Un error dramático

Estamos viviendo tiempos de turbulencia, de rumores y de confusión en los que es fácil perder el norte. Es ahora cuando hay que templar el ánimo, reflexionar y ver qué es lo que más nos interesa al conjunto de los españoles. ¿O es que no hay nada que nos interese a todos?

De un tiempo a esta parte oímos persistentemente voces que, de un modo a veces subliminal, a veces explícito, pretenden hacernos creer que todo, absolutamente todo, nos enfrenta a unos contra otros; que lo que conviene a unos perjudica –siempre– a otros. De tal modo que no hay nada –insisten– que nos una a todos los españoles.

Los populistas repiten que hay que perjudicar a unos (pocos) para beneficiar a otros (muchos); los independentistas, que lo que beneficia al centro perjudica a las autonomías; y así sucesivamente.

Con ello se va haciendo desaparecer incluso los conceptos que nos unen, comenzando por el propio de nación (el de patria va quedando –excepto para algunos– como una antigualla inservible).

Un error dramáticoSe revela así uno de los factores que hacen que nuestra reciente democracia sea todavía inmadura: los países con democracias de más rancio abolengo –quizás el mejor ejemplo sea Gran Bretaña– saben muy bien que, por encima de las desavenencias entre los partidos, hay algo que a todos interesa por igual: los intereses generales; antes denominados «bien común» (otro concepto que va cayendo en desuso).

La propia dinámica de los partidos políticos parece abonar la misma teoría de que todo nos enfrenta; lo que es especialmente perceptible en épocas electorales (o casi) como la actual. Si, como es el caso, muchos políticos son de escasa valía, se llega al paroxismo: la única manera de que me identifiquen es por oposición al adversario; no tengo que explicar mi proyecto o mi programa, no tengo que desgranar mis propuestas ni que defenderlas; basta con decir que yo no soy «el otro» (al que previamente se ha identificado como el mal absoluto).

Probablemente el origen de ello haya que buscarlo en el concepto marxista de la «lucha de clases» que, si algún beneficio ha proporcionado a la humanidad, ha sido el de elevar hasta niveles impensables hace unos pocos años la calidad de vida y el bienestar de los pueblos europeos occidentales a costa de sacrificar en paralelo el bienestar, los derechos y libertades de las sociedades comunistas, inspiradas en las doctrinas marxistas. Y ello por el temor de aquellas a no caer en la condición de estas.

En todo caso, ese concepto y esa teoría nacieron y se aplicaron en unas sociedades que tienen poco parecido con las actuales: eran unas sociedades cerradas en sus respectivos territorios nacionales sin apenas contactos con el exterior, por una parte; y por otra, eran sociedades en su mayoría agrícolas en las que la creación de riqueza se limitaba prácticamente a la necesaria para subsistir. El nivel y la calidad de vida de un labriego en la Europa de 1850 (y en la España de 1950) eran prácticamente idénticos a los del siglo XVI.

En ellas prácticamente todo se discutía entre los connacionales; no era necesaria la unidad, salvo en los pocos casos en los que se tenía contacto con el exterior. Por ello la necesidad de «pactos de Estado» se limitaba a la política exterior y a la de defensa.

Las sociedades actuales, por el contrario, son sociedades abiertas, en constante contacto unas con otras, como corresponde a la reciente globalización; además están inmersas en una imparable e imprevisible revolución tecnológica. En ellas la creación de riqueza ha sido mayor que en ningún momento de la Historia, y parece que así seguirá siendo en el futuro inmediato, si bien en una difícil lucha competitiva de todos contra todos, como también corresponde a un mundo globalizado.

España durante demasiado tiempo ha sido la excepción en Europa: no participó sino hasta muy recientemente de la revolución industrial y el consiguiente desarrollo económico; también durante mucho tiempo los españoles no gozaron de los derechos y libertades propios de los regímenes democráticos. En fin, nuestro país permaneció aislado durante demasiado tiempo del resto de Europa.

Solo en la segunda mitad del siglo XX cogió el tren del desarrollo, y en el último tercio de siglo ha sido –y es– una democracia homologada con las demás que al cabo de más de cuarenta años ha mostrado algunos signos de esclerosis y de exceso de partitocracia. Por fin hemos cogido el tren del progreso y de la modernidad, después de haber perdido casi todos los anteriores.

En esas estábamos cuando nos llegó una crisis económica de enorme calado que ha producido daños (tangibles e intangibles) que nos han conducido a un resultado insólito en las últimas elecciones generales: a la tradicional división izquierda/derecha (PP y PSOE) se ha añadido una nueva: jóvenes/viejos (Ciudadanos y Podemos por un lado y PP-PSOE por el otro).

Con cuatro partidos importantes de ámbito nacional es más difícil alcanzar acuerdos, por ello hay que ser especialmente cuidadosos y no arriesgarnos a perder –otra vez– ese tren de modernidad y progreso.

Pero en nuestra sociedad actual, ya abierta y competitiva, como demuestran el nivel y el crecimiento de nuestras exportaciones, hay muchos factores que nos unen a todos (otra vez los intereses generales); sin ir más lejos: un buen y fructífero sistema educativo, la llegada de flujos de inversiones a nuestro país o la no deslocalización de nuestras industrias son ejemplos de casos en los que no existe la lucha de clases (como han demostrado nuestras organizaciones sindicales en sus recientes comportamientos).

En nuestras sociedades abiertas y competidoras se multiplican los casos en que son necesarios los «pactos de Estado»; ya no se limitan a política exterior o política de defensa, sino que deben abarcar otros muchos campos: política educativa, política industrial, política energética, política de I+D, etc.; en todos ellos competimos con otros países, muchos de los cuales nos enseñan cómo aúnan sus fuerzas y reducen sus divisiones, pues son muy conscientes de que así alcanzarán más fácilmente sus objetivos.

Si seguimos creyendo que nuestras sociedades son como las de hace cien años y pensando que el flujo de relaciones económicas debe pasar siempre por el filtro de la «lucha de clases», cometeremos un error dramático que a buen seguro pagaremos nosotros y nuestros hijos.

Eduardo Serra Rexach, presidente de la Fundación Transforma España.

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