Un descubrimiento personal

Sucedió en la línea 5, en dirección a Cornellà. Montamos en la estación Sagrada Familia. Subí al vagón mientras charlaba con el escritor y amigo Javier Pérez Andújar. (Hay una curiosa tradición catalana impuesta por quien llegó a ser el más brillante de los atracadores de su tiempo en el campo del arte y que respondía al nombre de Salvador Dalí, hijo de notario –en Catalunya los notarios y sus herederos son y han sido muy importantes; tanto como en Galicia los registradores de la propiedad y sus retoños–. Esa tradición reza algo así como “Quien a partir de los 40 años monta en metro es que ha fracasado en la vida”.) Apenas se cerraron las puertas se dirigió a mí un individuo de aspecto magrebí que con suma corrección me ofreció su asiento.

Excuso decir mi perplejidad mientras miraba ora al magrebí ora a Javier. Lo rechacé de pleno, pero el buen hombre, educado y firme, insistía. ¡Un emigrante me dejaba su asiento para que lo ocupara un tipo mayor que le miraba con cierta distancia, entre sorprendido e irritado! No tenía, creo yo, nada que ver con el racismo, imagino que hubiera reaccionado igual con un castizo de Chamberí, aunque me temo que hoy día los castizos son incapaces de ceder su asiento ni siquiera a un anciano con parkinson y muletas, que no era mi caso.

Es evidente que me había topado con un respetuoso ciudadano que no estaba dispuesto a ceder ante un individuo que le parecía un viejo con más necesidad de sentarse que él mismo. La escena resultaba insólita para mí, que siempre me he indignado ante esas madres quisquillosas y agresivas que reaccionan en víboras cuando alguien les sugiere que levanten a sus retoños desparramados en el asiento mientras una anciana con dificultades busca con ansiedad un asiento de descanso. “¡Mis hijos tienen los mismos derechos que cualquier vieja carrascosa!”. Lo cual no es cierto, empezando porque sus hijos no suelen pagar billete. El día que desterramos la urbanidad de los planes de estudio y de las costumbres enterramos una civilización.

Pero lo cierto era otra cosa y no esa espuma de tiempos pasados, de las culturas que denominamos burguesas y del deterioro de las costumbres. Por primera vez en mi vida debía afrontar la conciencia de ser viejo y además parecerlo, hasta el punto de sentir el respeto, o la compasión, de un hombre que me cedía el asiento. Me importa una higa lo que puedan pensar los demás sobre este incidente personal, sus chistes y sus chanzas. Lo sabíamos por la literatura pero nunca, al menos yo, lo había interiorizado como inevitable en estos tiempos en los que cualquier fantasma oculta su edad como si con ello engañara a los lectores con esa especie de crecepelo intelectual de la autoayuda. Ese que suele expresarse en la frase: “¡Cada uno tiene la edad que siente!”. Es verdad que la capacidad de engañarse es el lazo más directo e indisoluble entre la adolescencia y la vejez, en el que cualquier mentecato con atavío académico es capaz de firmar hasta un libro.

Admitámoslo. Algunos hemos dejado de hacernos mayores. Ahora somos mayores. Bastaría la evidencia de que te consideren objeto digno de asiento en lugares donde son escasos –algo que una civilización arcaica, ya obsoleta, desdeña–. Porque quizá más importante que alguien te califique de viejo es el detalle que lo valore como digno de respeto. Por tanto el magrebí, educado y dispuesto, tiene mayor nivel de civilización que el mío propio, y quien merecería una reflexión es él, en su singularidad, que no yo, en la evidencia de una vida ya larga y muy trabajada.

67 años y medio es una edad para la reflexión y tiene su sarcástica gracia el que haya sido un incidente personal en la línea 5 del metro de Barcelona lo que me haya provocado de manera tan tardía un colapso reflexivo. Vejez y periodismo son términos contradictorios por más que algunos graciosos juveniles, ancianos prematuros, hayan escrito golosinas para simples sobre la veteranía de Indro Montanelli, un hábil prestidigitador ideológico del oportunismo italiano, o nuestro Fernández Armesto, Augusto Assía, y su gran tránsito del comunismo estaliniano a granjero gallego, casado con mujer de tronío. Los antiguos jóvenes cosmopolitas de pluma en alquiler envejecieron mal, pero sólo en lo que respecta a la prosa no al patrimonio.

