Un Dos de Mayo… interesante

“El francés me gusta, pero allá en su tierra”, le dice a Gabriel el amolador Chinitas, al final del capítulo XXV de El 19 de marzo y el 2 de mayo, uno de los Episodios Nacionales del novelista canario, y madrileño legítimo, Benito Pérez Galdós. Creo que ese es el espíritu del Dos de Mayo que merece a estas alturas ser reivindicado: el que, sin odio alguno al forastero, y sin dejar de reconocer que en aquellos días era Francia la que en todos los sentidos representaba el progreso, se oponía al método con que intentaba traerlo a Madrid, por la vía de la tiranía napoleónica.

También podría haber escrito don Benito: “pero no así”. Por las buenas, los madrileños a cualquiera le dan entrada y aposento; por las malas, vulnerando sus derechos y libertades, nadie espere pasar sin quebranto. Algo hay, en este carácter, del viejo espíritu comunero, el mismo que osó desafiar al monarca que mandaba en Europa por cometer el imperdonable descuido de ignorar los fueros de los castellanos. Madrid, antes musulmana, fue y es Castilla, y el color rojo de su bandera recoge el de los pendones mesetarios que siempre fueron emblema de coraje.

Este Dos de Mayo de 2017 les llega a los madrileños en un momento cuando menos interesante. Con un exvicepresidente y un expresidente en la cárcel, y la que durante muchos años fue presidenta obligada a hacer mutis por el foro de manera triste y desairada. Con la lectura de unos sumarios que abochornan por la forma en que, siempre presuntamente, unos golfos apaleaban el dinero público a las arcas del partido y a sus propios bolsillos, como si no hubiera un mañana o les importara un pimiento el mañana de sus conciudadanos; y sobre todo, por los modos rufianescos con que comentaban la jugada cuando empezaron a temer que la justicia andaba tras ellos, sin sospechar que había micrófonos, puestos por orden judicial, debajo de la mesa.

Existe la tentación, sobre esta premisa, de hacer un diagnóstico oscuro de la salud de la cosa pública madrileña. Y sin embargo, creo que cabe anotar síntomas esperanzadores, que nos dan testimonio de la consistencia cívica y moral de los madrileños, aunque en estos últimos años hayan cometido el error de poner a cuidar de sus asuntos a personas que probadamente no supieron o no quisieron hacerlo como habrían debido.

Y es que, a pesar de la presencia en las instituciones de tan notorios saqueadores, no puede decirse que la gestión de los servicios públicos haya sido completamente desastrosa. Madrid se ha dotado de unas infraestructuras más que notables, con ejemplos como el Metrosur, que ha vertebrado su tejido metropolitano y es un referente para otras áreas metropolitanas que ya quisieran contar con algo equivalente.

A una red de transporte público con la que pocas se comparan en nuestro entorno, y que sirve para mover con eficacia cada día a millones de personas, se suman una sanidad y una educación públicas que mantienen un alto nivel, pese a los recortes: para cuidar de su salud cuentan los madrileños con una red de atención primaria amplia y razonablemente moderna y un número envidiable de hospitales de referencia nacional, y sus alumnos de secundaria obtienen, junto a los de Navarra y Castilla y León, los mejores resultados en el informe PISA. Se ha avanzado también en la extensión y mejora de la red de bibliotecas (que estaba muy por debajo de lo que Madrid se merecía) e incluso ha habido experimentos pioneros en la implantación de una biblioteca pública digital.

Ello es así, sin ninguna duda, porque junto a gestores rapaces y deshonestos ha habido otros que han sido sensibles a las necesidades públicas y han hecho por atenderlas; pero también porque los madrileños no han consentido que se les privara de lo que habían conquistado en términos de avance social: las mareas blanca y verde, en defensa de la sanidad y la educación públicas, han tenido en Madrid la fuerza que les faltó en otros lugares, donde la privatización y precarización de esos servicios se ha impulsado sin respuesta ciudadana equivalente, en algún caso porque las energías necesarias las logró desviar el poder hacia reivindicaciones nacionales ilusorias o, siendo optimistas, de dudosa realización inmediata. Los madrileños no se han dejado despistar, y cuando hubo que paralizar en los tribunales a los que pretendían malvender servicios públicos, lo hicieron.

El ruido de los escándalos no debe ocultar que los gestores que encarnan esa época han sido apeados de las instituciones, sustituidos en el ayuntamiento por una izquierda que tiene aún el desafío de ganar credibilidad, pero no ha provocado catástrofe alguna, y en la Comunidad por un nuevo Partido Popular que, sin haber llegado a refundarse, no sólo no estorbó que se les pidieran cuentas a los últimos presuntos corruptos detectados en su seno, sino que puso de su parte para que la justicia pudiera acumular contra ellos las pruebas necesarias para actuar.

Ítem más: para defenderse de la tiranía repulsiva que representa la corrupción, han dispuesto los madrileños de una institución que nació y por primera vez se desplegó en Madrid, y que ha sabido ser leal a los ciudadanos frente al ejercicio ilegítimo del poder: la Guardia Civil. Puestos a considerarlo todo, otros no supieron dotarse nunca de un antídoto similar para sus propias ponzoñas. Así que, visto lo visto, tan mal no estamos.

Lorenzo Silva es escritor.

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