Un desastre sin «Literatura del desastre»

Una de las primeras mañas que se aprenden en el vientre de la bestia es la de subir a por aire cuando lo hace la ballena. Es un deporte de alto riesgo pero yo no podía faltar a la cita del 11-M.

Te introduces por los pulmones cavernosos del cetáceo, pasas a la cavidad frontal, cruzas su enorme saco de esperma y sales al exterior por el canal nasal izquierdo, contiguo al espiráculo. Es como irrumpir sobre la resbaladiza superficie de un submarino. Como esbozar el más efímero streaking en un derbi. Apenas tienes medio minuto de margen para volver al redil antes de que se produzca la siguiente expulsión de cuatrocientos litros de aire en un segundo.

Mi primera experiencia no podía ser banal, dada la efeméride. Por eso me erguí desafiante, elevé in memoriam la mirada al cielo y, como Melville aquel día en que se hizo íntimo de Hawthorne al borde del precipicio de Monument Mountain, enarbolé un arpón imaginario e hice el más enérgico ademán contra la mole que rugía bajo mis pies.

Desde tan inestable púlpito reiteré mi Yo Acuso contra las togas y las placas: «Varones ilustres, ¿hasta cuándo seréis de corazón duro? ¿Por qué amáis la vanidad y vais tras la mentira?». No me dio tiempo a más. Salté al interior cuando el hocico ya se contraía para dar paso al surtidor de agua, vapor y flemas que me habría pulverizado.

Eran las palabras de Isaías del introito del artículo que Francisco Silvela publicó en El Tiempo el 16 de agosto de 1898, al mes siguiente de la pérdida de Cuba. Lo tituló Sin pulso y comenzaba asombrándose del conformismo de los españoles tras el trauma: «No se oye nada, no se percibe agitación en los espíritus, ni movimiento en las gentes».

Aquel 3 de julio en que los yanquis hundieron nuestra flota perdimos 323 hombres. Ocurrió frente a La Habana y todos eran soldados. El 11 de marzo de 2004 hubo 191 víctimas mortales pero ocurrió en Madrid y no eran tripulantes de barcos de guerra sino currelas adormilados en vagones de trenes de cercanías. La primera reacción fue lógicamente la misma: «Donde quiera que se ponga el tacto, no se encuentra el pulso», escribió Silvela. «Solo se advierte una nube general de silenciosa tristeza que presta como un fondo gris al cuadro».

El problema es que este décimo aniversario nos da una nueva perspectiva. No la del shock sino la de su digestión. Y los caminos se bifurcan. Entre el 2 de marzo de 1907 y el 9 de abril de 1908 Miguel de los Santos Oliver publicó en La Vanguardia una serie de artículos bajo el epígrafe La literatura del desastre. Levantaba acta de la apasionada lección de anatomía mediante la que, en apenas una década, Unamuno, Baroja, Costa, Machado, Azorín, Valle, Maeztu, Galdós, Picavea o Mallada habían diseccionado los males de España. El gran periodista mallorquín se estremecía ante esa «literatura copiosa, revuelta, tumultuaria, a trechos estimulante y cáustica, a trechos deprimente y narcótica como el vaho del cloroformo en las enfermerías». Hoy no percibiría nada semejante.

Podrá alegarse que aquellos «mosqueteros que -según Trapiello- se querían merendar literalmente a los viejos carcas en sus viejos periódicos», más que una generación constituían una jauría literaria. E incluso que, en palabras lúcidas de Moreno Alonso, era una camada «ayuna de estudio y sobrada de ira». Pero nadie puede discutir que reaccionaron con vitalidad tras el acontecimiento, buscando una respuesta intelectual a los problemas nacionales. Como ha explicado Carmen Iglesias, «contribuyeron a formar estereotipos e interiorizaciones pesimistas» pero también «a llenar el imaginario político y simbólico de los españoles de amor y patriotismo».

Los gobiernos del propio Silvela y Maura hicieron del regeneracionismo bandera y proyecto político. Tanto caló el concepto en la vida cotidiana que Baroja se detuvo, no sin chufla, ante el rótulo de una zapatería que prometía «la regeneración del calzado». Nada parecido ha pasado en estos diez años. Ni por los pies ni por la cabeza. «¿Qué cantan los poetas españoles de ahora?», diríamos parafraseando a Alberti. «¿Dónde los hombres?». Ni están ni se les espera porque 2014 continúa atrapado, estancado, desventrado en 2004.

He seguido con interés el debate -Orbyt se descarga de miedo con el wifi de la ballena- sobre la trascendencia del 11-M. Y yerran tanto quienes alegan que fue el 11-M lo que jodió el Perú como quienes ocultan que tras el 11-M se jodió el Perú. Si no hay causalidad, tampoco casualidad. En uno de los pasajes no emitidos de nuestra larga charla intenté concienciar a Évole de que cuando sus nietos hagan balance, la masacre de Madrid seguirá dominando el inicio del siglo XXI al menos con tanta preminencia como el desastre del 98 domina el final del XIX.