Cada vez me inclino más por la figura emblemática del camarero. Admiro la profesión de camarero. No me estoy refiriendo a esos chicos/chicas, incompetentes por horas, que no tienen ni idea del oficio y que sobreviven en régimen de semiesclavitud; ni ellos saben hacer nada ni quienes les pagan van más allá de cubrir el expediente. No, yo quiero hablar del veterano de la servilleta blanca, como un manguito, y la sonrisa fría ante el cliente, a ese que no había que repetir la comanda y que no apuntaba nada fuera de su cabeza registradora. Siempre he pensado que nuestro papel en la historia, al menos el de algunos, entre los que me cuento, fue el de ser camareros en épocas difíciles. Servíamos atentos a quienes nos pedían tal o cual comida, bebida o desvarío, pero creíamos en el oficio o más bien en el respeto que se merecían los clientes que nos habían tocado en la equívoca suerte de la vida.

Sin ir más lejos, yo empecé en el periodismo legal a los 29 años. Felizmente un poco tarde, porque eso me evitó esas vergüenzas recónditas de los Raulito del Pozo, gran naipe, o la Rosita Montero, lágrima fácil. Lo digo sin ánimo de ofender, sencillamente porque ya soy mayor; me lo ha garantizado un educado magrebí en la línea 5 del metro de Barcelona, y ellos son los referentes vivos que mejor conozco cuando estábamos en lados diferentes de las barricadas de papel.

De ahí la imagen del camarero. Porque todo periodista fue durante un momento de su vida un camarero, un tipo servicial con vocación, aunque los oficios fueran en ocasiones arriesgados o trajeran alguna complicación añadida. Pero la verdad es que lo aprendimos casi todo en la humilde y dignísima profesión de camareros en la historia; lo que querían los clientes, sus gustos, sus manías, sus obsesiones, sus trampas… Hasta que un día nos propusimos que quizá había llegado el momento de montar nuestro propio bar, un chiringuito para autónomos, porque al fin eso es lo que somos, unos autónomos que han cubierto la edad de la jubilación sin poder jubilarse a menos que aceptemos esas fórmulas intrincadas que nos proponen los expertos letrados en tributos, donde nos ofrecen pasar de dueños de restaurante sin menú de mediodía, “sólo carta”, a asociados de una empresa limitada, cuyos intríngulis legales me parecen aún más difíciles que cocinar todas las semanas para los pacientes parroquianos que deseen un menú, si no exquisito, al menos decente.

Lo confieso, empiezo a estar cansado de escribir de Mas o de Rajoy, o esa variante abacial de la familia Simpson que se apellida Pujol, o el Bárcenas que esquía sobre nuestra columna vertebral y además esboza una sonrisa entre patilla y patilla. Los ciclos de nuestra vida están marcados pero sólo los distinguimos cuando ha pasado ya cierto tiempo. A mí, después de haber pisado casualmente la línea 5, en dirección a l’Hospitalet-Cornellà, infrecuente destino en los muchos años que vivo y gozo y sufro en Barcelona, aquello por lo que siento cierta añoranza es la ternura. La echo a faltar aunque sea en la aviesa caricia del disparo. Todo menos seguir insistiendo sobre si Òmnium Cultural mantiene sus orígenes de asociación racista, o si la Assemblea Nacional Catalana es la versión posmoderna de los chiruqueros que subían a la Montaña Mágica, no precisamente la de Thomas Mann, para confirmar que constituimos la sal de la tierra.

No entiendo por qué nos aseguraban que cuando llegáramos a viejos seríamos conservadores. Si fuera sincero me atrevería a decirles que nunca hemos tenido tantas razones para ser radicales y mandar a toda esta mierda de trepas en agraz –literalmente– a tomar por el culo.

Gregorio Morán

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