Un despertar

Por André Glucksmann, filósofo francés. Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 03/02/07):

En Francia, la sorpresa de las elecciones presidenciales ya se ha producido. Antes de ir a votar, los franceses están experimentando una mutación mental. Los sondeos varían, el resultado final es imprevisible, pero en todas partes está calando el rechazo hacia un país convertido en un museo-hospital y presa de infecciones nosocomiales como el egoísmo, la discriminación, la ira o la recesión.

Ségolène Royal y Nicolas Sarkozy tienen pocas cosas en común, aparte de la edad, pero ambos fueron elegidos por unas bases refractarias a los posicionamientos tradicionales y a las doctrinas anticuadas. Ya no se trata de votar a socialistas o a gaullistas, sino de impulsar un despertar. En París, hace un cuarto de siglo que los sin techo se hielan en invierno. De pronto son noticia -no es fácil ignorar las tiendas de campaña-, la opinión pública se moviliza y el Gobierno toma cartas en el asunto. Pero ¿por qué ahora? Como en febrero de 1954, los ciudadanos intuyen que ya no se puede seguir dando tiempo al tiempo. “Ha bastado con que un hombre actúe al margen de las instancias oficiales para que los franceses se pongan en marcha. Pero sin el frío no hubiera sido posible. ¡Sin frío, no habría abate Pierre! (…) Cuando Francia tenga frío, también yo podré actuar” (De Gaulle). El momento ha llegado: una Francia lúcida vuelve a sentir ese “frío”, un momento degaulliano en el que es conveniente atreverse a pensar, tal vez contra las propias certezas, y luego, atreverse a actuar.

La batalla de ideas es un hecho consumado. Y, sorprendentemente, consumado por la derecha. El debate Sarkozy-Villepin, más que un pulso entre dos egos, refleja el enfrentamiento de dos visiones de Francia y del mundo. Movimiento contra conservadurismo. Sarkozy ha roto claramente con esa derecha acostumbrada a ocultar su vacío detrás de los grandes conceptos pontificantes. ¿Un ejemplo? Preconiza la discriminación positiva, que contraviene la igualdad virtual, para erradicar las desigualdades reales relacionadas con el color de la piel, el domicilio y el apellido. ¿Otro? Aboga por la subvención pública a la construcción de mezquitas para evitar que los fieles de la segunda religión de Francia tengan que orar en sótanos o en locales cedidos por los integristas ricos. Aun a riesgo de chocar con una concepción obsoleta de la laicidad, conviene recordar que, en 1905, en la Francia de las decenas de miles de campanarios no había minaretes. La demanda ha cambiado, pero la oferta sigue siendo la misma. La sociedad evoluciona, los principios deben evolucionar con ella.

La fractura de la derecha se extiende hasta la política internacional lo mismo que a la nacional. El fetichismo conservador, curiosa secuela del gaullismo, defiende la primacía de los Estados a toda costa. Esta realpolitik sacrifica nuestra historia y nuestro esplendor a los intereses a corto plazo de la venta de armas y los contratos petroleros. Nuestros dirigentes recibieron con mala cara la caída del muro de Berlín, luego apoyaron a sus aliados genocidas de Ruanda y condecoraron a Vladímir Putin con la Gran Cruz de la Legión de Honor. Una curiosa evolución que transformó la “patria de los derechos humanos” en el apóstol de los órdenes establecidos.

Sin embargo, la Francia generosa no olvidó a los oprimidos: ni al boatpeople vietnamita que huía del comunismo, ni a los disidentes rusos, bosnios, kosovares o chechenos, pasando por los sindicalistas de Solidarnosc encarcelados, las Madres de Mayo de la dictadura argentina, los argelinos víctimas del terrorismo o los torturados chilenos. En ningún otro país se habló tanto de esas monstruosidades ni de esas formas de resistencia. La posibilidad de abrirse fraternalmente al mundo está inscrita en nuestro patrimonio cultural; véase Montaigne, véase Hugo, véanse los french doctors y sus émulos. Nuestros compatriotas no están condenados por la fatalidad a dar la espalda al vecino, a vituperar al “fontanero polaco” o a aislarse del mundo.

Nicolas Sarkozy es hoy el único candidato que se ha adentrado por la senda de esa Francia del corazón. No en vano, ha denunciado el calvario de las enfermeras búlgaras condenadas a muerte en Libia, las masacres de Darfur y el asesinato de periodistas, y ha enunciado una regla de gobierno muy alejada de la de Jacques Chirac: “Yo no creo en eso que llaman realpolitik y consiste en olvidar nuestros valores sin ganar un solo contrato. No acepto lo que ocurre en Chechenia, porque 250.000 chechenos muertos o perseguidos no son una simple anécdota de la historia del mundo. El general De Gaulle quería la libertad para todos los pueblos y eso también reza con ellos. El silencio es cómplice y yo no quiero ser cómplice de ninguna dictadura” (14-1-2007).

