Un escritor pide la palabra

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 03/02/07):

Me enteré que existía un escritor llamado Ricardo Menéndez Salmón como pasan esas cosas de la casualidad premeditada; porque un amigo me regaló un libro con un título imposible de puro temerario, La filosofía en invierno,que para mayor provocación no iba de ensayo a la moda sobre la autoayuda y la conveniencia de imitar a Spinoza puliendo lentes, cosa considerada muy útil hoy día para la relajación y la autoestima, sino que se trataba de un relato precioso, brillante hasta la osadía. Un autor que conjugaba la narración con el dominio de la lengua y un estilo seguro, incluso arrogante, de quien pisa fuerte en el camino que se ha trazado por más que sufra la erosión cotidiana de la mediocridad y de su secreto. El secreto de la mediocridad se reduce a la adaptación al medio, es decir, aquello que consiente la perduración de especies comunes y la eliminación de animales raros. Yla literatura se hace de insólitos; por lo menos así fue hasta ahora. Es verdad que el canon de comportamiento lo marcó Camilo José Cela y su celebérrimo “en España el que resiste, gana”, pero quizá haya algún individuo singular, este Menéndez Salmón por ejemplo, que ha llegado a escribir en uno de sus libros una idea difícil de aceptar una vez cumplidos los cincuenta: “De los delitos que por negligencia, carácter u omisión puede cometer un hombre, existe uno imperdonable: no luchar hasta la muerte por ver cumplido su sueño”.

Menéndez Salmón cumplirá en un par de semanas 36 años, se entiende. Lo sé por la solapa de uno de sus libros, porque a él personalmente no le conozco hasta la fecha de nada; ni es amigo, ni socio, ni compartimos cursillos, ni tiene oportunidad de hacerme una crítica al uso, es decir, si yo pongo bien un libro suyo su obligación de compadre del gremio intelectual sería corresponder alzándome por las nubes a la primera oportunidad, y por si faltara poco para el chiste paleto, él es de Gijón y yo de Oviedo. Quien me hizo leer La filosofía en invierno me aseguró que no se trataba de su mejor libro, y así me recomendó Los jinetes azules (Trea. 2006), una colección de nueve narraciones, de las que una, la que da título al volumen, obtuvo un premio que se otorga en París a relatos breves en castellano, el Juan Rulfo. A partir de aquí me interesé por toda la obra de Menéndez Salmón y descubrí no sin sorpresa que se trataba de uno de esos individuos que se plantean la literatura como oficio por dos razones fundamentales que no se dan tan a menudo como cree la gente. La primera conocer el artificio de la literatura y la segunda, no por obvia menos practicada, porque lo domina. Bastaría citar textos tan sorprendentemente maduros como Panóptico y La noche feroz,ambos editados por KRK, una de esas editoriales que llaman locales,que apenas logran posarse en las librerías y menos aún alcanzar la atención de los críticos capitalinos, pero que constituyen un gozo para el lector: buen papel, márgenes amplios, letra legible, sólida encuadernación y ¡sin ensalada de erratas!

Durante algo más de diez años Menéndez Salmón ha ido publicando, a lo que parece a trancas y barrancas, en ocasiones amparándose en premios para mí tan divertidos como el del Casino de Mieres, media docena de textos en los que es obvia la influencia de muchas lecturas, de las cuales se jacta el autor y lo hace patente sin rubor alguno, porque el problema de los magisterios no está en reconocerlos sino en que merezcan la pena. No deja de tener su gracia que la mayor influencia de la generación que en España empieza a escribir a finales de los ochenta sea la de William Faulkner, y no tanto por intermediación de Juan Benet y sus sufrientes pupilos, sino directamente, impelidos quizá por el rechazo absoluto, ontológico, hacia la peor literatura que se hizo en España durante el pasado siglo, la que maladadamente coincide con el período postfranquista y que está por estudiar, entre otras cosas porque buena parte de los protagonistas siguen vivos y coleando mucho, y sus reacciones viscerales serían de excepción.

Me he ido por esos cerros de Úbeda para apuntar lo que a Menéndez Salmón y a un puñado de escritores que en muchos casos aún no han salido de su cocina les está ocurriendo en este recién estrenado siglo XXI. Una exigencia de calidad frente a un mundo editorial arrasado por la mediocridad y la horca caudina del éxito de ventas como principal categoría supuestamente literaria. Baste decir que los suplementos llamados, no sé si con ironía, culturales de los grandes medios de comunicación exhiben las listas de éxitos como único baremo ante sus lectores. O eso, o la industriosa invención de las escuelas de escritores,una fórmula legítima para que un puñado de plumas con nombre – dícese con nombre a quien publica en prensa o aparece en radios y televisiones- pueda ganarse el pan y el jamón con el sudor de su mente. En Madrid acaba de estrenarse una escuela de éstas donde se pregunta al alumno buen pagador, “¿Usted, como qué escritor quiere ser?” Un autoservicio literario high class.

