Un decálogo taurino

En su epílogo al libro de don Gregorio Corrochano «Qué es torear. (Introducción a la Tauromaquia de Joselito)», plantea don Emilio García Gómez una cuestión fundamental: la Tauromaquia es, por definición, un arte efímero. (Añado yo: igual que sucede con el teatro o la música en vivo, frente a otros productos «enlatados», reproducidos y reproducibles mecánicamente).

Por ello, no pueden dar cuenta completa de lo que ha sucedido en el ruedo ni la fotografía, ni el cine, ni el vídeo. Pasado el momento mágico, nos queda sólo – y ya es bastante- el recuerdo, con todas sus deformaciones sentimentales. Sin embargo, el escritor tiene la misión imposible pero necesaria de eternizar esa fugacidad con su palabra.

Aumenta el problema por la grave dificultad que supone simplemente «ver» lo que está sucediendo, en la realidad, y no cualquiera de los prejuicios con que solemos acudir a las Plazas. (Ya lo advirtió Hemingway, aunque a él, luego, en la práctica, también le cegara la pasión).

Es bueno, por supuesto que la Fiesta suscite amores y odios, no indiferencia. Pero también es peligroso para la cabal comprensión de este arte singularísimo. Así llega don Emilio, el insigne arabista, al meollo de la cuestión: «En la Plaza, las potencias del alma están tan enceladas con el espectáculo, que si el entusiasmo puede despachar telegramas urgentes al corazón, en cambio los ojos no pueden enviar placas bien impresionadas a la memoria».

El aficionado puede defender, con Pascal, las razones del corazón que la razón no comprende. Pero el escritor puede también reclamar, con Eugenio d´Ors, los sentires de la razón a los que el corazón no alcanza…

Si aceptamos todo ello, no parece inútil resumir en unas pocas frases, lo más claras y sencillas que sea posible, algunos preceptos básicos. El molde tradicional del decálogo – más descriptivo que normativo- puede servirnos para ello.

1- Como cualquier otro arte, la Tauromaquia supone una adhesión libre: a nadie se le puede imponer que aprecie la faena de un torero, igual que una sinfonía o un soneto. No todos los españoles son aficionados a los toros y sí lo son, y buenos, muchos extranjeros. La Fiesta es hoy universal, pero en todo el mundo se la ve como algo nacido en España (igual, por ejemplo, que el Renacimiento en Florencia o el jazz en Nueva Orleáns).

2 – Forma parte la Fiesta del patrimonio cultural de España – y de la Humanidad – en el ámbito inmaterial. Así se pretende ahora que lo reconozca la Unesco. Como cualquier manifestación artística, merece, por ello, respeto y protección.

3 – La Tauromaquia es la Fiesta del toro bravo: sin el toro, simplemente, no existiría. Como afirma Sáenz Egaña, el toro bravo es «la máxima aportación española a la zootecnia universal». Este hermosísimo animal no es «naturaleza» sino «cultura»: el fruto de un delicadísimo proceso de selección, una creación humana. La desaparición de la Fiesta supondría la extinción de este hermosísimo animal.

4- Posee la Fiesta un valor ecológico absolutamente indiscutible, ha permitido la conservación de una gran extensión de dehesas andaluzas, extremeñas, salmantinas: cerca de 400.000 hectáreas de tierras que no permiten otro cultivo se mantienen hoy gracias a la cría del ganado bravo. Según el estudio de Díaz, Campos y Pulido, es «el ecosistema español más apreciado y conocido en el mundo». Sin corridas de toros, surgirían grandes páramos y veríamos nacer nuevas colonias de chalets pareados o ciudades dormitorios.

5- La Tauromaquia ha sido siempre y sigue siendo hoy una Fiesta popular: del pueblo que somos todos. En ella participan libremente aficionados de todas las ideologías, clases sociales y niveles económicos. Resultaría facilísimo señalar nombres concretos que lo demuestran. Es absolutamente falso identificarla con una tendencia política castiza, reaccionaria y antieuropea.

6- Para el pueblo español, el torero es un verdadero héroe: uno de los pocos que quedan, en un mundo cada vez más prosaico. Realiza lo que ninguno de nosotros haríamos por todo el dinero del mundo: domina a una fiera terrible, creando belleza, y afronta con dignidad esa «hora de la verdad» que a todos nos ha de llegar: eso es, por ejemplo, lo que canta García Lorca en su «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías».

7- Como fenómeno artístico y cultural, la Tauromaquia ha ido inexorablemente unida a la Historia de España: es fácil hablar de la Tauromaquia del romanticismo, del 98, del 27, de la guerra, del franquismo, de la democracia… La Fiesta refleja las circunstancias de cada momento histórico. Lo definió de modo tajante Ramón Pérez de Ayala: «En ninguna parte como en los toros cabe estudiar la psicología actual del pueblo español».

8- Como espectáculo popular que atrae a millones de espectadores, la Fiesta supone una importante actividad económica, crea muchos puestos de trabajo y genera muchos ingresos, directos o indirectos. Se suele hablar de cerca de 200.000 personas en empleos directos y de un volumen de dinero anual de unos 1.500 millones de euros. Sin ella, además, no cabe imaginar las Ferias y Fiestas de innumerables ciudades y pueblos de España, con una importantísima repercusión en el turismo. Su hipotética desaparición supondría un muy grave daño para nuestra economía.

9- El léxico taurino impregna nuestro lenguaje coloquial. No es una jerga profesional más – como la de los médicos o los abogados, por ejemplo- porque lo utilizan también los que no son aficionados a la Fiesta. Y lo más interesante, se usa, en sentido metafórico, en todas las esferas de la vida pública; sobre todo, en la política: ¿cuántas veces hemos oído que el Gobierno español debe coger por los cuernos el toro de la crisis cuya existencia negó? De este modo, el lenguaje taurino configura la forma de pensar de nuestro pueblo y es uno de los síntomas más claros de la actitud española ante la vida.

10- Como es bien sabido, la Fiesta ha suscitado infinidad de creaciones culturales de indudable categoría: poemas, novelas, comedias, ensayos, pinturas, esculturas, óperas, música sinfónica, flamenco, canciones populares, películas…
Nombres como Goya y Picasso, Hemingway y Orson Welles, Ortega y Alvarez de Miranda, Manuel Machado y Miguel Hernández, Pérez de Ayala y Tierno Galván, Gerardo Diego, Pemán y Agustín de Foxá… Con tales compañeros, no debemos sentir vergüenza sino proclamar con orgullo nuestra condición de aficionados.

Concluyo. En una fotografía de Cano se ve a dos personajes toreando, al alimón, una vaquilla. Cada uno sostiene el capote por un extremo. Uno de ellos es don José Ortega y Gasset; el otro, don Domingo Ortega. No cabe mejor símbolo de la unión de nuestra cultura con la Tauromaquia.

Alguien tan sensible como Federico García Lorca proclamó que la Tauromaquia es «la fiesta más culta que hay hoy en el mundo». En el mundo entero, se la ve como una de las señas de identidad de la cultura española.
Vivimos en «la piel de toro», en el centro del «ruedo ibérico». Y así queremos seguir viviendo.

Andrés Amorós