¿Y qué responde la izquierda? Poca cosa, lamentablemente.¿Qué ha sido del combate de ideas que durante tanto tiempo fue su privilegio? ¿Y del estandarte de la solidaridad internacional, orgullo del socialismo francés de antaño? No se trata de incriminar a una candidata que respeto -aunque me cueste tragar lo de esa justicia china que nos quiere hacer pasar por modelo de celeridad-. Ségolène Royal se enfrenta a un vacío más grande que ella, mal que le pese a los comentaristas o a los envidiosos que fustigan sin miramientos su programa o su persona. La lección de abril de 2002 -cuando el candidato socialista, el primer ministro Jospin, obtuvo menos votos que el jefe de la extrema derecha, Jean-Marie Le Pen- no dio como fruto balance ni replanteamiento alguno. Cada facción consideró que el fracaso confirmaba sus propias certezas inalterables.

La izquierda oficial francesa se cree infalible moralmente e intocable intelectualmente. Ella encarna el movimiento y la república. Esto fue relativamente exacto hasta 1945. La izquierda había sido capaz de formular las preguntas y de entablar las batallas de las que nacería nuestra democracia laica y social. Pero, a partir de 1945, cuando el prestigio moral de la derecha quedó comprometido por la colaboración con el ocupante nazi, la izquierda profesional se durmió en los laureles. Así pues, menospreció las discusiones alemanas (alrededor del congreso de Bad Godesberg) e inglesas (a propósito del Nuevo Laborismo), ignoró la explosión espiritual de la disidencia del Este, y se desentendió de las revoluciones de terciopelo que se sucedieron desde Praga a Kiev y Tbilisi.

Víctima de su narcisismo, no ha tardado en caer en la indigencia cuando Nicolas Sarkozy, rompiendo con la tradición de la derecha, ha empezado a invocar a los insumisos y a los oprimidos, como el joven resistente comunista Guy Môquet, las mujeres musulmanas martirizadas, la Simone Weil que abolió el sufrimiento de los abortos clandestinos, el hermano Christian asesinado en Tibhirine (Argelia), o los republicanos españoles. En lo que a mí respecta, en vez de clamar contra la usurpación de mi herencia, como ha hecho el PS, permítanme que lo celebre. Cada vez que reconozco a Hugo, Jaurès, Mandel, Chaban o Camus en el discurso del candidato de la derecha, me siento un poco en mi propia casa.

La confrontación despiadada de ideas resulta útil en una campaña presidencial. Lo mismo que llamar a los candidatos al orden recordándoles sus límites, a condición de no eliminar a nuestro oponente desterrándolo de la nación, como pretendía un diputado socialista que descalificaba al “neoconservador norteamericano con pasaporte francés”. El ostracismo y la estigmatización de la “anti-Francia” fueron durante mucho tiempo patrimonio de la extrema derecha. La izquierda se merece algo mejor.

Nunca, en una vida ya larga y llena de compromisos, he tomado partido públicamente por un candidato (excepto por Chirac frente a Le Pen, en mayo de 2002). Hijo de judíos austriacos que combatieron a los nazis en Francia, éste es mi país de elección, y la izquierda, mi familia de origen. Precisamente por eso llevo cuarenta años batiéndome contra su anquilosamiento ideológico (apoyo a Solzhenitsin, a los disidentes antitotalitarios del Este, crítica de las anteojeras marxistas).

Hubo un tiempo en el que soñaba con una candidatura encabezada por Bernard Kouchner (el fundador de Médicos Sin Fronteras) que devolviese a la izquierda francesa su dimensión internacional perdida. Pero el PS impuso su veto, alarmado por la audacia de un electrón libre. Me hubiera gustado ver un tándem Sarkozy-Kouchner. Hoy, tomando partido por el primero, voy a perder amigos. Mi decisión, producto de antiguos dolores y de nuevas perspectivas, ha sido bien meditada. No comparto todas las propuestas del candidato de la UMP. Por ejemplo, en lo que toca a los sin papeles, deseo una regularización más amplia, basada en criterios humanitarios mejor entendidos. Pero votar no es abrazar una religión, sino optar por el proyecto más cercano a las propias convicciones.

El humanismo del siglo XXI no pretende imponer una idea perfecta del hombre. Verdadera barrera contra la inhumanidad, tanto en nosotros como en nuestro entorno, no puede contentarse con llorar a las víctimas y levantar la nómina de los muertos o los olvidados. Recusando la indiferencia culpable y la manía doctrinaria, el humanismo se obstina en una lucha -recomenzada una y otra vez- para “frenar la locura de los hombres negándose a dejarse arrastrar por ella” (discurso del 14-1-2007). A Sarkozy, esta definición de la política le viene dictada por el “murmullo de las almas inocentes” que escuchó en Yad Vashem. Un murmullo que, desde siempre, resuena en mi filosofía.