron? Merece la pena leer la entrevista en la que Manuel Valls describe en nuestro Porfolio el panorama que se ha encontrado al regresar a París y sus similitudes con la situación española. ¿O por qué no hablar de la cólera que se apodera de gran parte de la población británica ante el fiasco del brexit, las constantes muestras de irresponsabilidad de su primer ministro y la bochornosa conducta del príncipe Andrés?

Con el virus incontenible, la inflación por las nubes y la ya deteriorada cadena de suministro energético bajo la espada de Damocles de una invasión rusa de Ucrania que Washington considera inminente, todo se conjura para abocarnos a un crudo “invierno de nuestro descontento”. Ese tipo de meteorología política que a menudo entroniza a orangutanes de la calaña de Ricardo III.

España ha superado pruebas igualmente duras en las últimas décadas —el 23-F, el terrorismo rampante, los GAL, el estallido del paro, el 11-M, el plan Ibarretxe, la crisis de la deuda, la abdicación de Juan Carlos, el procés—, pero contando siempre con una ventaja competitiva de la que carecemos ahora: el consenso entre las grandes fuerzas constitucionales.

La mera ensoñación de la potencia y el prestigio que una España unida en torno a lo esencial volvería a adquirir en el concierto internacional y desde luego en la Unión Europea, debería obligarnos a tratar de recuperar la magia de los grandes acuerdos. Y por mí no quedará: he aquí un decálogo de propuestas dirigidas al PSOE, al PP y a cuantos partidos quieran sumarse.

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La única salvedad es que no vale adherirse por trozos, según lo que le convenga a cada uno. Este decálogo es un bloque, pero si alguien tiene otro mejor que lo presente cuanto antes. Utilizaré la primera persona del plural en la medida en que apelo a quienes nos representan y actúan en nombre de todos nosotros.

1.- Renovemos el caducado Consejo General del Poder Judicial en los términos previstos por la Constitución y la ley orgánica vigente e iniciemos de inmediato la negociación de la reforma del sistema de elección de sus vocales, según la pauta de la Unión Europea que pide una participación directa de los jueces.

2.- Debatamos, negociemos y pactemos una Ley de Pandemias que amplíe y sobre todo concrete las competencias tanto del Gobierno central como de las Comunidades Autónomas a la hora de gestionar lo que quede de la Covid y cualquier otra infección a gran escala que pueda atacarnos.

3.- Establezcamos una comisión de seguimiento del reparto y ejecución de los Fondos Europeos, con reuniones como mínimo quincenales, en la que Gobierno y oposición planteen sus quejas, disipen sus sospechas y aporten sus mejores experiencias.

4.- Respaldemos los retoques en la Reforma Laboral pactados por la patronal, los sindicatos y el Gobierno con la mayoría parlamentaria más amplia posible o al menos con el menor número de “noes” que denoten oposición frontal, desde la perspectiva de que el consenso social y la estabilidad en el mercado laboral compensan con creces cualquier insatisfacción o insuficiencia.

5.- Debatamos, negociemos y pactemos una posición constitucional común sobre Cataluña de forma que las fuerzas separatistas sean conscientes de que ningún proceso de diálogo, ninguna mesa de negociación o nuevo intento de secesión unilateral podrá alterar la unidad política en torno a la defensa de la soberanía nacional.

6.- Preparemos conjuntamente la Cumbre de la OTAN que tendrá lugar esta primavera en Madrid, con motivo del 40 aniversario de esa adhesión de España que la izquierda rechazó al principio frontalmente, para terminar aceptándola, en un ejercicio de rectificación y realismo que debería servir de motivo de orgullo a todos los atlantistas y de estímulo a los grandes consensos en política exterior.

7.- Debatamos, negociemos y pactemos la implantación de las modalidades de pago por uso en autopistas y autovías, vigentes en la mayoría de los países europeos, como única forma de garantizar la digitalización y electrificación de unas infraestructuras que deberían seguir dotando a España de una de sus grandes ventajas competitivas.

8.- Roguemos, pidamos y exijamos al jefe del Gobierno y al líder del primer partido de la oposición que mantengan contactos, conversaciones y reuniones de manera habitual y recurrente para intercambiar impresiones y alcanzar acuerdos en todo aquello que la actualidad requiera y propicie.

9.- Roguemos, pidamos y exijamos al PSOE, al PP y al resto de grupos parlamentarios que se comprometan a convocar cada año de manera escrupulosa el debate sobre el Estado de la Nación, de forma que todo lo antedicho y el resto de la agenda política, se discuta sistemáticamente y de manera global al menos cada doce meses.

10.- Instemos, en último lugar por razones cronológicas, —pero en el primero por mor de la importancia—, a PSOE y PP a que, en el probabilísimo caso de que en las próximas elecciones generales ninguno de los dos tenga mayoría absoluta, el derrotado permita la investidura del líder del partido ganador y ambos inicien negociaciones para que la gobernabilidad no dependa durante la legislatura del apoyo y exigencias de las fuerzas extremistas de izquierdas o derechas.

Este decálogo no es una Carta a los Reyes Magos pasada de fecha, pero sí una apelación a lo inesperado y por lo tanto una alternativa a “lo esperable”. Pero lo inesperado —en función de nuestra tradición cainita— ya sucedió una y otra vez a partir de 1977 y, como dice un admirado amigo, con especial autoridad en materia constitucional, quienes lo vivimos deberíamos esforzarnos en transmitir a las nuevas generaciones lo bien que se siente uno cada vez que llega a un acuerdo y cierra un trato con un adversario.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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