Son dos terremotos que destapan la decadencia. Admitamos que los vicios de una y otra Restauración hubieran aflorado en todo caso, que ya estaban sembrados antes del drama; y admitamos que nada es nunca unívoco o lineal. Pero tan ingrávido como no detectar la ampliación de los derechos civiles o el final de los crímenes de ETA de un lado de la balanza, sería ignorar que la confluencia de la política de la corrupción, la usurpación representativa y la lengua de trapo con la economía del desempleo, el expolio tributario y el endeudamiento rampante desnivelan todo hoy hacia una crisis que yo veo irreversible. Llamémosle, por boca de Clarín, la «putrefacción del sistema».

Es verdad que la pérdida de nuestras últimas colonias tuvo consecuencias contantes y sonantes más aparatosas. Pero en los atentados de Madrid, tras la carnicería humana, aún quedaba una espoleta de demoledores efectos retardados. Me refiero a la destrucción de la confianza en las instituciones por su incapacidad de esclarecer lo sucedido.

En relación al 11-M los españoles se dividen entre una gran mayoría, pastoreada por la campanuda vagancia editorial, que no sabe lo que no sabe y una minoría autoexigente que al saber lo que no sabe -el quién, el cómo y el para qué- ha descubierto lo poco que puede esperar de nuestra policía, nuestra justicia y no digamos nuestros gobernantes. Ese fermento devastador acaba de ser definitivamente abonado por el «¡Ojalá no nos hayamos equivocado!» que anteayer iluminaba cada párrafo del pretendido descargo de conciencia -menudo documento para la posteridad- del fullero juez Bermúdez.

Lo peor que queda de esta década es el daguerrotipo de los políticos. Con el estribillo de cierta izquierda ya contábamos -la culpa fue de Aznar- pero es la derecha la que hace que se te caigan los palos del sombrajo. Nunca olvidaré el estupor que me produjo el 12 de marzo de 2006 la reacción de mi interlocutor cuando al aterrizar en la T-4 procedente de Heathrow marqué, como tantas veces, el 616400225.

– ¿Qué tal, Mariano…? Como me pediste que te avisara si había novedades, quiero que sepas que mañana publicamos que el juez Del Olmo ha mostrado la mochila de Vallecas al inspector Álvarez, responsable de la recogida de equipajes en la estación de El Pozo, y este policía ha declarado que no la reconoce.

– ¿Cómo que no la reconoce?

– Sí, que no recuerda haberla visto entre los objetos que recogió allí.

– Pero oye… eso es gravísimo. Toda la investigación parte de la mochila de Vallecas. Mañana voy a pedir que, si eso se confirma, se proceda a anular el sumario…

– Hombre, es muy importante, pero tanto como para anular el sumario…

– Ah, sí, sí. Yo mañana voy a pedir eso.

El lunes 13 Rajoy no sólo planteó la nulidad de actuaciones -y el portavoz del PSOE López Garrido preguntó si se había «vuelto loco»- sino que declaró literalmente ante las cámaras: «Es necesario que las fuerzas de seguridad no cierren la investigación nunca».

¿Nunca? Al cabo de cinco años ese mismo señor llegó al poder con mayoría absoluta y después de que aquella información se confirmara en todos sus extremos, después de que el juicio del 11-M se celebrara sin que el tribunal llamara a declarar al inspector Álvarez, después de que en el posterior proceso judicial instado por Manzano contra EL MUNDO quedara acreditado que el policía mintió en relación a la mochila de Vallecas porque el modelo de móvil no conservaba la hora cuando se desmontaba, después de que los trenes hayan aparecido en el vientre de la ballena -¿dónde iban a estar si no?- rebozados por su grasa y por tanto inutilizados como prueba… después de tantos otros después, el Gobierno de Rajoy, heredero directo del que fue triturado por la conspiración terrorista, no ha movido un dedo para reactivar la investigación y tratar al menos de cubrir las inmensas lagunas de la sentencia.

«Hay que dejar la mentira y desposarse con la verdad», pedía Silvela en su artículo. Aquí ha sucedido lo contrario. La renuncia del Estado a esclarecer el mayor sabotaje jamás consumado contra un proceso democrático en un país desarrollado es la quintaesencia de lo que Javier Gomá ha bautizado en el plano filosófico como «la deserción del ideal». Mientras el ansia de transparencia era parte sustancial del canon de la transición, la resignación a la opacidad es ahora lo educado.

Por eso coincido con Gomá en que «preservar en la vida una cierta ingenuidad es lección de sabiduría» y no digamos si se trata de arponeros. De ahí mi alarde de hoy contra el más implacable enemigo de la ingenuidad: la tecnocracia que gestiona las barbas del rorcual. Que se vayan preparando los covachuelistas.

Mientras vuelvo a caer por la escotilla escucho a alguno de mis jóvenes colegas gritando en el exterior: «¡Surtidooooor!». Pulso firme, compañeros.

La tecnocracia no es buena ni mala en sí misma. Depende de frente a qué anhelo se aplique. Y así como López Bravo y López Rodó instaban a nuestros padres a desertar del ideal falangista de la «revolución pendiente», López Rajoy empuja a nuestros hijos a desertar del ideal liberal del control social del poder. No debemos permitirlo.

Pedro J. Ramírez, exdirector de El Mundo.

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