Un desorden amenazante

Unos años después de la segunda guerra mundial, cuando se ratificó en los Estados Unidos el Tratado del Atlántico Septentrional y se consolidó nuestra relación con Europa, el Presidente Harry Truman dijo simplemente: “Cuanto más estrechamente puedan colaborar las naciones que componen la comunidad atlántica, mejor será para todos los pueblos, en todo el mundo”.

Los decenios transcurridos desde entonces han demostrado que tenía razón y, a medida que nuestra relación transatlántica ha llegado a ser más fuerte y más expansiva, así ha sido también con la democracia, la prosperidad y la estabilidad de Europa, los Estados Unidos y todo el planeta.

Pero, aunque actualmente la relación transatlántica es tan fuerte y decisiva como siempre, no cabe duda de que nos encontramos en un momento decisivo para nuestra asociación. Estamos afrontando muchas pruebas, dos de las cuales son particularmente dignas de atención, porque ponen a prueba el derecho internacional, los mecanismos multilaterales y el orden mundial que hemos ido construyendo y manteniendo durante los setenta últimos años.

La primera prueba es, evidentemente, Ucrania, donde Rusia ha puesto en peligro el panorama de seguridad de la Europa central y oriental: primero, mediante su ocupación ilegal de Crimea y, ahora, con su descarado empeño y de desestabilizar a las claras la Ucrania oriental.

Esa amenaza me hizo volver recientemente a Kiev para reunirme con el Presidente, Petro Poroshenko, el Primer Ministro, Arseniy Yatsenyuk, y el minstro de Asuntos Exteriores, Pavlo Klimkin, mientras la Canciller de Alemania, Angela Merkel, y el Presidente de Francia, François Hollande, visitaban Kiev y después Moscú en pos de un plan para reducir la tensión existente. Todos convenimos en que la fuerza militar no pondrá fin a esa amenaza: la diplomacia, sí.

Pero cuanto más se tarde, más quedará al mundo sólo la opción de aumentar los costos a Rusia y sus títeres. Los Estados Unidos, Francia, Alemania y nuestros aliados y socios se mantendrán juntos y firmes en apoyo de Ucrania y en defensa del principio fundamental de que no se deben cambiar las fronteras internacionales por la fuerza, ni en Europa ni en ninguna otra parte. No hay división alguna entre nosotros sobre esa convicción fundamental.

La segunda prueba importante es el ascenso del extremismo violento. El nuevo vídeo del ISIS en el que se muestra la brutal inmolación de un piloto jordano capturado representó un nuevo extremo de depravación y, la semana pasada, las Naciones Unidas informaron de lo que muchos ya sabían: que ese grupo maligno crucifica a niños, los entierra vivos y utiliza a jóvenes discapacitados para que cometan atentados suicidas con bombas.

ISIS no es el único grupo extremista. El mes pasado, funcionarios pakistaníes me enseñaron fotos –con la hora grabada– de la Escuela Pública del Ejército en Peshawar antes y después de que los talibanes mataran a 145 personas (incluidos 132 niños) en el pasado mes de diciembre. La sala de actos de la escuela, llena de estudiantes sentados en sus sillas y atentos, quedó transformada en una cámara de la muerte: sangre, gafas rotas, libros de texto desperdigados, chaquetas desgarradas y jóvenes cuerpos sin vida. La directora de la escuela intentó salvar a sus estudiantes. Cuando los asesinos la amenazaron, señaló a los muchachos y dijo: “Soy su madre”. Ésas fueron sus últimas palabras.

El mundo no puede flaquear –ni lo hará– ante semejante extremismo, dondequiera que exista, ya sea en el Sahel, en Nigeria, en el Iraq o en Siria. Hoy, la coalición internacional que combate a ISIS ha llegado a tener sesenta miembros activos. Desde el pasado mes de septiembre, hemos reconquistado 700 kilómetros cuadrados de territorio. Hemos privado a ese grupo de la posibilidad de utilizar 200 instalaciones de extracción de petróleo y gas y los ingresos resultantes. Hemos desbaratado su estructura de mando, hemos socavado su propaganda, lo hemos privado de la mitad de su dirección suprema, hemos reducido su financiación, hemos dañado sus redes de suministro y hemos dispersado a su personal.

Pensemos en el caso de Kobani, en la frontera de Siria con Turquía, que estuvo amenazada con la aniquilación después de que ISIS capturara más de 300 pueblos kurdos cercanos. Los militantes controlaban ya grandes sectores de la propia ciudad y ellos y los medios de comunicación mundiales esperaban una victoria fácil, pero, gracias a la cooperación diplomática entre los socios de la coalición, a los ataques aéreos dirigidos a blancos determinados y al apoyo en el terreno de las fuerzas kurdas iraquíes, los militantes fueron expulsados, después de perder a unos mil combatientes.

Pero la derrota de ISIS es sólo el comienzo. La lucha contra los extremistas violentos no se decidirá sólo en el campo de batalla. Se decidirá en las aulas, los lugares de trabajo, las salas de culto, los centros comunitarios, las esquinas de las calles urbanas y los despachos gubernamentales, y también se decidirá con el éxito de nuestras medidas para detener el reclutamiento de terroristas, abordando la intolerancia, el desamparo económico y la exclusión, que contribuyen a crear vacíos que acaban ocupados por el extremismo, y creando opciones substitutivas creíbles, visibles y emancipadoras respecto del extremismo violento en los países en los que prevalece.

En los últimos años, ha estado de moda examinar semejantes amenazas y pontificar que el sistema internacional se está deshilachando en cierto modo. Discrepo enérgicamente. En realidad, veo lo contrario. Veo países cooperar juntos para negociar nuevos pactos comerciales de gran alcance, que abarcan el 70 por ciento, aproximadamente, del PIB mundial. Veo que el mundo coopera para poner fin a la pandemia de ébola. Veo que se procura lograr una resolución pacífica de la amenaza representada por el programa nuclear del Irán. Veo cooperación para lograr un ambicioso acuerdo mundial sobre el cambio climático y para frenar los conflictos en la República Centroafricana, Colombia y la República Democrática del Congo.

Sí, son tiempos de amenazas, pero veo países de todo el mundo que reducen la pobreza extrema, mejoran la atención de salud materna, mejoran la nutrición infantil, amplían el acceso a la educación primaria y aumentan la esperanza de vida. Más personas han alcanzado –o están en vías de hacerlo– la prosperidad que en ningún otro momento de la Historia y, pese a la amenaza que representa el extremismo violento, el porcentaje de personas que mueren violentamente ha alcanzado su punto más bajo de la era moderna. Todo esto ha sucedido –o está sucediendo– gracias a la solidez del orden internacional. Sólo debemos contribuir a hacerlo realidad en los lugares en los que actualmente parece estar a millones de kilómetros de distancia.

Tenemos la suerte de ser descendientes de innovadores, de emprendedores, de personas que superaron la esclavitud, las plagas, las depresiones, las guerras mundiales y el totalitarismo, personas que no tenían el menor miedo a las grandes dificultades y fueron de lo más eficaces al verse puestas a prueba.

Ahora nos toca a nosotros. Las pruebas que afrontamos actualmente nos obligan a hacer preparativos y planes, a unirnos y a defender nuestro futuro colectivo de la paranoia atávica de los terroristas y los matones. El futuro sigue perteneciendo a los valores universales del civismo, la razón y el Estado de derecho.

John F. Kerry, former US Senator from Massachusetts and Chairman of the Senate Foreign Relations Committee, is US Secretary of State. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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