Amí los diez años de esfuerzo literario y editorial de Menéndez Salmón, al que yo, que vivo de esto, no conocía ni por el forro, me hace plantearme cómo es posible que un escritor de verdad pueda aparecer ante un público más amplio que el texto autoeditado o subvencionado con el premio de Rancatapinos de Abajo. Me estoy refiriendo a un escritor con ambiciones literarias, no al escritor-barcacoa, que es ese tipo que los fines de semana prepara unos textos cojonudos que luego presenta a una editorial que los pule, los rectifica, los peina, les pone mucha colonia y bastante laca, y salen a arrollar por los ansiados mercados del libro. Es decir, ¿además del milagro, qué otra fórmula se ofrece al escritor novel? La indecencia de los premios editoriales en España ronda el delito, por no decir que reiteradamente incurren en él, y podría citar un buen puñado. Un país donde las editoriales engañan a los lectores promoviendo sus libros a costa de autopremiarlos sólo es posible con unos críticos cómplices de la estafa y unos supuestos lectores sin ninguna tradición cultural. Yo conozco coleccionistas de premios que jamás han leído un libro entero.

Desde que hace unos meses empecé a interesarme por la obra de Menéndez Salmón lo que más me sorprendía era la imposibilidad de escribir sobre alguien al que los lectores tienen difícil acceso, lo que convierte el artículo en una especie de pedantería para gourmets literarios, un ejercicio de onanismo intelectual que a mí al menos me aburre soberanamente; una cultura que no se puede compartir, aunque sea por unos cuantos, es la quiebra del entusiasmo, y de éste aún conservo una cierta remesa, por más que, todo hay que decirlo, se haya quedado quizá algo rancia. La aparición de una novela de Menéndez Salmón hace apenas un mes y en una de esas editoriales que se asienta en los mostradores de las librerías me ha llenado de gozo por la aparición y de zozobra por el riesgo. Por eso he querido titular que un escritor pide la palabra,como quien dice ahí está un texto, una obra para leer y para mostrar lo que uno sabe hacer, y para que los lectores disfruten o se agrieten, que no a otra cosa aspira la invención literaria.

¿Quieren enterarse de en qué consiste saber escribir? Pues lean La ofensa no quisiera ser cruel pero me viene a la memoria cómo chirriaba la novela de Muñoz Molina, Beltenebros,muy especialmente cuando cambiaba de espacio geográfico y salía de España…, y no digamos la infumable inanidad del Fortuny de Gimferrer. El protagonista de La ofensa,ese Kurtz, homónimo por razones quizá tan biográficas como intelectuales con el de Conrad en El corazón de las tinieblas,es un personaje infrecuente en nuestra literatura, no por referirse a un alemán, ni a esa obsesión contradictoria de música y maldad pareadas, ni a la parábola que encierra esa historia brutal, sino por la manera de contar, el estilo arrogante de quien sabe lo que quiere narrar y le da a la literatura el valor que tiene, su fuerza. Una lectura que cabe interpretar como una irresistible aventura a la que asistimos acongojados y que contiene lo más insondable de todo escritor de fuste, la capacidad de sorprendernos.

Cuando apareció su anterior libro de relatos, Los caballos azules,el más cualificado representante de la mediocridad y el oportunismo en la crítica española, Rafael Conte, escritor deleznable, terminaba su reseña de escribano con dos perlas que no puedo menos que citar para que nos hagamos una idea de con qué bueyes hay que arar. Una de ellas consistía en criticar al autor por “exceso de cultura” y la otra una promesa desvergonzada: “es de esperar un futuro muy estimable y prometedor”. Tipos capaces de desear algo tan imposible en lengua castellana como un “futuro muy estimable” han orientado a los lectores de este país desde los años sesenta. La crítica de literatura en España está en manos de impunes mediocridades y es obvio que no hay nada que más deteste un mediocre que el talento y nada que le encandile más que el compadreo. ¿Alguien se sorprende de que Menéndez Salmón hubiera de esperar diez años para poder publicar una novela en editoriales dedicadas por principio a publicar novelas? Un milagro, y que se prepare, porque nadie escribe un buen relato en vano. Eso se paga.